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Personal Brand Big Black Book — por Alex DiLorenzoEmpezar a leer →

CAPÍTULO 1

Asociaciones

Qué es una marca personal

Podrías borrar la manzana de todos los dispositivos de Apple. Podrías quitar el color rojo de todas las latas de Coca-Cola. Podrías eliminar el monograma de todos los productos de Louis Vuitton. Y, aun así, esas marcas seguirían existiendo. Porque una marca no es un logo, no es un color, no es una tipografía y ni siquiera es un nombre. Todo eso son herramientas que una empresa utiliza para construir algo mucho más importante: una percepción dentro de la cabeza de las personas.

Piensa en Apple. Cuando alguien escucha esa palabra no piensa únicamente en un iPhone. Piensa en tecnología, diseño, creatividad, simplicidad, innovación, productos premium, ecosistema, Steve Jobs, gente creativa trabajando desde un MacBook y, probablemente, en pagar bastante más de lo estrictamente necesario por un ordenador. Con Coca-Cola pasa algo parecido. Aparecen el rojo, la felicidad, la Navidad, compartir, las cenas familiares, la forma de la botella, las burbujas o incluso el sonido de abrir una lata. Y cuando piensas en Louis Vuitton pueden aparecer lujo, moda, París, viajes, famosos, cultura, exclusividad o estatus. Lo interesante es que ninguna de esas cosas está físicamente dentro de un bolso. No abres un Louis Vuitton y encuentras cuarenta gramos de "estatus" guardados en un bolsillo interior. Sin embargo, el estatus existe. Existe en nuestra cabeza.

Eso es una marca: el conjunto de asociaciones que una persona ha construido alrededor de algo. Cuanto más claras, consistentes y reconocibles sean esas asociaciones, más fuerte será la marca.

Una marca personal funciona exactamente igual, solo que el mecanismo se aplica a una persona. En lugar de construir asociaciones alrededor de una empresa o de un producto, las construimos alrededor de un nombre, una cara y una reputación. Tu marca personal es el conjunto de ideas, emociones, expectativas y asociaciones que aparecen dentro de la cabeza de alguien cuando piensa en ti. No es lo que has escrito en tu biografía de Instagram ni lo que aparece en tu documento estratégico. Es lo que ocurre realmente en la cabeza de otra persona cuando escucha tu nombre.

Piensa en Alex Hormozi. Si llevas suficiente tiempo dentro del mundo de los negocios online probablemente aparezcan negocios, ofertas, adquisición, ventas, gimnasios, números, ejecución, libros baratos o gratuitos, muchísimo contenido educativo y un tío enorme vestido como un leñador que parece completamente obsesionado con descubrir cómo escalan las empresas. Su ropa es branding, su físico es branding, sus libros son branding, la manera en la que explica conceptos es branding y hasta la cantidad de números que utiliza cuando habla es branding. Cada una de esas señales ha ido añadiendo asociaciones alrededor de su nombre.

Ahora piensa en Andrew Tate. Exluchador, coches, dinero, masculinidad, confrontación, opiniones agresivas, polarización. Puedes estar completamente en desacuerdo con él y, aun así, reconocer que su marca es fuerte. Porque la fuerza de una marca no depende necesariamente de que todo el mundo tenga una percepción positiva sobre ella. Depende, antes que nada, de que exista una percepción clara.

Puedes amar una marca o puedes odiarla, pero ambas cosas requieren que primero signifique algo para ti. Por eso uno de los peores lugares en los que puede encontrarse una marca no es necesariamente ser odiada. Muchas veces es ser indiferente. Que alguien vea uno de tus vídeos, piense "está bien" y cinco minutos después no recuerde tu nombre, tu idea, tu cara ni absolutamente nada que te diferencie del siguiente creador que aparece en su feed.

Ahí no hay marca.

Y esta es la primera distinción que necesitamos entender antes de hablar de contenido, posicionamiento, YouTube, storytelling, formatos o distribución. Nuestro trabajo no consiste simplemente en conseguir que una persona vea algo que hemos publicado. Nuestro trabajo consiste en conseguir que, después de verlo suficientes veces, determinadas ideas empiecen a quedarse pegadas a nuestro nombre.

Brand y branding no son lo mismo

Para construir una marca tenemos que separar desde el principio dos conceptos que suelen utilizarse como si fueran lo mismo: brand y branding. El branding son las señales que enviamos. El brand es lo que esas señales terminan creando en la cabeza de las personas.

Un logo es branding. Un color es branding. Una campaña es branding. Un producto es branding. La decoración de una tienda es branding. La persona que protagoniza un anuncio es branding. Los clientes con los que decides trabajar son branding. El tipo de contenido que publicas es branding. El precio que cobras también es branding. Todo comunica, incluso cuando no estás intentando comunicar nada.

Imagina dos restaurantes. El primero tiene manteles de papel, luces blancas, una carta plastificada de doce páginas, fotografías de algunos platos y camareros vestidos con una camiseta negra. El segundo tiene seis mesas, luz tenue, una carta de una sola página y un camarero que se pasa tres minutos explicándote de qué granja viene la mantequilla. Todavía no has probado la comida de ninguno de los dos y, sin embargo, ya tienes una opinión. Esperas una experiencia distinta, estás dispuesto a pagar cantidades distintas y probablemente juzgarías de manera diferente exactamente el mismo plato dependiendo de en cuál de los dos restaurantes te lo sirvieran.

Eso es branding. Las señales han creado expectativas antes incluso de que el producto llegue a la mesa. Ninguno de los restaurantes ha podido introducir directamente una percepción dentro de tu cerebro. Lo único que ha podido hacer es controlar la iluminación, el espacio, la carta, la presentación, el servicio, el precio y cientos de pequeños detalles. Tú has recibido esos inputs y has construido una conclusión.

Podemos reducir esta idea a una fórmula muy sencilla:

BRANDING = INPUT → BRAND = OUTPUT

Esta distinción es especialmente importante para nosotros como estrategas porque cambia por completo la forma en la que trabajamos una marca. Nosotros nunca podemos controlar directamente el brand. No podemos entrar en la cabeza de una persona y ordenarle: "A partir de hoy quiero que percibas a este cliente como premium". Lo que sí podemos hacer es diseñar un conjunto de señales coherentes con esa posición. Podemos hacer que cobre precios premium, trabaje con determinados clientes, tenga una determinada estética, publique cierto tipo de ideas, rechace ciertos trabajos, construya determinados productos y cuide obsesivamente la experiencia que existe alrededor de su nombre.

Podemos mandar mil señales. La conclusión final, sin embargo, siempre ocurre en la cabeza de otra persona.

Nosotros controlamos el input. El mercado decide el output.

Esto también significa que una estrategia de marca no puede empezar preguntando qué color deberíamos utilizar, cómo tiene que ser la miniatura o qué tipo de vídeos vamos a publicar. Esas son decisiones de branding, pero todavía no sabemos qué branding necesitamos hasta que sepamos qué queremos provocar. Antes de decidir las señales tenemos que decidir la posición.

Y yo tardé un tiempo en entender realmente esa diferencia.

Ocupar un espacio en la cabeza del mercado

Hay una historia sobre Alex Hormozi que recuerdo perfectamente. Yo siempre he sido bastante friki de las marcas personales y durante años me ha obsesionado entender qué hace que alguien pase de simplemente crear contenido a convertirse en una de las personas que un mercado asocia inmediatamente con una categoría. En una conversación que escuché hace tiempo, Shaan Puri le hizo a Hormozi una pregunta aparentemente sencilla: "Alex, ¿cuál es tu marca?". Hormozi respondió con una sola palabra:

"Business."

De primeras, la respuesta parece casi ridícula. ¿Business? Eso no es una marca. Es probablemente una de las palabras más competidas del planeta. Hay millones de empresarios, autores, creadores, profesores, inversores y gurús intentando hablar de negocios todos los días. Pero ahí estaba precisamente la idea. Hormozi no quería limitarse a ser conocido por hablar de negocios. Quería llegar a un punto en el que ambas cosas estuvieran conectadas. Que pensar en business te llevara a Hormozi y que pensar en Hormozi te llevara a business.

Me pareció una de las ambiciones más absurdas que había escuchado nunca. Era como Gru, mi villano favorito, explicando que su siguiente proyecto consistía en robar la Luna. Solo que Hormozi no quería robar la Luna. Quería robar una palabra. Me pregunto si también tiene una horda de Minions trabajando en Acquisition.com, pero esto pretende ser un handbook relativamente profesional, así que no voy a desarrollar esa teoría.

Cuanto más pensaba en aquella respuesta, más sentido tenía. Una de las mayores ventajas que puede construir una marca es precisamente la simplicidad de su posición. Cuando intentas ocupar diez espacios mentales al mismo tiempo, normalmente no ocupas ninguno con suficiente fuerza. Puedes tener un documento de posicionamiento de cuarenta y siete páginas explicando todos los matices de tu personalidad, pero el mercado no va a memorizarlo. La mayoría de personas, si tienes suerte, acabará relacionándote con unas pocas cosas.

La pregunta importante es cuáles.

Ese es uno de los motivos por los que, cuando analizamos una marca, no empezamos preguntándonos cuántos seguidores tiene. Nos interesa mucho más saber qué posición ocupa. Los seguidores son una métrica. Las visualizaciones son una métrica. Los likes son una métrica. Tener un espacio claro dentro de la cabeza de cientos de miles o millones de personas, en cambio, es un activo. Una audiencia puede desaparecer con una plataforma. Una asociación mental fuerte puede perseguirte de una plataforma a otra, de un producto a otro y de un negocio a otro.

Hay una diferencia enorme entre tener atención y poseer significado.

Y aquí tengo que confesarte algo. Yo nunca conocí a Alex Hormozi. Aquella conversación no la tuve yo; la tuvo Shaan Puri. Yo simplemente la escuché en un podcast mientras entrenaba en el gimnasio. Sin embargo, la recuerdo como si hubiera estado allí porque apareció justo en un momento en el que estaba empezando a pensar seriamente en construir mi propia marca personal.

La idea me atravesó.

Si Hormozi estaba intentando deliberadamente convertirse en una de las primeras personas que aparecen dentro de tu cabeza cuando piensas en negocios, ¿por qué yo no podía intentar hacer lo mismo con mi mercado?

Yo llevaba años obsesionado con el desarrollo personal. Lo consumía, lo estudiaba, lo aplicaba y analizaba a los creadores que hablaban sobre ello. Me interesaba entender por qué algunas personas conseguían que millones de jóvenes quisieran mejorar sus vidas mientras otras publicaban consejos prácticamente idénticos sin construir una marca reconocible. Fue entonces cuando empecé a hacerme una pregunta que acabaría cambiando por completo el rumbo de mi vida:

¿Qué tendría que hacer para convertirme en la cara del desarrollo personal?

No me pregunté cómo conseguir más seguidores, qué publicar esa semana o cómo crecer en Instagram. Esas eran preguntas de contenido. Yo estaba intentando responder una pregunta de posicionamiento. ¿Cómo consigo que una categoría empiece a arrastrar mi nombre detrás? ¿Qué tendría que pasar para que un joven interesado en desarrollo personal entrara en internet y, en algún punto del proceso, se encontrara conmigo?

En ese momento entendí que no quería construir una audiencia simplemente para tener una audiencia. Quería conquistar un espacio mental.

Y ahí empezó mi aventura.

Primero decides qué quieres significar

Cuando decidí construir mi primera marca personal no empecé pensando en colores, logos, formatos ni siquiera en qué vídeos iba a publicar. Empecé con una pregunta mucho más importante:

¿Qué quiero que ocurra dentro de la cabeza de alguien cuando escuche mi nombre?

Quería que, cuando alguien pensara en mí, en mi marca, en Alekai, pensara en un chaval joven, confiado y carismático que estaba construyendo la vida de sus sueños y explicaba todo lo que iba aprendiendo mientras intentaba convertirse en su mejor versión. No quería representar al gurú de cuarenta y cinco años que supuestamente ya había descifrado todos los secretos de la existencia. Quería ser el chaval que iba unos cuantos pasos por delante, avanzaba a una velocidad absurda y te enseñaba todo lo que iba descubriendo por el camino.

Mi audiencia ideal también estaba bastante clara. Quería que un chaval high achiever, obsesionado con mejorar su vida, encontrara mis vídeos y pensara: "Este tío sabe demasiado". Pero había una condición importante: no quería conseguir esa reacción diciéndole lo mucho que sabía. Quería que todo lo que viera le llevara por sí solo a esa conclusión.

Así que hice ingeniería inversa.

Si quería representar ese papel, ¿cómo sería realmente esa persona? Probablemente tendría un físico increíble, sería disciplinado, tendría confianza y carisma, sabría comunicarse, leería y estudiaría constantemente, tendría buenas relaciones, una pareja estable e increíble y, sobre todo, viviría de acuerdo con aquello que enseñaba. Si mi vida decía una cosa y mi contenido decía otra, toda la posición se caería.

Entonces entendí algo que terminó siendo mucho más importante que cualquier estrategia de contenido: si quería construir esa marca, mi primer trabajo no era crear contenido. Era convertirme en alguien capaz de sostenerla.

No podía construir una marca alrededor del desarrollo personal mientras mi propia vida demostraba lo contrario. No podía intentar poseer disciplina si nunca era disciplinado. No podía intentar representar confianza mientras tenía miedo de hablar con cualquiera. No podía crear contenido sobre carisma si era incapaz de comunicar una idea delante de una cámara. La marca que quería construir estaba imponiéndome una serie de requisitos.

Así que empecé por mí.

Entrené, leí, medité y trabajé. Me obligué a salir de mi zona de confort. Si quería que me asociaran con confianza, tenía que convertirme en alguien confiado, así que empecé a salir a la calle y hablar con desconocidos. Si quería que me asociaran con carisma, tenía que desarrollar carisma, por lo que pasaba horas hablando delante de una cámara sin publicar absolutamente nada, simplemente practicando. Si quería que me asociaran con una ética de trabajo absurda, no podía fingirla delante del público. Tenía que trabajar de una manera que hiciera esa asociación creíble.

Ese proceso me hizo entender una de las reglas más importantes que utilizamos al construir una marca personal:

ASOCIACIÓN DESEADA → EVIDENCIA NECESARIA

Primero decidimos qué queremos que alguien crea. Después nos preguntamos qué tendría que ver para llegar solo a esa conclusión.

Si queremos que un cliente sea percibido como innovador, no escribimos "innovador" en su bio. Nos preguntamos qué tendría que estar creando, diciendo, haciendo o descubriendo para que otros empezaran a describirlo así. Si queremos que una persona sea percibida como extremadamente competente, buscamos qué evidencia produciría esa percepción. Si queremos construir confianza, diseñamos comportamientos que la justifiquen. Si queremos construir una asociación con lujo, analizamos qué señales de precio, producto, clientes, estética y experiencia son coherentes con esa posición.

Esta lógica parece obvia cuando la lees, pero cambia completamente el trabajo de estrategia. Dejamos de pensar únicamente en qué decir y empezamos a pensar en qué demostrar.

Y ahí aparece la siguiente pieza.

Una marca no se construye diciendo quién eres

Cualquiera puede escribir "experto en YouTube" en su biografía. Cualquiera puede llamarse estratega, empresario, inversor, experto en branding o número uno de cualquier categoría suficientemente específica. Decirlo cuesta cero. Precisamente por eso, decirlo vale tan poco.

Demostrarlo es otro juego.

Hoy una parte importante de mi posicionamiento está alrededor de YouTube para emprendedores. Quiero convertirme en una de las mayores referencias dentro de ese mercado, pero mi foco no puede estar en repetir en cada vídeo lo bueno que soy haciendo YouTube. Está en demostrarlo constantemente. Mi obsesión es trabajar con los mejores, conseguir resultados difíciles de ignorar, desarrollar sistemas, frameworks y formas nuevas de pensar sobre YouTube para emprendedores y lograr que cada pieza de contenido contenga suficientes ideas útiles como para que alguien termine pensando: "Vale, este tío entiende esto de verdad".

Me gusta imaginar ese trabajo como el de un científico loco. Pruebo, mido, fallo, refino, vuelvo a probar y después intento convertir lo aprendido en una idea que podamos utilizar de nuevo. Si quiero construir una marca alrededor de ser excepcionalmente bueno en una disciplina, tengo que seguir acumulando evidencia de que lo soy.

Lo mismo me ocurrió antes de posicionarme como experto en marca personal. Desde el principio sabía que era el tema que más me fascinaba y sobre el que más quería aprender, pero eso no significaba que tuviera derecho a pedirle al mercado que me considerase una autoridad desde el primer día. Por eso mi primera marca de desarrollo personal no fue únicamente un negocio. También fue un experimento. Me permitía construir algo, comprobar si entendía realmente los mecanismos que estaba estudiando y acumular pruebas antes de intentar enseñar a otros cómo hacerlo.

Conseguí más de 400.000 seguidores, más de 30 millones de visualizaciones y más de 300.000 dólares vendidos en infoproductos de low ticket. Cuando llegó el momento de empezar a posicionarme como experto, ese historial hizo el trabajo mucho más fácil porque ya no necesitaba convencer al mercado únicamente con palabras. Podía señalar algo que había ocurrido.

Y eso crea una ventaja competitiva enorme.

Un competidor puede copiar tu título. Puede copiar una miniatura, una estructura de vídeo, una campaña, una estética, un hook o incluso una idea. Puede ver lo que funciona y producir una versión parecida mañana. Lo que no puede copiar de un día para otro son cinco años de resultados, una transformación personal documentada, decenas de casos de clientes, un producto excepcional, una reputación o cientos de piezas de contenido que empujan hacia la misma conclusión.

Puede copiar la señal. No puede copiar la historia de evidencia que existe detrás.

Por eso una de las fórmulas que quiero que tengamos presente durante todo este handbook es extremadamente sencilla:

CLAIM < PROOF

Una afirmación necesita que te crean. Una demostración necesita que la vean.

Y pocas marcas personales entienden este principio mejor que Alex Hormozi.

Cuando el producto se convierte en prueba

Hormozi construyó una serie de libros alrededor de promesas gigantescas: $100M Offers, $100M Leads y $100M Money Models. El primero gira alrededor de cómo construir una oferta; el segundo, alrededor de cómo conseguir personas a las que vender esa oferta; y el tercero, alrededor de cómo estructurar el negocio para que los clientes compren más, gasten más y el dinero se recupere más rápido. Lo interesante, sin embargo, no es únicamente lo que enseñan los libros. Es la forma en la que los propios libros y todo lo que ocurre alrededor de ellos refuerzan exactamente la posición que Hormozi quiere ocupar.

$100M Offers es un libro sobre cómo crear ofertas tan buenas que la gente sienta que sería estúpido rechazarlas. Hormozi podría haber escrito el libro, ponerle un precio elevado y limitarse a explicar dentro de él cómo generar más valor. En cambio, convirtió el propio producto en una demostración. Durante mucho tiempo podías acceder por un precio ridículamente bajo a ideas que cualquier otro empresario habría empaquetado dentro de un curso de miles de dólares. El mensaje decía "te voy a enseñar cómo crear muchísimo más valor del que cuesta tu oferta" y el producto que tenías entre las manos estaba intentando hacer exactamente eso contigo.

Después llegó $100M Leads. Un libro sobre cómo conseguir que desconocidos descubran tu negocio, se interesen por lo que haces y terminen convirtiéndose en oportunidades. Otra vez, el contenido no existía aislado del comportamiento de la marca. Mientras Hormozi explicaba cómo generar demanda, estaba publicando cantidades enormes de contenido gratuito, resolviendo problemas de emprendedores, distribuyendo ideas en prácticamente todas las plataformas y haciendo que millones de desconocidos entraran en su ecosistema. El libro explicaba un sistema y, al mismo tiempo, toda su máquina de contenido se convertía en una demostración de ese sistema.

Con $100M Money Models volvió a aparecer el mismo patrón. La conversación dejó de ser solamente "esto es lo que sé sobre monetización" y pasó a estar acompañada por lanzamientos, ofertas, distribución y decisiones de negocio que podían observarse en tiempo real. El producto enseñaba una cosa mientras el comportamiento de la empresa reforzaba la misma conclusión.

Esa es la parte que me parece fascinante.

Hormozi no se limita a decir que sabe construir ofertas: intenta construir una oferta brutal delante de ti. No dice simplemente que entiende la generación de demanda: genera demanda delante de ti. No quiere que aceptes que sabe monetizar porque ha escrito "experto en monetización" en una bio; intenta rodear su nombre de suficiente ejecución, resultados, negocios y demostraciones como para que esa descripción termine resultando innecesaria.

Cada una de esas cosas es branding.

El libro es una señal. El precio es una señal. El lanzamiento es una señal. El contenido gratuito es una señal. Los números que enseña son una señal. Los negocios en los que participa son una señal. Los casos que comparte son una señal. Individualmente ninguna de ellas controla lo que vas a pensar. Pero cuando cientos de señales distintas empujan hacia la misma conclusión, la posición se vuelve muchísimo más difícil de ignorar.

No te está pidiendo simplemente que creas que sus principios funcionan.

Está intentando hacer que resulte difícil no creerlo.

Esto es importante porque, cuando construimos una marca personal, no deberíamos preguntarnos solamente qué mensajes tenemos que repetir. Deberíamos preguntarnos qué cosas podemos convertir en demostraciones. ¿Puede el producto demostrar nuestra filosofía? ¿Puede nuestra manera de hacer marketing demostrar aquello que enseñamos sobre marketing? ¿Puede la experiencia de trabajar con nosotros convertirse en una prueba de nuestras ideas? ¿Puede nuestra propia vida reforzar aquello que decimos representar?

Las marcas más fuertes consiguen que distintas partes de su existencia digan lo mismo sin necesidad de utilizar las mismas palabras.

Eso era exactamente lo que yo quería hacer con Alekai.

Cómo convertí Alekai en evidencia

Al principio no intenté posicionarme como el gran experto que ya tenía todas las respuestas porque no era verdad. Mi posición era distinta: era alguien que estaba recorriendo el camino a una velocidad absurda y documentaba lo que descubría. Cada mes tenía que existir suficiente progreso como para que una persona que llevara tiempo siguiéndome pudiera comprobar que algo estaba cambiando. Mejor físico, más confianza, mejor comunicación, más conocimiento, mejores relaciones y mejores resultados.

Además, todo estaba grabado.

Podías entrar en uno de mis primeros vídeos, ver otro seis meses después y comprobar la diferencia con tus propios ojos. No necesitaba convencerte de que el desarrollo personal funcionaba. Mi propia evolución era parte de la demostración.

Ese fue el primer nivel de evidencia: lo estaba viviendo.

El segundo empezó a construirse alrededor del contenido. Quería que Alekai significara contenido que merece la pena ver. No quería que alguien sintiera que ver uno de mis vídeos era como sentarse delante de un manual de instrucciones de una lavadora. Quería que recibiera muchísimo valor mientras la experiencia se sentía fácil, entretenida y rápida de consumir. Por eso empecé a trabajar dos asociaciones simultáneamente: epifanía y entretenimiento.

Cada vídeo debía contener momentos en los que la persona pensara algo parecido a: "Hostia puta, ¿cómo no había pensado esto antes?". Si quería que mis ideas fueran percibidas como diferentes, no podía decir "mis ideas son diferentes". Tenía que producir ideas que provocaran esa reacción. Si quería ser percibido como alguien que sabía comunicar, no podía poner "gran comunicador" debajo de mi nombre. Tenía que explicar cosas difíciles de una forma que pareciera sencilla.

El objetivo era que alguien terminara un vídeo sintiendo: "Acabo de aprender algo que puede cambiarme la vida y ni siquiera me ha costado verlo".

Después añadí otra asociación deliberada: Alekai como hábito. Empecé a publicar todos los días para la misma audiencia y dentro del mismo universo. Quería que consumir mis vídeos se convirtiera en parte de una rutina. Comer, abrir YouTube, ver el vídeo de Alekai. No estaba pensando únicamente en piezas aisladas. Estaba intentando repetir las mismas asociaciones suficiente número de veces como para que empezaran a acumularse: Alekai con desarrollo personal, con progreso, con disciplina, con epifanías, con entretenimiento y con vídeo diario.

Este punto es importante porque una marca rara vez se construye con una señal espectacular. Se construye mediante acumulación. Una gran pieza puede conseguir millones de visualizaciones y, aun así, no dejar una marca especialmente fuerte. Cien piezas que refuerzan la misma posición pueden tener mucho más valor estratégico, incluso aunque individualmente alguna consiga menos atención.

Por eso, cuando trabajamos con una marca, no deberíamos preguntarnos únicamente si una pieza funcionó. También deberíamos preguntarnos qué asociación acaba de reforzar.

Mientras esas asociaciones se repetían ocurrió algo todavía más importante: mi vida empezó a alcanzar la promesa de la propia marca. Conseguí el cambio físico, la confianza, las relaciones, el negocio y muchas de las cosas que años antes quería construir. La posición se volvió muchísimo más fuerte porque ya no era simplemente una persona hablando sobre desarrollo personal. Mi propio canal contenía años de evidencia del proceso.

Después empecé a ayudar a otros jóvenes a conseguir sus propios cambios y apareció una tercera capa.

Primero había estudiado el desarrollo personal.

Después había conseguido resultados en mi propia vida.

Ahora podía conseguir resultados en otras personas.

Esa progresión terminó convirtiéndose en una de las maneras en las que pienso sobre la autoridad:

CONOCIMIENTO → RESULTADO PROPIO → RESULTADO EN TERCEROS

Saber algo es evidencia.

Haberlo hecho es una evidencia más fuerte.

Ser capaz de reproducirlo en otros vuelve la posición todavía más difícil de cuestionar.

Esta distinción importa muchísimo para nuestros estrategas porque no todas las marcas empiezan desde el mismo punto. A veces trabajaremos con una persona que tiene veinte años de resultados pero no sabe comunicarlos. Otras veces tendremos a un creador extremadamente bueno explicando ideas pero que todavía tiene poca evidencia propia. En otras ocasiones existirán resultados de clientes increíbles escondidos en una carpeta que nadie ha convertido en contenido. Nuestra responsabilidad no es inventar una autoridad que no existe. Es identificar qué evidencia ya existe, qué evidencia falta y cómo podemos conseguir que el mercado vea la realidad con mucha más claridad.

Mi canal terminó generando más de 22 millones de visualizaciones y 280.000 seguidores en ocho meses. Claro que detrás hubo conocimiento de YouTube: packaging, retención, psicología, formatos, títulos, miniaturas y distribución. Todo eso importa muchísimo y lo veremos más adelante. Pero aquellas herramientas amplificaron algo que ya estaba ahí: una posición relativamente clara y una enorme cantidad de señales empujando hacia ella.

Eso hizo que entendiera la diferencia entre crecer una cuenta y construir una marca.

Una cuenta puede crecer porque ha encontrado un formato que consigue views.

Una marca crece cuando esas views empiezan a significar algo.

Ya estás haciendo branding, aunque no lo sepas

Si ya publicas contenido, ya estás haciendo branding. La pregunta no es si lo haces o no. La pregunta es si lo estás haciendo a propósito.

Cada vídeo que subes, cada comentario que escribes, cada colaboración que aceptas, cada cliente que enseñas, cada historia que cuentas, cada opinión, cada miniatura y cada producto que lanzas envía una señal. Incluso aquello que decides no publicar puede modificar la percepción que alguien construye sobre ti. Estás tomando constantemente decisiones que te posicionan y, si no eres consciente de las señales que mandas, es perfectamente posible terminar ocupando una posición diferente a la que dices querer.

Ahí aparece uno de los grandes problemas que vemos con los creadores.

La mayoría termina convirtiéndose en una especie de NPC de su nicho. Hablan de los mismos temas, utilizan los mismos hooks, repiten las mismas opiniones, hacen miniaturas parecidas, copian las estructuras que funcionan y explican conceptos que podrían haber explicado otros cincuenta creadores. Y esto puede funcionar. Pueden conseguir seguidores, millones de views e incluso ganar muchísimo dinero. El problema es que sus piezas de contenido funcionan de manera independiente pero no se acumulan para reforzar una percepción concreta alrededor de su nombre.

Han conseguido atención sin construir suficiente propiedad mental.

Una prueba que me gusta hacer es extremadamente sencilla. Imagina que un creador me enseña su canal y me dice que sus últimos vídeos están funcionando increíblemente bien. Yo tapo mentalmente su cara y su nombre y hago una pregunta:

Si no supiera quién ha publicado esto, ¿sabría que es suyo?

Si la respuesta es no, ahí tenemos algo que investigar.

No significa necesariamente que el contenido sea malo. Puede ser excelente. Significa que todavía no hemos construido suficientes elementos propietarios alrededor de la manera en la que esa persona piensa, explica, demuestra, cuenta historias o presenta sus ideas.

No queremos simplemente hacer buen contenido. Queremos desarrollar una forma de hacer contenido que acumule asociaciones alrededor de un nombre. Una marca empieza a ser realmente fuerte cuando alguien ve una idea, una explicación, una estética, un framework, una opinión o incluso una determinada forma de editar y piensa:

"Esto es muy de este tío."

Ese momento importa muchísimo.

Porque dejamos de competir únicamente por atención y empezamos a competir por espacio mental.

Esto tampoco significa que todo tenga que ser visualmente idéntico o que debamos llenar cada vídeo de logos y colores corporativos. De hecho, muchas veces eso sería la versión más superficial posible de entender el branding. La propiedad puede aparecer en las ideas, en la selección de temas, en la manera de contar historias, en los estándares que defendemos, en las analogías que utilizamos, en la forma de demostrar conceptos, en los frameworks que creamos o incluso en determinadas preguntas que repetimos una y otra vez.

Lo importante es que exista acumulación.

Cuando un estratega trabaja una pieza de contenido de forma completamente aislada, su pregunta es: "¿Cómo hacemos que este vídeo funcione?". Cuando trabaja una marca, tiene que añadir una segunda pregunta: "¿Qué estamos reforzando con este vídeo?".

Necesitamos las dos.

Porque un contenido fantástico que nadie ve no construye demasiado. Pero millones de visualizaciones sin una dirección clara también pueden crear una audiencia mucho menos valiosa de lo que parece.

Y cuando el objetivo de la marca personal es escalar un negocio, esta diferencia empieza a importar todavía más.

Las asociaciones que hacen que alguien quiera comprarte

Cuando lancé mi infoproducto dejé de preguntarme únicamente cómo quería posicionarme y empecé a hacerme una pregunta bastante más útil:

¿Cómo tengo que estar posicionado para que mi cliente ideal quiera comprarme?

Dicho de otra forma: ¿qué asociaciones tienen que existir dentro de la cabeza de mi cliente ideal para que darme dinero tenga sentido?

Aquí el juego cambia. Ya no estamos intentando ocupar un espacio abstracto dentro de "internet" o dentro de "nuestro nicho". Estamos intentando ocupar un espacio dentro de la cabeza de una persona concreta que tiene un problema concreto y podría comprar un producto concreto.

Imagínala justo antes de comprar, con la tarjeta delante.

¿Qué tendría que creer para que pulsar el botón resultara fácil?

Quizá necesite pensar que puede confiar en ti. Entonces necesitas construir confianza. Y la confianza no se construye poniendo "transparencia" en los valores de una empresa, sino acumulando experiencias en las que haces lo que dijiste que ibas a hacer. Si dices que publicas todos los días, publicas todos los días. Si prometes algo a un cliente, lo haces. Si te equivocas, lo reconoces. Si muestras un resultado, el resultado es real. Si dices que una cosa importa, tu comportamiento posterior demuestra que realmente importa.

Cada comportamiento añade o elimina evidencia.

Quizá el cliente necesita pensar que sabes de lo que hablas. Entonces necesitas autoridad. Pero, de nuevo, no autoridad construida escribiendo "experto" debajo de tu nombre, sino demostrando profundidad mediante ideas, resultados, casos, experiencia y una comprensión del problema que resulte difícil de fingir. La posición ideal llega cuando decir que eres un experto empieza a parecer redundante porque la persona ya había llegado a esa conclusión antes de que tú intentaras explicárselo.

Quizá necesita pensar que aquello que vendes realmente funciona. Entonces necesitamos prueba. Resultados propios, resultados de clientes, reviews, casos, antes y después, demostraciones, procesos y cualquier otra evidencia que reduzca cuánto tiene que confiar ciegamente en nuestra palabra.

No le pedimos fe.

Le damos evidencia.

También puede necesitar sentir que entiendes exactamente su problema. Ahí entra la comprensión. Nuestro contenido debería ser capaz de describir determinadas situaciones con tanta precisión que el cliente piense: "Joder, este tío parece estar dentro de mi cabeza". Muchas veces una persona empieza a confiar en nuestra capacidad de resolver un problema cuando ve que somos capaces de describirlo mejor de lo que ella misma sabía describirlo.

Y quizá necesite sentir que realmente queremos ayudarle. Ahí aparece el goodwill: la sensación de que nuestra relación con esa persona no consiste únicamente en intentar extraer la máxima cantidad de dinero posible, sino en producir suficiente valor como para que gane incluso antes de comprarnos. El contenido gratuito, la calidad del producto, cómo tratamos a clientes, qué hacemos después de cobrar y cuánto seguimos invirtiendo en conseguirles un resultado son señales que terminan construyendo o destruyendo esa asociación.

Cuando entendí esto, empecé a mirar mi producto de una forma bastante distinta.

Podía repetir constantemente que Heroes Academy era increíble, pero eso no valía una mierda. Claro que yo iba a decir que mi producto era bueno. Era mío. Precisamente por eso necesitaba encontrar una forma de conseguir que otras personas lo dijeran por mí.

Abrimos nuestro perfil en Trustpilot.

Había una característica del sistema que me gustaba especialmente: yo no podía decidir libremente borrar cualquier reseña negativa simplemente porque no me gustara. Eso lo convertía en un arma de doble filo. Si el producto era una mierda, tarde o temprano iba a quedar reflejado. Y precisamente por eso me interesaba. Yo confiaba muchísimo en lo que habíamos construido, así que mi obsesión pasó a ser hacer el producto tan malditamente bueno que las reviews terminaran convirtiéndose en nuestro mayor marketing.

Hoy tenemos más de 500 reseñas y prácticamente todas son de cinco estrellas.

Piensa en lo que eso cambia dentro de la cabeza de un prospecto.

Al principio la situación era:

"Alex dice que Heroes Academy funciona."

Después pasó a ser:

"Cientos de personas como yo dicen que Heroes Academy funciona."

Parece un cambio pequeño. Desde el punto de vista de marca son mundos completamente diferentes.

La primera afirmación necesita que confíes en la persona que vende.

La segunda empieza a crear una masa de evidencia independiente de ella.

Y esto conecta con una idea de Taki Moore que ha marcado profundamente mi manera de entender los negocios. Para mí, un negocio puede dividirse de forma muy sencilla en tres grandes partes: marketing, para conseguir que tu cliente ideal te conozca; ventas, para conseguir que ese cliente ideal se convierta en cliente; y producto, para conseguir que ese cliente se convierta en un cliente satisfecho.

Lo interesante es que, cuando tienes un gran producto y un gran marketing, cada vez necesitas menos ventas.

Muchas veces las ventas existen para cerrar una brecha que el marketing o el producto todavía no han conseguido cerrar. Si un prospecto necesita que un closer pase una hora convenciéndole de que puede confiar en nosotros, quizá exista una brecha de confianza que podríamos haber trabajado antes. Si necesita que le expliquemos durante media hora que el producto realmente funciona, probablemente no hemos construido suficiente prueba. Si no entiende por qué nuestra metodología es diferente, quizá el contenido todavía no ha hecho un trabajo suficientemente bueno posicionándola.

Ahora imagina lo contrario.

Una persona lleva años consumiendo nuestra marca. Confía en nosotros porque ha visto cientos de comportamientos coherentes. Sabe que entendemos su problema porque nos ha escuchado describirlo varias veces con una precisión absurda. Ha visto nuestros resultados y los resultados de nuestros clientes. Entiende cómo pensamos, conoce parte de nuestro método, ha recibido valor de forma gratuita y sabe que el producto está diseñado específicamente para resolver aquello que quiere solucionar.

Cuando llega el momento de la venta, gran parte del trabajo ya ha ocurrido.

No necesitas una llamada de una hora para convencerla de quién eres porque llega con una posición construida dentro de su cabeza.

Por eso me gusta decir que la mejor venta es la que ocurre antes de que empiece la venta.

La mejor venta es tener una marca personal bien posicionada, ser realmente bueno en lo que haces, haber conseguido resultados, haber construido prueba, ofrecer un producto excelente y permitir que todas esas señales trabajen durante meses o años antes de pedirle a alguien que saque la tarjeta.

Con Heroes Academy había otra asociación que para mí era especialmente importante. Quería que mi audiencia pensara:

"Alekai realmente me quiere ayudar."

No quería que el proyecto fuera percibido simplemente como "el producto con el que Alex gana dinero". Durante años he hablado de él como un passion project: un vehículo para ayudar a jóvenes a cambiar su vida y, al mismo tiempo, un laboratorio en el que puedo seguir desarrollando habilidades que después aplico en el resto de mi carrera.

Pero ya sabemos cuál es el problema.

Decirlo no basta.

Hay que demostrarlo.

Por eso uno de nuestros principios ha sido reinvertir dinero constantemente en mejorar el producto: mejores sistemas, mejor contenido, más equipo y una mejor experiencia. Hasta el punto de haber invertido decenas de miles de dólares en un producto que cuesta aproximadamente 37 dólares.

Fíjate en lo que eso comunica cuando se combina con todo lo anterior.

Una persona ve un precio de 37 dólares. Ve cientos de reviews. Ve un producto en el que seguimos invirtiendo. Ve resultados de otros clientes. Lleva años recibiendo contenido gratuito y escucha a una persona hablar constantemente sobre el proyecto como algo que realmente le importa. Ninguna de esas señales controla de forma individual la conclusión del cliente, pero juntas empiezan a construir una idea:

"No es barato porque sea una mierda. Es barato porque existe una decisión deliberada detrás."

Ahí aparece otra asociación:

HEROES ACADEMY = VALOR ABSURDO POR EL PRECIO

Y aquí encontramos una característica fundamental de las marcas: las asociaciones se apilan.

El cliente no piensa una sola cosa sobre ti. Puede pensar simultáneamente que sabes muchísimo de desarrollo personal, que lo has aplicado en tu vida, que has ayudado a cientos de personas, que existen cientos de reviews de cinco estrellas, que tu producto cuesta muy poco comparado con todo lo que contiene, que sigues invirtiendo en mejorarlo y que lleva años recibiendo contenido gratuito que ya le ha producido resultados.

Cuando todas esas ideas existen al mismo tiempo, comprar deja de sentirse como un enorme salto de fe.

Cada asociación elimina una objeción.

Cada prueba reduce incertidumbre.

Cada experiencia anterior disminuye el riesgo percibido.

Hasta que la decisión termina pareciendo lógica.

Eso explica una parte enorme de por qué Heroes Academy consiguió vender tanto. No dependíamos únicamente de escribir una sales page mejor o de encontrar la frase perfecta para cerrar una venta. Habíamos pasado años construyendo dentro de la cabeza del cliente muchas de las creencias necesarias para que la oferta tuviera sentido antes incluso de que apareciera delante de él.

Y esto nos lleva a lo que realmente hacemos cuando construimos una marca para un negocio.

El verdadero trabajo de construir una marca

El trabajo de un estratega de marca no consiste en pensar qué deberíamos publicar mañana.

Eso forma parte del trabajo, pero ocurre mucho más tarde.

Nuestro verdadero trabajo empieza intentando entender qué posición queremos ocupar dentro de la cabeza de una persona concreta. Qué queremos que signifique el nombre del cliente. Qué categoría queremos que arrastre detrás. Qué ideas queremos que aparezcan automáticamente cuando alguien vea su cara. Qué tendría que creer su cliente ideal para confiar en él, escucharle, recordarle y, eventualmente, comprarle.

Después hacemos ingeniería inversa.

Si necesitamos autoridad, buscamos evidencia de autoridad.

Si necesitamos confianza, buscamos señales que construyan confianza.

Si necesitamos que el mercado vea una metodología como diferente, necesitamos producir suficiente contenido y resultados para demostrar esa diferencia.

Si queremos una determinada asociación y no existe todavía evidencia para sostenerla, entonces tenemos que construirla.

No inventarla.

Construirla.

Esta distinción es extremadamente importante. Nuestro trabajo no consiste en disfrazar a una persona mediante marketing para que parezca algo que no es. Eso quizá funcione durante un periodo corto, pero cuanto mayor sea la distancia entre la percepción que intentamos crear y la realidad que la persona experimenta, más frágil será toda la marca. El branding puede amplificar la realidad muchísimo mejor de lo que puede sustituirla.

Por eso una buena estrategia de marca muchas veces termina afectando cosas que aparentemente no tienen nada que ver con contenido. Puede obligarnos a mejorar el producto. A conseguir mejores clientes. A documentar resultados. A cambiar un comportamiento. A desarrollar una habilidad. A crear un framework propio. A hacer un experimento durante seis meses simplemente para tener algo nuevo que demostrar.

A veces la mejor decisión de branding no es publicar algo.

Es hacer algo que merezca ser publicado.

Y esa idea cambia bastante la relación entre estrategia y contenido. El contenido deja de ser la marca y pasa a convertirse en uno de los principales sistemas de distribución de la evidencia que construye la marca.

Nuestro trabajo como estrategas, por tanto, es conseguir que cientos o miles de decisiones diferentes empujen en una dirección coherente. Que el producto diga una cosa y el contenido no diga la contraria. Que los clientes que enseñamos refuercen la posición. Que los temas de los que hablamos construyan propiedad en una categoría. Que las historias que contamos revelen determinadas características. Que los frameworks que desarrollamos empiecen a pertenecer mentalmente a esa persona. Que cada nueva capa de evidencia haga la posición un poco más difícil de cuestionar.

No vamos a crear contenido simplemente porque hay que publicar.

No vamos a hacer branding simplemente porque queda bonito.

Vamos a diseñar señales con una intención.

Y todo el sistema puede reducirse a una secuencia:

POSICIONAMIENTO → BRANDING → BRAND

Primero decidimos qué posición queremos ocupar.

Después diseñamos, construimos y repetimos las señales que aumentan nuestras probabilidades de ocuparla.

Finalmente, el mercado crea una percepción sobre nosotros.

Nunca controlamos por completo el último paso porque una marca, en última instancia, vive dentro de la cabeza de otras personas. Pero podemos influir muchísimo sobre él si somos deliberados con todo lo que ocurre antes.

Por eso el trabajo de una marca personal no empieza preguntando qué cámara comprar, qué color utilizar, qué estilo de thumbnail hacer o cuántos Reels publicar cada semana. Empieza bastante antes, con una pregunta muchísimo más difícil y bastante más importante:

¿Qué queremos que signifique este nombre?

A partir de ahí construimos lo demás.

Durante el resto de este handbook no vamos simplemente a aprender a crear contenido. Vamos a aprender a decidir qué queremos representar, qué espacio queremos conquistar, qué asociaciones necesitamos construir, qué evidencia tenemos que producir y qué sistemas necesitamos para conseguir que cientos o miles de piezas de contenido empujen hacia la misma posición.

Porque conseguir atención nunca fue el objetivo final.

Puedes conseguir un millón de seguidores y no haber construido una posición especialmente valiosa. Puedes generar cien millones de views y seguir siendo intercambiable con otros veinte creadores. Puedes llenar un canal de contenido que funciona y descubrir después que nadie sabe realmente por qué debería comprarte a ti.

La pregunta importante no es solamente cuántas personas consigues que te miren.

La pregunta es qué termina ocurriendo dentro de su cabeza después de que lo hagan.

Eso es lo que convierte contenido en branding.

Eso es lo que convierte atención en propiedad mental.

Y esa es la diferencia entre crecer una cuenta y construir una marca personal.

CAPÍTULO 2

Creator Market Fit

Hubo un vídeo de Alekai que generó más de 40.000 euros. Durante aquel mes terminamos haciendo alrededor de 400 ventas. Si mirases ese vídeo de forma aislada, sería muy fácil llegar a la conclusión equivocada. Podrías pensar que encontramos un título increíble, que acertamos con el algoritmo, que publicamos en el momento perfecto o que simplemente tuvimos suerte con una idea que explotó. Pero ninguna de esas explicaciones cuenta realmente lo que ocurrió. Aquel vídeo fue solamente la parte visible de un proceso que llevaba meses sucediendo por debajo: cientos de piezas de información, conversaciones con clientes, vídeos que no funcionaron, mensajes que creíamos que iban a resonar y no lo hicieron, ofertas que tuvimos que modificar, palabras que empezamos a escuchar una y otra vez y pequeñas señales que, acumuladas durante suficiente tiempo, nos permitieron entender mucho mejor qué quería nuestro mercado. Cuando publicamos aquel vídeo no habíamos encontrado una gran idea. Nos habíamos acercado muchísimo a algo bastante más importante: el Creator Market Fit.

En el capítulo anterior vimos que construir una marca personal consiste, en gran medida, en decidir qué queremos significar para nuestro mercado, construir las señales necesarias para provocar esas asociaciones y repetirlas durante suficiente tiempo como para que nuestro nombre termine ocupando una posición concreta dentro de la cabeza de determinadas personas. El problema es que todavía nos falta responder la pregunta más importante de todas: ¿qué posición queremos ocupar y dentro de la cabeza de quién? Porque si estamos construyendo una marca personal con el objetivo de escalar un negocio, no podemos diseñar nuestro posicionamiento de forma aislada y después esperar que mágicamente genere clientes. Tenemos que empezar desde el final. Primero necesito saber qué vendo. A partir de lo que vendo necesito entender quién tiene más probabilidades de comprarlo y quién puede obtener más valor de ello. Después necesito comprender profundamente a esa persona: qué quiere, qué le duele, qué está intentando conseguir, qué ha probado antes, qué cree, qué objeciones tiene, qué lenguaje utiliza y qué tendría que pensar sobre mí para escogerme frente a cualquier otra alternativa. Y solamente entonces puedo decidir qué narrativa, qué branding y qué contenido necesito construir.

Por eso la estrategia empieza mucho antes de preguntarnos qué vídeo vamos a publicar mañana. El contenido es la parte visible del sistema, pero no es el principio del sistema. Si empezamos directamente por ahí, estamos intentando resolver la última pieza del puzzle sin haber colocado ninguna de las anteriores. Y eso explica por qué existen creadores capaces de acumular millones de visualizaciones y, al mismo tiempo, construir marcas prácticamente inútiles para el negocio que tienen detrás. No significa que su contenido sea malo. Puede ser espectacular. El problema es que están optimizando una variable que no necesariamente apunta hacia el destino que les interesa. Conseguir atención y conseguir la atención correcta son dos juegos diferentes. Construir una audiencia y construir una audiencia formada por las personas que algún día podrían querer aquello que vendemos tampoco es exactamente lo mismo. Nosotros no estamos intentando crear la marca personal más grande posible. Estamos intentando crear la marca personal correcta.

Dentro del emprendimiento existe desde hace mucho tiempo un concepto que describe bastante bien esta idea: el market fit. En su forma más sencilla, tener market fit significa que aquello que has construido encaja de verdad con aquello que un mercado quiere. No necesitas empujar constantemente a las personas para que entiendan por qué debería importarles porque existe una necesidad real y tu solución encaja suficientemente bien con ella. El mercado responde. Las personas compran, utilizan el producto, vuelven, hablan de él y empiezas a sentir que has construido algo que estaba esperando ser construido. El ejemplo más conocido es el Product-Market Fit: el momento en el que existe un encaje suficientemente fuerte entre un producto y un grupo concreto de personas que realmente lo quieren. Puedes construir un software técnicamente perfecto para resolver un problema que a nadie le importa y seguir sin tener Product-Market Fit. El producto puede ser buenísimo y el mercado puede seguir sin quererlo.

Uber es un ejemplo sencillo. Antes de que existiera Uber ya había millones de personas que querían desplazarse por una ciudad de una forma rápida y cómoda. La necesidad no tuvo que inventarse. El problema era que pedir un taxi podía ser lento, impredecible e incómodo. Uber construyó una solución que encajaba mucho mejor con un deseo que ya existía: abrías una aplicación, pedías un coche, veías aproximadamente cuándo iba a llegar, conocías el precio y pagabas desde el teléfono. Lo importante no es Uber; lo importante es entender la dirección de la relación. La empresa no consiguió que millones de personas desarrollasen de repente un extraño deseo por subirse al coche de un desconocido. Encontró una necesidad existente y construyó una solución que encajaba mejor con ella. Cuando ese encaje es fuerte, el mercado empieza a tirar del producto en lugar de que la empresa tenga que empujarlo constantemente hacia el mercado.

Con una marca personal buscamos algo parecido. Nosotros lo llamamos Creator Market Fit. Creator Market Fit es el punto en el que aquello que vendemos, la persona a la que queremos atraer, la forma en la que interpretamos su problema, las asociaciones que construimos alrededor de nuestro nombre y el contenido mediante el que distribuimos todo eso empiezan a encajar en la misma dirección. El resultado es que nuestro cliente ideal no solamente encuentra interesante lo que publicamos. Siente que aquello parece haber sido creado específicamente para él. Hablamos de problemas que tiene, utilizamos palabras que él mismo utilizaría, entendemos sus deseos, atacamos creencias que le están frenando, respondemos preguntas que ya tenía dentro de la cabeza y presentamos una manera de ver el mundo que encaja con el momento en el que se encuentra. Y, además, todo ese contenido lo acerca de forma natural hacia aquello que vendemos.

Esta última parte importa muchísimo. Si una persona consume ocho vídeos nuestros seguidos pero jamás tendría sentido que comprase nuestro producto, probablemente hemos encontrado resonancia, pero no necesariamente Creator Market Fit. Si conseguimos millones de visualizaciones de personas completamente distintas al cliente al que podemos ayudar, hemos generado atención, no hemos resuelto el problema. Creator Market Fit no consiste solamente en conseguir que el contenido guste. Consiste en conseguir que el contenido correcto guste de una forma extraordinaria a las personas correctas y construya, poco a poco, el puente entre el problema que esas personas quieren resolver y la solución que nosotros podemos ofrecerles. Es la diferencia entre crear audiencia y crear demanda.

Cuando ese nivel de resonancia aparece sucede algo que nosotros llamamos el efecto paraíso. El efecto paraíso ocurre cuando una persona descubre uno de tus contenidos y siente que acaba de encontrar exactamente el lugar que llevaba tiempo buscando sin saber que lo estaba buscando. Ve un vídeo y algo hace clic. Termina ese vídeo, entra en tu canal y encuentra otro que habla de otro problema que tiene. Después otro. Después otro. Lo que iba a ser un vídeo termina convirtiéndose en cinco y lo que iba a ser una visita termina convirtiéndose en una pequeña obsesión temporal con tu contenido. Seguro que alguna vez te ha pasado. Descubres un creador por casualidad, ves un vídeo mientras comes, otro mientras entrenas, otro antes de dormir y, cuando te das cuenta, en dos días has consumido seis meses de su trabajo. Nadie ha tenido que perseguirte con diez llamadas a la acción. Has sido tú quien ha decidido entrar cada vez más profundamente en su mundo.

Eso es exactamente lo que queremos provocar. Queremos que nuestro cliente ideal llegue a nuestro canal y piense: "¿Dónde coño estaba este canal?". Queremos que mire alrededor y no encuentre una colección aleatoria de vídeos que casualmente han sido publicados por la misma persona, sino un mundo que parece construido para alguien como él. Y cuando eso ocurre empiezan a trabajar varias fuerzas al mismo tiempo. La persona consume más contenido, lo que nos permite construir más confianza, más autoridad, más asociaciones y romper más objeciones en menos tiempo. Al mismo tiempo, las plataformas reciben información sobre qué tipo de usuario responde especialmente bien a nuestro contenido: quién hace clic, cuánto tiempo permanece, qué ve después, qué patrones se repiten y qué personas se comportan de una forma parecida. Poco a poco, el sistema tiene más información para encontrar a otras personas que podrían reaccionar de una manera similar.

Pero el algoritmo no es el Creator Market Fit. Es un amplificador. El fit sucede primero entre nosotros y el mercado; después la plataforma puede ayudarnos a escalar ese encaje. Nuestro contenido resuena con determinadas personas, esas personas consumen más, el sistema aprende de ese comportamiento, encuentra usuarios parecidos y algunos de ellos vuelven a experimentar el mismo efecto paraíso. Entonces consumen más, generan nuevas señales y el ciclo continúa. Por eso YouTube puede terminar convirtiéndose en uno de los mejores comerciales de una marca personal: un comercial que trabaja veinticuatro horas al día, encuentra personas que todavía no saben quiénes somos, consigue que entren en nuestro mundo y permite que pasen horas construyendo una relación con nosotros antes de que exista siquiera una conversación de venta. Pero para que ese sistema funcione primero necesitamos darle algo que merezca amplificarse delante de las personas adecuadas.

El GPS

Aquí aparece el GPS. Veo constantemente creadores preocupados por conseguir una cámara mejor, contratar un editor mejor, aprender a escribir hooks más fuertes, hacer mejores miniaturas o aumentar la frecuencia de publicación sin tener ni idea de qué marca están intentando construir. Es como tener un Ferrari con el mejor motor del mundo, neumáticos nuevos, el depósito lleno y un equipo entero pendiente de conseguir que el coche vaya cada vez más rápido, pero no haber decidido dónde quieres llegar. Mejorar el coche puede hacer que avances más rápido. El problema es que, si no tienes un destino, solamente conseguirás perderte a mayor velocidad.

Con el contenido ocurre exactamente lo mismo. Puedes hacer vídeos increíbles, conseguir millones de visualizaciones y convertirte en un creador bastante conocido sin construir necesariamente la marca que necesita tu negocio. El creador se preocupa por mejorar el coche. La marca personal necesita, además, decidir hacia dónde lo está conduciendo. Para eso utilizamos el GPS: el documento estratégico que define qué marca personal estamos intentando construir y alinea las decisiones necesarias para construirla. Su trabajo es conseguir que nuestro negocio, la persona que queremos atraer, nuestro mensaje, las asociaciones que queremos provocar y el contenido que publicamos apunten hacia el mismo sitio.

El GPS empieza siempre en el negocio porque antes de saber qué debemos publicar necesitamos saber qué estamos intentando vender. La oferta marca el destino. Si vendes un servicio de consultoría para ayudar a fundadores de empresas de software a conseguir sus primeros clientes necesitas construir una marca diferente a la que construirías si vendieras una comunidad de finanzas para adolescentes. Las dos marcas pueden utilizar YouTube. Las dos pueden hacer contenido educativo. Incluso las personas que hay detrás podrían tener una personalidad parecida. Pero están intentando llegar a destinos distintos y, por tanto, la ruta también tiene que ser distinta.

Una vez conocemos el destino necesitamos diseñar esa ruta. Dentro de nuestro sistema está formada por cuatro piezas: Avatar, Narrativa, Branding y Formato. El avatar determina a quién estamos intentando atraer y nos obliga a comprender de verdad a esa persona. La narrativa define qué queremos decir, qué interpretación queremos construir alrededor de sus problemas y qué ideas necesitamos repetir para mover sus creencias. El branding determina qué queremos significar, qué asociaciones necesitamos construir alrededor de nuestro nombre para que, llegado el momento de elegir, tenga sentido escogernos a nosotros. Y el formato convierte todo lo anterior en contenido real: decide cómo empaquetamos esas ideas para que puedan consumirse, recordarse y distribuirse. La oferta es el destino. Avatar, Narrativa, Branding y Formato son la ruta. Todo junto forma nuestro GPS.

El Creator Market Fit aparece cuando todas esas decisiones empiezan a encajar. La oferta resuelve un problema que nuestro avatar realmente quiere solucionar. La narrativa habla de ese problema desde un ángulo que conecta con su manera de ver el mundo y, muchas veces, con la persona en la que quiere convertirse. El branding construye las asociaciones necesarias para que podamos sostener ese mensaje con credibilidad. El formato consigue transformar toda esa estrategia en contenido que el mercado realmente quiere consumir. Cuando las piezas se contradicen aparecen problemas. Podemos tener una oferta para empresarios y construir contenido que atrae estudiantes. Podemos hablarle al avatar correcto desde una narrativa que no le importa. Podemos encontrar un mensaje muy potente que nuestra marca todavía no tiene autoridad para sostener. Podemos tener las cuatro cosas claras y después convertirlas en un formato tan aburrido que nadie llegue a consumirlas. El trabajo consiste en reducir esas contradicciones hasta que todo empiece a apuntar hacia el mismo lugar.

Sobre el papel parece sencillo. En la práctica es jodidamente difícil. Y la razón es que no podemos sentarnos en una habitación, pensar muy fuerte durante tres horas y descubrir mágicamente qué quiere el mercado. Cuando hacemos nuestro primer GPS no estamos describiendo la realidad. Estamos creando una hipótesis sobre ella. Creemos que esta es la persona a la que deberíamos atraer. Creemos que este es el problema que más le importa. Creemos que esta oferta encaja con lo que quiere. Creemos que esta narrativa puede resonar. Creemos que estas son las asociaciones que necesitamos construir y creemos que este formato puede transformar todo lo anterior en contenido que quiera consumir. Pero, al principio, seguimos creyendo. Todavía no sabemos.

Esta distinción cambia completamente la manera en la que tenemos que trabajar. Si interpretamos el primer GPS como la verdad, cada señal que contradiga nuestra estrategia parecerá un problema. Si lo interpretamos como una hipótesis, cada señal que la contradiga se convierte en información. Un vídeo que no funciona nos enseña algo. Una oferta que creemos irresistible y nadie compra nos enseña algo. Una idea que consigue muchísima atención pero atrae a las personas equivocadas también nos enseña algo. Un cliente que nos explica su problema utilizando unas palabras que jamás habríamos elegido nosotros puede enseñarnos más sobre nuestra narrativa que tres horas delante de una pizarra. Una objeción repetida veinte veces probablemente está intentando decirnos algo. El mercado habla constantemente. El problema es que muchas veces estamos demasiado ocupados intentando demostrar que teníamos razón como para escucharlo.

Por eso el Creator Market Fit no se adivina. Se descubre. El proceso se parece bastante al método científico: construimos una hipótesis, la lanzamos contra el mercado, recogemos datos, refinamos nuestra interpretación y volvemos a intentarlo. Una vez. Otra. Y otra. El objetivo no es acertar a la primera. El objetivo es conseguir que la distancia entre lo que nosotros creemos que quiere el mercado y lo que el mercado realmente nos demuestra que quiere sea cada vez más pequeña. Y esta idea fue exactamente lo que tuve que aprender construyendo Alekai.

Yo no era mi mercado

Recuerdo perfectamente cuando construí la primera estrategia para mi canal de desarrollo personal. Sobre el papel todo tenía bastante sentido. Había creado una hipótesis sobre el producto que quería vender, había definido cómo imaginaba que era la persona que podía comprarlo, había pensado qué problemas tenía, qué quería conseguir, qué mensajes podían motivarle, qué ángulos de comunicación podían conectar con él y qué asociaciones quería construir alrededor de Alekai. Sin llamarlo todavía así de una forma tan estructurada, había creado mi primer GPS.

Y cometí el error que cometemos prácticamente todos cuando empezamos: confundí mi hipótesis con la realidad. Yo creía que conocía muy bien a mi cliente ideal porque, de alguna manera, había sido una versión de él. Había pasado años consumiendo desarrollo personal, entendía ese mundo y conocía muchos de los problemas que podía tener un chaval joven obsesionado con convertirse en su mejor versión. Sabía qué cosas me habían preocupado a mí, qué mensajes me habían motivado, qué contenido había consumido y qué tipo de persona había querido convertirme. El problema era bastante evidente cuando lo mirabas desde fuera: yo no era mi mercado. Era una persona dentro de él. Tenía un único punto de vista, el mío, y había cometido el error de utilizarlo como si representara a miles de personas.

Cuando empezamos a publicar contenido y lanzamos la oferta siguiendo aquella primera estrategia, la respuesta no fue tan buena como esperaba. Algunas ideas que a mí me parecían increíbles apenas provocaban reacción. Mensajes que estaba convencido de que iban a resonar no resonaban. Cosas que yo consideraba tremendamente importantes para mi audiencia resultaban no serlo tanto y, al mismo tiempo, empezaron a aparecer patrones en comentarios, conversaciones y ventas que ni siquiera había contemplado dentro de mi estrategia inicial. Yo había creado una descripción bastante lógica de mi cliente ideal. El mercado empezó a enseñarme que una descripción lógica no necesariamente es una descripción correcta.

Al principio es fácil interpretar ese feedback como un fracaso. Si publicas un vídeo que creías espectacular y nadie lo ve, duele. Si construyes una oferta que piensas que la gente va a querer y no compra nadie, duele todavía más. Pero nosotros empezamos a cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos "¿por qué no ha funcionado esto?" como si el mercado acabara de castigarnos, empezamos a preguntarnos "¿qué nos está enseñando esto?". Si publico un vídeo y no funciona, el mercado me ha dado información. Si una idea funciona muchísimo mejor de lo esperado, también. Si consigo atención pero las personas que llegan no tienen nada que ver con el cliente que necesito, he aprendido algo diferente. El resultado deja de ser solamente un resultado y empieza a convertirse en una pieza de investigación.

Así que dejé de enamorarme de la estrategia inicial y empecé a escuchar de una forma casi obsesiva. Hablaba con clientes. Hablaba con personas que estaban pensando en comprar. Hablaba con personas que finalmente decidían no hacerlo. Leía comentarios. Analizaba qué vídeos funcionaban y cuáles no. Hacíamos cuestionarios, estudios de mercado y preguntas constantemente. Intentaba entender qué palabras utilizaban las personas para describir sus propios problemas, qué querían conseguir de verdad, qué cosas les habían frustrado anteriormente, qué les daba miedo, qué habían intentado ya y qué ideas conseguían despertar algo dentro de ellos.

Cada conversación añadía otro punto de vista y eso cambia completamente la calidad de tu estrategia. Inicialmente mi avatar estaba construido desde la perspectiva de una única persona: yo. Después de hablar con diez personas empezabas a ver pequeñas diferencias. Después de cincuenta aparecían patrones. Después de cientos de clientes, miles de comentarios, datos de contenido, ventas, objeciones y preguntas, la imagen empezaba a ser muchísimo más precisa. Dejábamos de escribir lo que nosotros utilizaríamos para describir al cliente y empezábamos a copiar prácticamente las palabras que utilizaba él. Dejábamos de imaginar qué problemas deberían importarle y empezábamos a observar cuáles repetía. Dejábamos de decidir qué mensajes eran profundos desde nuestra perspectiva y empezábamos a medir qué mensajes conseguían moverle realmente.

Poco a poco descubrí que muchas de las cosas que había escrito dentro de mi primer GPS eran falsas. No eran absurdas. No habíamos entendido todo al revés. Eran aproximaciones. Algunas de las cosas que yo creía que motivaban al avatar no eran las que realmente le movían. Algunos dolores tenían mucho más peso del que había imaginado. Algunas palabras que utilizaba para explicar sus problemas no eran las que ellos utilizaban. Había mensajes que a mí me parecían sofisticados y profundos que les importaban bastante poco y otros que inicialmente parecían casi demasiado simples que producían una reacción completamente distinta.

Entonces empezamos a modificarlo todo. Cambiaba nuestra comprensión del avatar y eso modificaba la narrativa. La narrativa hacía cambiar el contenido. Lo que aprendíamos del contenido nos hacía revisar la oferta. Los resultados de la oferta generaban nueva información sobre el avatar y esa información modificaba las asociaciones que necesitábamos construir mediante el branding. Nada vivía de forma completamente aislada porque cada pieza estaba proporcionando información sobre las demás. El GPS empezó a convertirse en un documento vivo. Cambiaba casi a diario.

Y creo que esta es una de las cosas más importantes que tiene que entender cualquier persona que utilice nuestro sistema: el GPS no se termina cuando lo escribimos. Empieza cuando lo escribimos. La primera versión no existe para resolver definitivamente la estrategia de nuestra marca. Existe para permitirnos experimentar con suficiente dirección como para que el mercado pueda empezar a corregirnos.

Desaparece seis meses

Después de varios meses haciendo este proceso, nuestra comprensión del mercado era completamente diferente a la del principio. Ya no teníamos cuatro frases genéricas intentando describir a un adolescente que quería "mejorar su vida". Teníamos aproximadamente veinte páginas sobre nuestro cliente ideal. Sabíamos qué le frustraba, qué deseaba, qué le daba miedo, qué había intentado anteriormente, qué lenguaje utilizaba, qué futuro imaginaba para sí mismo y qué mensajes conseguían tocar algo mucho más profundo que un simple interés por la productividad.

Y empezamos a ver una idea repetirse: desaparece seis meses. Había algo en ese concepto que conectaba de una forma especialmente potente con nuestro avatar. No era simplemente "sé más productivo". No era "crea mejores hábitos". No era "lee diez libros". Todo eso podía formar parte del proceso, pero no era lo que realmente hacía que el mensaje importase. "Desaparece seis meses" contaba una historia. Deja de hablar de todo lo que vas a hacer. Deja de prometer que vas a cambiar. Obsesiónate durante seis meses con construir la vida que dices querer, haz aquello que llevas años aplazando y vuelve siendo una persona completamente distinta.

Aquello tocaba una capa mucho más profunda porque no hablaba únicamente de comportamiento. Hablaba de identidad. Tocaba la frustración de saber que podían ser mucho más de lo que eran. Tocaba la fantasía de desaparecer y sorprender a todo el mundo. Tocaba la necesidad de demostrar algo, la ambición, el orgullo y esa sensación que tiene un chaval cuando sabe perfectamente quién quiere llegar a ser pero todavía existe demasiada distancia entre esa persona y la que ve cada mañana en el espejo. La narrativa ganadora no describía solamente lo que nuestro avatar quería hacer. Describía en quién quería convertirse.

Además, encajaba perfectamente con mi historia. Yo podía contar cómo había necesitado aproximadamente seis meses de obsesión para cambiar radicalmente partes de mi propia vida. No era una narrativa inventada en una reunión de marketing porque los datos decían que podía aumentar la retención. Era una idea que conectaba profundamente con el avatar y que, al mismo tiempo, yo podía sostener mediante mi propia experiencia. Eso importa muchísimo en una marca personal. No basta con encontrar un mensaje que el mercado quiera escuchar. También necesitas tener derecho a decirlo. La narrativa tiene que resonar con ellos y encajar contigo.

Y llegó diciembre. Probablemente uno de los mejores momentos del año para publicar un mensaje de transformación personal. Se acercaba año nuevo y muchísima gente estaba pensando en quién quería convertirse durante los próximos doce meses. Los chavales estaban motivados, haciendo planes, imaginando el siguiente año y diciéndose una vez más que ahora sí iban a cambiar. Entonces publicamos el vídeo. La idea central era muy sencilla: desaparece seis meses y vuelve completamente cambiado. Dame seis meses haciendo aquello que llevas años diciéndote que vas a hacer. Seis meses entrenando, trabajando, aprendiendo, cumpliendo tu palabra y construyendo a la persona que dices querer ser. Dame seis meses de verdad y al final probablemente no vas a reconocerte.

El vídeo generó más de 40.000 euros y durante aquel mes hicimos aproximadamente 400 ventas. Pero, de nuevo, sería muy fácil observar únicamente el resultado visible y decir que encontramos una gran idea. El vídeo funcionó porque aquella idea contenía meses de aprendizaje acumulado. Habíamos necesitado publicar cosas que no funcionaron, construir hipótesis equivocadas, hablar con clientes, analizar comentarios, modificar la oferta, refinar nuestro avatar y cambiar nuestra forma de comunicar hasta encontrar un mensaje que concentraba gran parte de lo que habíamos aprendido.

Durante un instante todas las piezas apuntaron hacia el mismo lugar. Teníamos una oferta que el mercado quería. Sabíamos mucho mejor quién era la persona que queríamos atraer. Habíamos encontrado una narrativa que tocaba una parte especialmente profunda de esa persona. Mi marca tenía las asociaciones necesarias para sostener el mensaje y encontramos una forma de convertirlo en contenido que la gente quiso consumir. Oferta como destino. Avatar, Narrativa, Branding y Formato construyendo la ruta hacia él. Eso era Creator Market Fit.

Cómo sabes que te estás acercando

El problema de hablar de "fit" es que puede sonar como una especie de momento mágico en el que un día te despiertas y sabes que lo tienes. No funciona así. Normalmente aparece poco a poco mediante señales. Al principio son débiles y contradictorias; después empiezan a repetirse. Lo importante es saber qué estamos buscando porque una métrica aislada puede engañarnos muchísimo. Un millón de visualizaciones no demuestra Creator Market Fit si el millón de personas que han llegado no son las personas que queremos atraer. Del mismo modo, vender mucho durante una semana tampoco significa necesariamente que tengamos una marca bien posicionada. Necesitamos observar el sistema completo.

Una de las primeras señales es la resonancia. Empiezas a recibir comentarios o conversaciones que básicamente dicen, de diferentes formas, "esto parece hecho para mí". Las personas describen situaciones que encajan exactamente con lo que estás hablando, utilizan tu contenido para explicar cosas que les estaban ocurriendo y sienten que entiendes su problema con una precisión poco habitual. Después aparece la profundidad. No consumen solamente una pieza; entran en tu canal y continúan. Empiezas a ver el efecto paraíso. Un vídeo lleva a otro, una idea conecta con otra y determinadas personas pasan cada vez más tiempo dentro de tu mundo.

Después tienes que mirar la calidad de esa atención. ¿Quiénes son esas personas? ¿Se parecen al cliente al que realmente podemos ayudar o hemos encontrado accidentalmente una audiencia completamente diferente? Empiezan a aparecer DMs, respuestas, leads, conversaciones y preguntas de las personas que queríamos atraer. Y finalmente aparece la conexión con el negocio: cuando presentamos aquello que vendemos, la oferta no parece venir de la nada. Tiene sentido. La persona entiende por qué existe, qué problema resuelve y por qué nosotros somos una opción lógica para ayudarla. No tienes que transformar de repente a un espectador que te conoce por hablar de una cosa en un comprador interesado en algo totalmente distinto. El contenido llevaba tiempo construyendo ese puente.

Por eso podemos tener visualizaciones sin profundidad, profundidad sin demanda o demanda sin suficientes ventas. Cada una de esas situaciones nos está dando información diferente sobre el GPS. Quizá el formato consigue atención pero la narrativa atrae al avatar incorrecto. Quizá existe muchísima resonancia pero la oferta no encaja suficientemente bien con lo que las personas quieren. Quizá la oferta es buena y el avatar está claro, pero nuestro branding todavía no ha construido la confianza necesaria para que nos escojan. No utilizamos los datos solamente para decidir si "el contenido va bien". Los utilizamos para diagnosticar qué parte del sistema necesita ser refinada.

El GPS es una hipótesis viva

Esto nos lleva al error que quiero evitar desde el principio. No quiero que terminemos de escribir un avatar y digamos: "Perfecto, ya conocemos al cliente". No lo conocemos. Tenemos una primera aproximación. No quiero que construyamos una narrativa y pensemos: "Este es nuestro mensaje definitivo". Creemos que puede serlo y vamos a comprobarlo. No quiero que diseñemos una oferta que nos parece espectacular y asumamos automáticamente que el mercado va a quererla. Vamos a ponerla delante de él.

Nuestro trabajo consiste en construir la mejor hipótesis posible con la información que tenemos, diseñar suficientes experimentos para enfrentarla contra la realidad y tener después la humildad necesaria para cambiarla cuando los datos nos demuestren que estábamos equivocados. Cada pieza de contenido puede enseñarnos algo. Cada cliente puede enseñarnos algo. Cada objeción, cada venta, cada no venta y cada comentario pueden contener información que termine modificando nuestra estrategia. A veces una palabra utilizada casualmente por un cliente acaba convirtiéndose en una narrativa muchísimo mejor que cualquier cosa que hubiéramos podido inventar nosotros solos.

El objetivo es absorber toda esa información y conseguir que nuestro GPS represente cada vez menos lo que nosotros creemos que quiere el mercado y cada vez más lo que el mercado nos ha demostrado que quiere. Nuestro avatar se vuelve más preciso. Nuestra narrativa utiliza mejor su lenguaje y toca problemas más importantes. Nuestro branding construye asociaciones más útiles. Nuestros formatos reflejan cómo quiere consumir esas ideas la audiencia y nuestra oferta se acerca cada vez más al resultado por el que realmente está dispuesta a pagar. Poco a poco las contradicciones disminuyen y el encaje aumenta.

Y aquí hay algo que merece la pena recordar: el Creator Market Fit nunca debería convertirnos en esclavos de lo que funcionó ayer. Un GPS sirve para conducir, no para fingir que la carretera nunca cambia. El mercado nos da información constantemente y nuestro trabajo es seguir escuchando. La estrategia no deja de ser estratégica porque cambie. De hecho, muchas veces cambia precisamente porque estamos prestando atención.

Crea tu MVGPS

Ahora aparece el siguiente problema. Después de leer todo esto sería bastante fácil pensar que antes de publicar necesitamos construir un documento perfecto de cincuenta páginas sobre nuestro cliente, encontrar nuestra narrativa definitiva, decidir exactamente qué queremos significar durante los próximos diez años, diseñar el formato perfecto y tener una oferta completamente optimizada. Sería una conclusión lógica y sería exactamente el error contrario.

Porque si el Creator Market Fit se descubre en el mercado, necesitamos llegar al mercado lo suficientemente pronto como para empezar a aprender. Una empresa que busca Product-Market Fit no debería pasarse años encerrada construyendo en secreto el producto perfecto para después cruzar los dedos y rezar para que alguien lo quiera. Construye una primera versión capaz de resolver suficientemente bien el problema, la pone delante de usuarios reales y observa qué ocurre. Cada usuario genera información: qué utiliza, qué ignora, dónde encuentra fricción, qué valora, por qué vuelve y por qué abandona. Esa información permite mejorar el producto y acercarlo progresivamente a lo que el mercado realmente quiere.

A esa primera versión la llamamos MVP: Minimum Viable Product. Y con nuestra marca personal vamos a aplicar exactamente la misma lógica. No necesitamos adivinar durante seis meses cuál es nuestro avatar perfecto, nuestra narrativa definitiva, nuestro branding para los próximos diez años o el formato que nunca tendremos que cambiar. Necesitamos una estrategia suficientemente buena como para empezar a movernos en una dirección intencionada y conseguir información real.

Por eso vamos a crear un MVGPS: Minimum Viable GPS. La versión mínima viable de nuestro GPS. No significa hacer una estrategia mediocre o rellenar cuatro casillas para poder decir que hemos terminado. Significa construir suficiente claridad para que las decisiones que tomemos a partir de ahora tengan una dirección. Necesitamos una oferta suficientemente clara para saber cuál es el destino. Suficiente comprensión del avatar para saber a quién estamos hablando. Suficiente narrativa para saber qué queremos decir y qué creencias queremos mover. Suficiente branding para saber qué queremos significar. Y suficiente claridad sobre el formato para transformar todo lo anterior en contenido real que podamos poner delante del mercado.

Después publicamos. Medimos. Escuchamos. Vendemos. Hablamos con clientes. Analizamos quién llega y quién no. Observamos qué ideas despiertan algo, cuáles generan indiferencia, qué personas consumen varias piezas, qué objeciones se repiten y qué diferencia existe entre la persona que imaginábamos cuando construimos la estrategia y la persona que realmente termina apareciendo delante de nosotros. Y utilizamos toda esa información para actualizar el GPS.

Porque el objetivo de la primera versión no es tener razón.

Es empezar a conducir con suficiente dirección para que la realidad pueda decirnos dónde tenemos que recalcular.

CAPÍTULO 3

MVGPS

En el capítulo anterior vimos que el Creator Market Fit no se decide, se descubre. Podemos estudiar un mercado, hablar con clientes, analizar competidores y construir una estrategia que sobre el papel parezca extremadamente inteligente, pero hasta que esa estrategia entra en contacto con personas reales seguimos trabajando, en mayor o menor medida, con una hipótesis. Esa distinción es importante porque cambia por completo lo que necesitamos hacer ahora. Nuestro objetivo no es encerrarnos durante una semana para construir el GPS definitivo de nuestra marca personal, ni crear desde el primer día un documento de cuarenta páginas donde cada frase sobre nuestro cliente, nuestra narrativa y nuestro posicionamiento parezca escrita por McKinsey. Nuestro objetivo es mucho más sencillo: construir una primera versión suficientemente clara como para empezar a utilizarla y suficientemente imperfecta como para estar dispuestos a cambiarla cuando el mercado nos demuestre que estábamos equivocados. A esa primera versión la llamamos MVGPS: Minimum Viable GPS.

El concepto es prácticamente idéntico al de un Minimum Viable Product. Cuando una empresa construye la primera versión de un producto nuevo no intenta necesariamente crear desde el principio todo aquello que podría llegar a existir dentro de cinco años. Intenta construir lo suficiente como para resolver un problema, ponerlo delante de usuarios reales y empezar a aprender. Con nuestro GPS ocurre exactamente lo mismo. Podemos dedicar veinte horas adicionales a describir de forma más elegante a nuestro Avatar, encontrar nombres más interesantes para nuestras asociaciones o escribir una Narrativa que nos emocione muchísimo cuando la releemos, pero ninguna de esas horas convierte automáticamente nuestras conclusiones en verdad. Existe un punto a partir del cual seguir pensando únicamente consigue que nuestra hipótesis esté mejor redactada. Para hacerla más precisa necesitamos sacarla de nuestra cabeza, convertirla en contenido y observar qué ocurre.

Esto me recuerda a uno de los clientes con los que trabajé hace tiempo. Era una persona especialmente inteligente, extremadamente perfeccionista y, precisamente por eso, estaba obsesionada con hacer las cosas bien desde el principio. No quería publicar durante meses en una dirección equivocada, no quería construir un posicionamiento mediocre y no quería mirar atrás dentro de un año pensando que había desperdiciado cientos de horas. Su intención tenía todo el sentido del mundo, pero terminó convirtiendo la estrategia en una especie de proyecto infinito. Cada frase tenía que ser perfecta, cada definición tenía que contener todos los matices y cada pieza tenía que encajar de una forma prácticamente matemática con las demás. El resultado fue un documento espectacular. Lo leías y todo parecía tener lógica. Las ideas sonaban profundas, el cliente parecía estar descrito con una precisión absurda y la estrategia daba esa sensación maravillosa de inevitabilidad que tienen algunas presentaciones cuando todavía no han tocado la realidad.

Después empezamos a publicar y descubrimos el pequeño inconveniente de que al mercado le daba absolutamente igual lo bonita que era nuestra presentación. Algunos de los problemas que habíamos considerado fundamentales apenas generaban reacción. Determinadas ideas de contenido que parecían obvias no funcionaban y partes de la Narrativa que nos parecían brillantísimas dentro del documento perdían toda su fuerza cuando las convertíamos en vídeos. No habíamos hecho un mal trabajo estratégico; simplemente habíamos cometido un error bastante humano: confundir la profundidad de nuestro razonamiento con la precisión de nuestra información. Habíamos perfeccionado muchísimo nuestra interpretación del mercado, pero seguía siendo exactamente eso, nuestra interpretación. El mercado real estaba fuera de la habitación y acababa de empezar a corregirnos.

Por eso quiero que durante este capítulo tengas una idea constantemente dentro de la cabeza: el MVGPS no existe para evitar que te equivoques. Existe para conseguir que tus errores sean útiles. Si no existe ninguna estrategia, publicas una cosa, funciona mal y no sabes exactamente qué has aprendido. Quizá falló la idea, quizá estabas hablando con la persona equivocada, quizá la promesa no interesaba, quizá el formato no encajaba, quizá estabas intentando construir una asociación que a nadie le importaba o quizá simplemente hiciste un vídeo bastante malo. Cuando existe un GPS, en cambio, cada publicación se convierte en una pequeña prueba de alguna parte del modelo. Estamos dejando de disparar en mitad de la oscuridad y empezamos a disparar hacia una diana que probablemente todavía tendremos que mover.

Antes de construirla tenemos que aclarar algo que podría generar confusión respecto al capítulo anterior. Allí expliqué que nuestro GPS parte de la Oferta, porque todo el sistema tiene que construirse mediante ingeniería inversa desde aquello que vende el negocio. Eso sigue siendo exactamente igual. La Oferta es el destino del GPS; nos dice hacia dónde estamos intentando conducir. Pero no vamos a dedicar esta sección a reconstruir tu oferta desde cero, porque a estas alturas debería existir al menos una primera validación de que alguien quiere aquello que vendes. Lo que vamos a construir ahora son las cuatro piezas que determinan la ruta hacia ese destino: Avatar, Narrativa, Branding y Formato. La Oferta nos dice dónde queremos llegar. El Avatar nos dice a quién queremos llevar. La Narrativa nos ayuda a decidir qué necesita creer esa persona para avanzar. El Branding define qué necesita pensar sobre nosotros para confiar en que tiene sentido hacer ese camino a nuestro lado. Y el Formato convierte todas esas decisiones en contenido que finalmente puede entrar en contacto con el mercado.

La Oferta introduce además algo extremadamente útil: restricciones. Si no sabemos qué estamos intentando vender, prácticamente cualquier audiencia puede parecernos interesante, cualquier contenido puede justificar su existencia y cualquier posición puede sonar atractiva. Podemos crear vídeos sobre productividad el lunes, inteligencia artificial el miércoles, fitness el viernes y nuestra experiencia viajando a Tailandia el domingo, y siempre habrá una historia razonable para explicar por qué todo forma parte de nuestra “marca personal”. En cuanto sabemos exactamente qué resultado produce nuestro negocio, sin embargo, una cantidad enorme de caminos empieza a desaparecer. Ya no preguntamos únicamente si una idea puede conseguir visualizaciones; preguntamos si conseguir esas visualizaciones nos acerca a las personas que queremos servir y a la posición que necesitamos construir.

Imagina dos creadores que utilizan exactamente la misma plataforma. El primero vende un programa de desarrollo personal relativamente accesible para chavales jóvenes que quieren cambiar radicalmente su vida. El segundo vende un servicio de veinte mil euros a empresarios que quieren utilizar YouTube y su marca personal para generar demanda para su empresa. Los dos podrían publicar vídeos educativos, utilizar storytelling e incluso hablar en determinados momentos sobre productividad, confianza o creación de contenido, pero la estrategia que existe debajo no puede ser la misma. El primero quizá necesita que un joven termine sus vídeos pensando que se siente comprendido, motivado y que quiere seguir el mismo camino que está viendo delante de él. El segundo necesita que un empresario termine pensando que esa persona entiende profundamente el contenido, pero también entiende negocio, adquisición, posicionamiento y las consecuencias de utilizar su reputación como activo comercial. Mismo canal de distribución, pero destinos completamente diferentes. Y cuando cambia el destino tiene que cambiar la ruta.

Hay, por tanto, una condición previa para lo que vamos a hacer: necesito que tengas una oferta mínimamente validada. No significa que hayas encontrado el producto que vas a vender durante los próximos veinte años, ni que tu pricing, delivery y posicionamiento comercial sean definitivos. Significa simplemente que existe suficiente contacto con la realidad como para saber que un grupo de personas considera importante el problema que resuelves y está dispuesto a pagar por conseguir ese resultado. Idealmente ya has vendido, has entregado el producto o servicio y empiezas a entender qué tipo de cliente obtiene más valor. Si todavía no has conseguido eso, puedes construir una marca, evidentemente, pero tendrás un problema circular: estaremos intentando diseñar con enorme precisión una carretera hacia un destino que todavía no sabemos si alguien quiere visitar. Para los propósitos de este sistema voy a asumir que esa primera validación existe. Con el destino delante, podemos construir la primera pieza.

Avatar — La pieza más importante del GPS

Prácticamente todo lo que vamos a hacer a partir de ahora gira alrededor de una persona. Es la persona a la que queremos conseguir delante de nuestra miniatura, la que queremos que haga clic, la que queremos mantener viendo el vídeo y la que queremos que vuelva al canal al día siguiente porque siente que existe algo allí que parece diseñado específicamente para ella. Es también, en última instancia, la persona a la que nuestro negocio puede ayudar y que podría terminar convirtiéndose en cliente. A esa representación de la persona que queremos atraer con nuestro contenido la llamamos Avatar, y cuanto mejor consigamos entenderla, menos veces tendremos que sentarnos delante de una página en blanco intentando adivinar qué demonios deberíamos publicar.

Aquí merece la pena separar dos conceptos que muchas veces se utilizan como si fueran exactamente lo mismo. Nuestro ICP, o Ideal Customer Profile, es la definición del tipo de cliente que tiene especialmente buen encaje económico con aquello que vendemos. Nos interesa saber qué características comparten las personas que compran, que pueden permitirse la solución, que obtienen resultados, que valoran el resultado y que, además, tienen sentido para nuestro modelo de negocio. El Avatar analiza muchas veces a la misma persona, pero desde un ángulo ligeramente diferente. No solamente queremos saber si puede comprar; necesitamos comprender cómo vive el problema, qué palabras utiliza para describirlo, qué desea, qué le preocupa, qué cree que le impide avanzar, qué cosas ha probado, qué ideas rechaza y qué tendría que escuchar para sentir que alguien al otro lado de la pantalla realmente entiende lo que está ocurriendo dentro de su cabeza. El ICP nos ayuda a decidir a quién queremos servir. El Avatar nos ayuda a aprender cómo comunicarnos con esa persona.

El problema es que la mayoría de ejercicios de Avatar se quedan en una capa tan superficial que apenas cambia ninguna decisión. “Hombre de 25 a 35 años, emprendedor, vive en una ciudad grande, le gustan los negocios y el fitness, quiere libertad y tiene miedo al fracaso.” Fantástico. Acabamos de describir probablemente a varios millones de personas y seguimos sin tener ni puta idea de qué vídeo deberíamos publicar mañana. Saber que alguien tiene treinta y dos años puede ser relevante; saber que está entrando cada mañana en Stripe esperando que aparezca una venta porque lleva tres meses con el negocio completamente plano probablemente lo sea bastante más. Saber que “quiere libertad” suena bien en una presentación; saber que está empezando a sentir que la empresa que creó para tener libertad le está haciendo más esclavo que el trabajo que dejó hace cuatro años nos da una imagen muchísimo más precisa de la conversación que está ocurriendo dentro de su cabeza.

Imagínate, por ejemplo, dos dueños de agencia que facturan treinta mil euros al mes. Si solamente utilizamos variables demográficas o empresariales, podríamos tratarlos como la misma persona. El primero lleva meses con un pipeline estable, tiene un equipo que funciona y está empezando a investigar YouTube porque quiere reducir su dependencia de outbound y construir una posición fuerte en su mercado durante los próximos cinco años. El segundo lleva tres meses sin cerrar un cliente, ha perdido dos cuentas importantes, tiene seis nóminas que pagar y cada domingo por la noche siente una presión enorme porque sabe que vuelve a empezar otra semana sin saber de dónde demonios va a salir la siguiente venta. Los dos son dueños de agencia. Los dos facturan aproximadamente lo mismo. Los dos podrían incluso comprar el mismo servicio. Pero si quieres que uno de ellos detenga lo que está haciendo y piense “esto está escrito para mí”, necesitas comprender bastante más que su revenue y el número de empleados.

Ahí aparece una distinción que utilizamos constantemente: dolor de entrada y dolor de fondo. El dolor de entrada es el problema visible que una persona reconoce y que normalmente utilizaría para buscar una solución. “No consigo clientes.” “Mi canal no crece.” “No consigo perder peso.” “No soy disciplinado.” Es la puerta de entrada a la conversación. El dolor de fondo es lo que ese problema empieza a significar emocionalmente después de suficiente tiempo. “No consigo clientes” puede significar “empiezo a preguntarme si realmente soy suficientemente bueno para construir la empresa que llevo años diciendo que voy a construir”. “Mi canal no crece” puede significar “llevo doce meses hablando a una cámara y empiezo a sentir que absolutamente nadie me escucha”. “No consigo perder peso” puede terminar significando “evito quitarme la camiseta delante de mi pareja porque me da vergüenza en qué me he convertido”. “No soy disciplinado” puede esconder algo todavía más duro: “he roto tantas promesas conmigo mismo que ya no confío en mi propia palabra”.

Comprender esa segunda capa no significa convertir cada vídeo en una sesión de terapia ni utilizar las inseguridades de la audiencia para manipularla. Significa entender por qué un problema importa de verdad. Si solamente conocemos la superficie, produciremos contenido superficial. Si entendemos lo que la persona intenta conseguir y también aquello de lo que intenta escapar, podemos hablar con muchísima más precisión. Una persona rara vez compra únicamente una característica técnica; compra una transición entre dos estados. Quiere abandonar una realidad que le duele y acercarse a una que considera mejor. Cuanto más claramente comprendamos ambos extremos, más fácil resulta crear contenido que parezca relevante porque deja de hablar sobre “el mercado” y empieza a hablar sobre la experiencia de una persona concreta.

Gran parte del trabajo que hice construyendo Alekai consistió precisamente en profundizar cada vez más en esa persona. Con el tiempo terminamos recopilando una cantidad enorme de información sobre los chavales a los que quería atraer: qué les frustraba, qué aspiraciones tenían, qué creadores consumían, qué pensaban sobre sí mismos, qué situaciones les hacían sentirse pequeños, qué comportamientos repetían aun sabiendo que les perjudicaban, qué querían demostrar y a quién querían demostrárselo. A medida que aquella representación se volvía más precisa, muchas decisiones que antes parecían creativas empezaron a parecer casi obvias. Si sabes qué conversación está teniendo una persona consigo misma a las dos de la mañana, puedes encontrar hooks. Si entiendes qué ha probado antes y por qué ha dejado de creer en determinadas soluciones, puedes construir mejores argumentos. Si sabes qué necesita creer para actuar, puedes utilizar meses de contenido para mover poco a poco esas creencias sin convertir cada pieza en una venta.

Para ordenar toda esa información utilizamos algo que llamamos los 28 cubos. Los cubos son veintiocho áreas diferentes de la vida y psicología del Avatar que nos permiten almacenar piezas de información que el mercado nos va enseñando: sus problemas, deseos, dudas, miedos, inseguridades, traumas, pensamientos, creencias, identidad, patrones emocionales, resentimientos, modelos a seguir, culpas, rutinas, relaciones, valores, aficiones, compras, experiencia profesional, realidad financiera y otras dimensiones que ayudan a construir una imagen mucho más completa de la persona. La idea no es que un ser humano pueda reducirse literalmente a veintiocho casillas, ni que todos nuestros clientes sean clones psicológicos salidos de una fábrica. Los cubos son simplemente un sistema de organización que nos obliga a mirar más allá de las tres variables que aparecen habitualmente en una ficha de marketing.

Me gusta pensar en ellos como un mueble con veintiocho cajones. Cuando empiezas, muchos estarán prácticamente vacíos. Después hablas con un cliente y escuchas una frase que te llama la atención; la guardas. Lees veinte comentarios y descubres que cuatro personas están expresando la misma frustración de formas casi idénticas; la guardas. Alguien decide no comprarte y explica una objeción que no habías contemplado; la guardas. Una persona consigue un resultado espectacular y te cuenta qué había probado durante los dos años anteriores; también lo guardas. Después de meses haciendo esto empiezas a mirar aquellos cajones y descubres patrones que jamás habrías podido inventar desde una sala de reuniones. Determinadas cosas aparecen una y otra vez, algunas hipótesis iniciales desaparecen por completo y pequeños detalles que inicialmente parecían irrelevantes empiezan a convertirse en minas de ideas.

Esto es importante porque el objetivo de los 28 cubos no es conseguir un documento largo; es aumentar nuestra capacidad de predecir. Si tienes cuarenta páginas describiendo a tu Avatar pero sigues siendo incapaz de anticipar qué problemas le importan, qué objeciones repetirá o qué lenguaje utilizará, tienes cuarenta páginas de decoración. En cambio, un documento mucho más pequeño que consiga que tu equipo pueda leer una idea y decir inmediatamente “esto le va a interesar” o “este título está escrito desde nuestra perspectiva y no desde la suya” tiene muchísimo valor. La profundidad no se mide por la cantidad de información que hemos escrito sobre una persona, sino por cuánto mejor nos permite tomar decisiones.

Aquí aparece también uno de los peligros más grandes de cualquier ejercicio de Avatar: la profundidad inventada. Es relativamente fácil sentarte durante una tarde y escribir algo como “nuestro cliente persigue el éxito porque nunca recibió suficiente validación de sus padres y ahora necesita demostrar que merece reconocimiento”. Suena espectacularmente profundo. También puede ser una completa gilipollez. Existe una diferencia entre observar que varios clientes han expresado explícitamente algo parecido, inferir un patrón a partir de comportamientos repetidos y simplemente escribir una explicación psicológica porque queda interesante dentro del documento. Nuestro sistema debe mantener siempre esa diferencia. Algunas cosas las sabemos porque el mercado nos las ha dicho. Algunas las inferimos porque tenemos suficiente evidencia alrededor. Otras son simplemente hipótesis. No pasa nada por tener hipótesis; todo este capítulo trata precisamente de construirlas. Lo peligroso es olvidarnos de que lo son.

Por eso no quiero que completes los 28 cubos antes de avanzar. Sería bastante irónico dedicar la primera parte del capítulo a explicarte que estamos construyendo una versión mínima del GPS y después obligarte a realizar una investigación antropológica de tres meses antes de publicar tu primer vídeo. Los 28 cubos son la versión profunda del sistema, el lugar en el que acumularemos conocimiento durante años. Para construir nuestro MVGPS solamente necesitamos una primera representación suficientemente útil: quién creemos que es la persona, en qué situación se encuentra, cuál es el problema que más desea resolver, qué resultado busca, qué ha probado anteriormente, qué cree actualmente sobre su problema, qué barreras le están frenando y qué lenguaje utiliza para explicar todo eso. Si podemos responder razonablemente bien a esas preguntas, tenemos suficiente material para empezar.

Más adelante aprenderemos a enriquecer esa V1 utilizando llamadas de ventas, entrevistas, comentarios, mensajes privados, encuestas, datos de contenido y toda la información que genera nuestro negocio. Daddy también podrá ayudarnos a organizarla, detectar contradicciones y encontrar huecos, pero quiero que mantengas clara la jerarquía: la herramienta organiza información; el mercado la produce. Si no sabemos algo, una casilla vacía es muchísimo más útil que una respuesta inventada. La casilla vacía nos dice qué necesitamos investigar. Una respuesta inventada puede enviarnos durante meses en la dirección equivocada. Nuestro objetivo no es conocer perfectamente al Avatar antes de hablarle. Es conocerlo lo suficiente como para empezar la conversación y dejar que, poco a poco, sea él quien nos enseñe quién es realmente.

Narrativa — La forma en la que enseñas a tu Avatar a ver el mundo

Dos creadores pueden tener niveles parecidos de conocimiento, hablar exactamente del mismo tema y utilizar formatos prácticamente idénticos y, aun así, construir audiencias con una relación completamente diferente hacia ellos. Los dos pueden enseñar productividad. Los dos pueden hablar de disciplina, hábitos, dinero, creación de contenido o negocios. Incluso podrían publicar durante una semana consejos prácticamente intercambiables y seguirías sintiendo, después de consumir suficiente contenido de ambos, que estás entrando en dos universos diferentes. La razón es que las personas no siguen únicamente información. También siguen maneras de interpretar esa información, sistemas de creencias que les ayudan a entender por qué tienen determinados problemas, qué deberían hacer al respecto, contra qué están luchando y en quién podrían convertirse si consiguen superarlos.

Eso es la Narrativa. La Narrativa es el hilo invisible que conecta el contenido que publicamos y consigue que cientos de piezas distintas parezcan pertenecer al mismo mundo. Está formada por las creencias que repetimos, las historias que utilizamos para demostrarlas, los enemigos o comportamientos contra los que luchamos, las metáforas con las que explicamos conceptos, las palabras que acabamos haciendo propias y la transformación hacia la que empujamos continuamente al Avatar. Cuando una Narrativa es débil, un canal se siente como una colección de vídeos que podrían pertenecer a cualquier creador: “cinco hábitos para ser más productivo”, “cómo levantarte temprano”, “tres libros que tienes que leer”, “cómo dejar de procrastinar”. Quizá son buenos vídeos, pero no existe necesariamente algo acumulativo entre ellos. Cuando la Narrativa empieza a ser fuerte, en cambio, una persona puede ver diez contenidos sobre diez temas diferentes y sentir que todos le están enseñando distintas partes de la misma filosofía.

La prueba de que esto está ocurriendo es bastante sencilla. Después de consumir suficiente contenido, alguien debería poder explicarle a un amigo qué defiendes sin que tú hayas publicado nunca un vídeo titulado “Estas son las siete cosas en las que creo”. Empieza a saber qué tipo de consejo probablemente darías, qué ideas te molestan, qué cosas priorizas y cómo interpretarías un problema aunque todavía no hayas hablado específicamente sobre él. Más adelante ocurre algo todavía más poderoso: empieza a utilizar tu lenguaje para explicarse a sí mismo. Utiliza un concepto que aprendió de ti para entender por qué está procrastinando, describe un problema mediante una metáfora que escuchó en uno de tus vídeos o repite una frase tuya cuando intenta convencer a un amigo de algo. En ese momento ya no estamos transfiriendo únicamente información. Hemos empezado a introducir modelos dentro de la forma en la que alguien piensa.

Esta fue probablemente una de las cosas que más transformó Alekai. Durante mucho tiempo podía crear contenido útil sobre prácticamente cualquier área del desarrollo personal. Podía hablar del gimnasio, de meditación, de confianza, de productividad, de lectura, de relaciones o de disciplina, pero existía el riesgo de que todo aquello se convirtiese en una colección enorme de consejos separados. Entonces apareció una Narrativa capaz de ordenar muchos de ellos alrededor de una misma transformación: desaparece seis meses. Esa idea partía de algo que yo había vivido. Había llegado a un momento en el que acumulaba suficiente frustración conmigo mismo como para comprender que no podía seguir tomando exactamente las mismas decisiones y esperar despertarme algún día convertido en la persona que decía querer ser. Si realmente quería cambiar, durante un periodo tendría que comportarme de una forma suficientemente distinta como para que mi vida empezara a producir resultados distintos.

Durante esos meses entrené, estudié, trabajé, me expuse a situaciones que antes evitaba, intenté mejorar mi comunicación y fui construyendo poco a poco una vida que empezaba a parecerse más a aquello que tenía dentro de la cabeza. El resultado era poderoso para mi Avatar porque podía observar el contraste. No necesitaba explicar durante veinte minutos que la transformación era posible; podía ver que el físico había cambiado, la comunicación había cambiado, mi nivel de confianza era distinto y estaban apareciendo resultados que antes no existían. “Desaparece seis meses” dejó entonces de ser simplemente una frase interesante y empezó a funcionar como un contenedor dentro del que cabían decenas de ideas. Entrenar ya no era un tema independiente. Leer tampoco. Eliminar determinadas distracciones, aprender a comunicar, trabajar cuando no te apetecía o enfrentarte a algo que te daba miedo eran diferentes expresiones de la misma historia: dejar de proteger obsesivamente la persona que eres ahora para tener alguna posibilidad de construir la persona en la que quieres convertirte.

Dentro de esa Narrativa principal empezaron a aparecer pequeñas historias y marcos que repetíamos constantemente. A esas ideas las llamamos micronarrativas. Una de ellas era el ángel y el diablo, una forma muy sencilla de representar la lucha que casi todos reconocemos entre la voz que sabe lo que deberíamos hacer y la voz que intenta negociar con nosotros en el momento exacto en el que hacerlo empieza a resultar incómodo. Una te dice que entrenes, que hagas el trabajo, que tengas la conversación, que apagues el teléfono y cumplas aquello que prometiste. La otra tiene argumentos extremadamente convincentes para explicar por qué hoy constituye una excepción histórica a todos tus planes. Estás cansado. Mañana será mejor. El lunes empiezas de verdad. Una vez tampoco pasa nada. De alguna manera esa voz consigue ganar cientos de pequeñas negociaciones hasta que un día miras atrás y descubres que llevas tres años “empezando el lunes”.

De ahí salía otra micronarrativa: gratificación instantánea contra gratificación tardía. Una parte enorme de mejorar tu vida consiste en dejar de organizar todas tus decisiones alrededor de lo que hace sentir mejor a tu yo de las próximas dos horas y empezar a preocuparte por la persona que tendrá que heredar esas decisiones mañana. Siempre me ha gustado imaginar a tu yo futuro casi como si fuese otra persona. Cada noche le entregas un paquete que contiene tu cuerpo, tu cuenta bancaria, tu trabajo, tus relaciones, tu reputación y las consecuencias acumuladas de todo lo que hiciste durante el día. Puedes entregarle una vida ligeramente mejor o puedes dejarle otro pequeño problema que tendrá que resolver. Entrenar hoy parece insignificante. Ahorrar hoy también. Trabajar una hora adicional en algo importante o resistir una distracción concreta parece una decisión microscópica. Pero otra versión de ti recibe mañana los resultados de esa decisión y vuelve a hacer lo mismo. Seis meses después estás viviendo dentro de la suma de cientos de elecciones que parecían demasiado pequeñas para importar en el momento en el que las tomaste.

Otra micronarrativa importante era la idea de dejar atrás una identidad anterior. Si quieres conseguir resultados radicalmente diferentes mientras proteges todos los comportamientos, creencias y hábitos que producen tu realidad actual, tienes un pequeño problema. No puedes seguir siendo exactamente la misma persona en todos los sentidos y esperar que el resultado sea completamente distinto. Esa tensión permitía hablar de disciplina, de entornos, de relaciones, de adicciones, de rutinas o de autoestima sin sentir que cada vídeo inauguraba una filosofía completamente nueva. Todos eran ramas del mismo árbol. Y esa es una de las mejores metáforas que conozco para entender cómo funciona una Narrativa: la idea central es el tronco, las micronarrativas son las ramas y cada pieza concreta de contenido es una hoja. Puedes tener miles de hojas diferentes sin dejar de reconocer el árbol al que pertenecen.

Para construir nuestra primera Narrativa necesitamos encontrar algunas piezas fundamentales, aunque no hace falta convertir esta parte del libro en una plantilla mecánica. La primera es una creencia central: algo importante que pensamos sobre el problema o la transformación de nuestro Avatar y que estamos dispuestos a defender durante suficiente tiempo. Muchas veces la encontramos preguntándonos qué cree actualmente el mercado que nosotros consideramos incompleto o equivocado. Quizá nuestro mercado piensa que necesita publicar más y nosotros creemos que en realidad necesita construir más asociaciones alrededor de menos ideas. Quizá piensa que necesita un millón de seguidores y nosotros creemos que una audiencia muchísimo más pequeña, pero compuesta por las personas correctas, puede construir un negocio extraordinario. Quizá piensa que necesita encontrar constantemente nuevos temas y nosotros creemos que la repetición estratégica es precisamente una de las cosas que construye una marca.

Después necesitamos tensión. Toda transformación interesante contiene alguna fuerza que intenta mantener al Avatar exactamente donde está. A veces podemos representar esa fuerza como un villano, pero no significa que necesitemos encontrar una persona para atacar. De hecho, suelo preferir lo contrario. Si construyes toda tu Narrativa alrededor de odiar a otro creador o empresa, terminas entregándole una parte bastante grande de tu identidad. Los villanos más potentes suelen ser patrones, sistemas, creencias o comportamientos: la gratificación instantánea, la resistencia, el contenido genérico, la obsesión con las métricas vanidosas, la idea de que una marca es una estética o el miedo a repetir algo porque ya lo dijiste hace seis meses. Definir contra qué luchas ayuda a aclarar qué defiendes.

También necesitamos comprender la transformación. Tu Avatar no está entrando en tu mundo únicamente para acumular información; quiere terminar en un lugar diferente del que ocupa ahora. La persona no quiere saber absolutamente todo sobre confianza, quiere sentirse confiada. No quiere doctorarse en pérdida de grasa, quiere estar orgullosa de su cuerpo. Un empresario no quiere convertirse en historiador de las marcas personales, quiere que su reputación genere oportunidades, clientes y una ventaja real dentro de su mercado. El conocimiento es uno de los mecanismos mediante los que puede acercarse a ese estado, pero no debemos confundir el mecanismo con el resultado. La Narrativa necesita mostrar repetidamente la distancia entre esas dos identidades: quién es ahora, qué le mantiene allí y qué tipo de persona tendría que convertirse para llegar al otro lado.

Y aquí aparece una distinción que afecta muchísimo al storytelling de una marca personal: tú no eres el héroe principal de la historia; tu Avatar lo es. Tu historia importa, evidentemente. Tus resultados, errores, experiencias y cicatrices son parte de aquello que hace que merezca la pena escucharte. Pero su función no debería ser únicamente conseguir que alguien piense “qué increíble es este tío”. Una historia propia se vuelve especialmente poderosa cuando el espectador puede utilizarla para interpretar la suya. Estuviste en un punto parecido, atravesaste un proceso, aprendiste algo y ahora puedes convertir esa experiencia en un mapa para alguien que todavía está recorriendo el camino. Tu dolor demuestra que conoces el punto de partida. Tus resultados pueden demostrar que has avanzado. Tu capacidad de explicar lo que ocurrió es lo que finalmente te convierte en guía.

No quiero que inventes ninguna de estas piezas porque has llegado a una página del GPS donde aparece una casilla llamada “villano”, “creencia contrarian” o “historia de origen”. La Narrativa no se fabrica como si estuviéramos construyendo un personaje para una serie de Netflix. Se extrae. Está dentro de las cosas que ya piensas, de las experiencias que te cambiaron, de aquello que te molesta de tu industria, de los errores que ves repetirse en clientes, de las frases que utilizas constantemente cuando enseñas y de las ideas que seguirías defendiendo aunque esta semana no generasen especialmente buenas visualizaciones. Daddy puede ayudarte a hacer preguntas sobre todo aquello, encontrar patrones y ordenar las respuestas, pero la materia prima tiene que tener relación con cómo interpretas realmente el mundo.

Cuando consigues construir una buena Narrativa ocurre algo extremadamente interesante: dejas de competir únicamente por ser la persona con la siguiente información novedosa. En prácticamente cualquier nicho llegará un momento en el que mil creadores sepan explicar las mismas herramientas, tácticas y conceptos. Si toda tu ventaja depende de saber una cosa que los demás todavía no saben, tienes una ventaja con fecha de caducidad. Una Narrativa te permite hablar sobre algo que cien personas ya han explicado y seguir siendo reconocible porque la persona no viene únicamente a buscar la información. Viene a buscar tu interpretación de esa información. Puede aprender productividad de muchísimas personas, pero quizá quiere aprender cómo encaja la productividad dentro de tu forma de entender identidad, ambición y resistencia. Puede aprender marca personal en quinientos canales, pero quiere saber cómo interpretas tú la relación entre asociaciones, negocio, narrativa y Creator Market Fit. La información puede convertirse en commodity. Tu manera de ordenar el mundo es bastante más difícil de copiar.

Branding — Decide qué quieres que tu Avatar piense de ti

A estas alturas no necesito volver a explicarte qué es una marca porque para eso hemos dedicado prácticamente todo el primer capítulo. Ya sabemos que una marca no es un logo, un color ni una tipografía. También sabemos que nosotros no podemos introducir directamente una percepción dentro de la cabeza de otra persona; solamente podemos controlar las señales y repetirlas durante suficiente tiempo para aumentar la probabilidad de que determinadas asociaciones aparezcan. Ahora, sin embargo, tenemos mucha más información que cuando presentamos aquella idea. Conocemos nuestra Oferta, tenemos una primera definición del Avatar y hemos empezado a construir la Narrativa mediante la que queremos que esa persona interprete su problema y su transformación. Podemos, por tanto, hacernos una pregunta mucho más concreta: ¿qué necesita terminar pensando mi Avatar sobre mí para que tenga sentido seguir consumiéndome, confiar en mí y, llegado el momento, comprarme?

No todas las asociaciones tienen el mismo valor. Puedes conseguir que cien mil personas sepan que siempre llevas camiseta negra, que eres gracioso, que tienes una casa espectacular o que editas los vídeos increíblemente bien. Todo eso puede convertirse en branding y algunas de esas asociaciones pueden incluso ayudarnos, pero no necesariamente resuelven el problema que tenemos delante. Estamos construyendo una marca para conseguir una posición específica dentro de un mercado concreto, así que necesitamos priorizar asociaciones que nos acerquen a ese objetivo. Si vendo un servicio high ticket de marca personal para empresarios, quizá necesito que el Avatar termine pensando cosas como “este tío entiende muchísimo de marcas personales”, “entiende negocio, no solamente contenido”, “tiene criterio”, “consigue resultados”, “puedo confiar en él” y “no va a convertirme en otro clon de LinkedIn”. Si vendo un producto de desarrollo personal bastante más accesible a chavales jóvenes, las asociaciones necesarias pueden ser completamente diferentes: “este tío me entiende”, “vive lo que enseña”, “cada vez que veo uno de sus vídeos aprendo algo”, “me motiva” y “quiero seguir viendo en qué persona se convierte”.

La palabra que estamos utilizando en ambos casos es Branding, pero el trabajo es completamente diferente porque la persona y la transacción son diferentes. Esa es precisamente la razón por la que hemos tardado dos capítulos y parte de un tercero en llegar hasta aquí antes de empezar a hablar de colores, sets o miniaturas. Si empezamos diseñando señales sin saber qué conclusión necesitamos provocar, estamos escogiendo inputs antes de decidir cuál debería ser el output. Ahora podemos recuperar la lógica del primer capítulo y convertirla en una herramienta extremadamente sencilla: asociación deseada → evidencia necesaria. Elegimos primero qué queremos que la persona piense y después hacemos ingeniería inversa preguntándonos qué tendría que observar una y otra vez para llegar por sí sola a esa conclusión.

Si quiero construir la asociación “este tío sabe muchísimo de esto”, escribir “experto en marca personal” dentro de mi biografía probablemente tenga una capacidad bastante limitada para conseguirlo. En cambio, puedo publicar análisis donde detecto cosas que la mayoría no ve, desarrollar frameworks útiles, explicar problemas complicados de forma sencilla, responder objeciones antes incluso de que aparezcan, enseñar casos reales y demostrar durante cientos de horas una profundidad consistentemente superior a la que el espectador esperaba encontrar. Ninguna de esas piezas necesita terminar diciendo “por cierto, recuerda que soy muy inteligente”. Si las señales son suficientemente fuertes, la conclusión ocurre en su cabeza, que es exactamente donde queríamos construirla.

Con Alekai esto empezó a hacerse muy evidente. Una de las asociaciones más importantes era progreso. No quería ser simplemente otra persona hablando sobre convertirse en tu mejor versión; quería que la persona pudiese ir a un vídeo antiguo, avanzar seis meses y observar que yo también me estaba moviendo. Un físico mejor, una comunicación mejor, más confianza, más conocimiento y resultados progresivamente mayores convertían mi propia vida en parte de la evidencia. Si quería representar transformación, no podía limitarme a explicar transformación. Tenía que existir un contraste visible entre distintas versiones de mí mismo. Eso colocaba una presión interesante sobre la marca porque me obligaba a recordar que el producto no era únicamente el contenido. Yo también tenía que convertirme progresivamente en alguien capaz de sostener las asociaciones que estaba intentando construir.

Otra asociación fundamental era “este tío me entiende”. Aquí Avatar, Narrativa y Branding empezaban a mezclarse de una forma bastante bonita. Cuando hablaba de esa sensación de estar a las dos de la mañana sabiendo que podrías estar haciendo muchísimo más con tu vida, no estaba intentando soltar una frase de motivación bonita. Estaba describiendo una experiencia que parte de mi audiencia conocía íntimamente. Cuando hablaba de resistencia, del ángel y el diablo, de gratificación inmediata o de desperdiciar tu potencial, el espectador encontraba partes de su propia vida dentro de las historias. Y cada vez que ocurría eso añadíamos un poco de evidencia alrededor de la misma conclusión: “este tío entiende cómo me siento”. Después de suficientes repeticiones, la conclusión deja de depender de una pieza individual y empieza a formar parte de la percepción general de la marca.

También quería construir una asociación alrededor de las epifanías. Mi obsesión era que prácticamente todos los vídeos contuviesen algún momento en el que el espectador sintiera que una idea que conocía acababa de reorganizarse dentro de su cabeza. No me interesaba únicamente que terminase diciendo “buen vídeo”; quería acercarme más a “joder, nunca lo había pensado así”. Esa decisión de Branding tenía una consecuencia operativa enorme porque afectaba al tipo de ideas que buscábamos, a las metáforas que construíamos, al nivel de profundidad de los argumentos y a la cantidad de veces que estábamos dispuestos a explicar una idea hasta encontrar un ángulo nuevo. Lo mismo ocurría con entretenimiento. Si quería que aprender sobre desarrollo personal no se sintiera como leer un manual universitario, necesitábamos historias, ritmo, ejemplos, humor y una forma de presentar la información que hiciese que recibir mucho valor requiriera relativamente poco esfuerzo por parte del espectador.

Así es como las asociaciones dejan de ser palabras bonitas y empiezan a introducir restricciones reales dentro del contenido. Si quiero construir “este tío tiene criterio propio”, no puedo pasar seis meses copiando exactamente las opiniones del creador de moda. Si quiero “puedo confiar en él”, necesito una relación coherente entre lo que digo y lo que hago, cumplir promesas y evitar determinadas decisiones que quizá producirían mucho dinero a corto plazo pero destruirían confianza. Si quiero “consigue resultados”, tendré que mostrar clientes, evidencia y trabajo, no únicamente fotografías delante de coches. El Branding funciona cuando las asociaciones que escogemos empiezan a exigir determinados comportamientos.

Y esto nos lleva a una parte que muchas personas olvidan: construir una marca significa también renunciar. Imagina que has pasado dos años intentando construir autoridad dentro de tu nicho y un día descubres que los vídeos atacando a otras personas multiplican tus visualizaciones por cuatro. Cada polémica funciona, cada clip agresivo recibe comentarios y cada vez que montas un pequeño drama el algoritmo parece recompensarte. La pregunta de contenido sería bastante sencilla: “¿funciona?”. La pregunta de Branding es diferente: “si esto funciona extraordinariamente bien durante los próximos dos años, ¿me gusta la posición hacia la que me está llevando?”. Porque quizá querías ser “el mejor estratega de marca personal para empresarios” y terminas siendo “el tío que siempre está metido en dramas”. Has conseguido atención, pero esa atención ha estado construyendo una asociación distinta de la que necesitabas.

Por eso dentro del MVGPS vamos a construir una diana de asociaciones. No quiero que pongas treinta, porque si intentas que una persona te asocie simultáneamente con treinta cosas ninguna tendrá suficiente repetición para hacerse especialmente fuerte. Tampoco quiero palabras corporativas que nadie utilizaría en una conversación. No escribas “autoridad”; escribe “este tío sabe de lo que habla”. No escribas “customer centricity”; escribe “parece que está dentro de mi puta cabeza”. No pongas “calidad”; pon “cada vídeo que saca merece la pena”. No escribas “generosidad”; escribe “no entiendo cómo da todo esto gratis”. Nuestro objetivo es representar la frase que realmente queremos escuchar saliendo de la boca del Avatar, porque estamos intentando construir una percepción humana, no completar una presentación.

Después hacemos ingeniería inversa para cada asociación. Preguntamos qué evidencia tendría que ver repetidamente para llegar a esa conclusión y qué tipo de comportamiento podría destruirla. “Este tío sabe de lo que habla” puede construirse mediante profundidad, resultados, frameworks, análisis y explicaciones excelentes, y puede destruirse opinando constantemente sobre cosas que no entendemos o copiando argumentos sin criterio. “Puedo confiar en él” puede construirse cumpliendo promesas, enseñando la realidad y manteniendo coherencia durante años, y puede destruirse con una mentira suficientemente grande. “Me entiende” puede reforzarse utilizando lenguaje extremadamente preciso y hablando de problemas que la audiencia realmente vive, y puede desaparecer si empezamos a convertirla en una caricatura de marketing. Cuando hacemos este ejercicio, Branding deja de ser una nube de conceptos y empieza a convertirse en una guía para tomar decisiones.

Más adelante profundizaremos muchísimo más en la identidad verbal, visual y sonora de una marca. Hablaremos de assets distintivos, colores, sets, miniaturas, ropa, música, edición, vocabulario y todos los pequeños detalles que pueden hacer que determinadas señales sean más consistentes y reconocibles. Pero fíjate en el orden. Primero decidimos qué queremos significar. Después decidimos qué tendría que ocurrir para demostrarlo. Solamente entonces empezamos a diseñar la forma visual o verbal mediante la que repetiremos esas señales. Si haces lo contrario puedes invertir una fortuna en construir la identidad más espectacular de tu industria y descubrir después que todo el mundo reconoce tus miniaturas, pero absolutamente nadie sabe por qué debería escogerte.

Formato — Cómo convertimos la estrategia en contenido

Llegados a este punto tenemos prácticamente todas las piezas estratégicas delante. Sabemos qué vendemos, a quién queremos atraer, hemos construido una primera hipótesis sobre las creencias que queremos reforzar mediante la Narrativa y hemos decidido qué asociaciones queremos que empiecen a aparecer alrededor de nuestro nombre. Todavía existe, sin embargo, un problema bastante importante: ninguna de esas cosas puede conseguir una visualización, un cliente o una asociación mientras siga viviendo dentro de un documento. Necesitamos convertir el GPS en piezas de contenido que alguien pueda encontrarse en YouTube, Instagram o cualquier plataforma que estemos utilizando. Ahí entra la cuarta pieza: Formato.

Un Formato es simplemente un molde repetible dentro del que podemos colocar diferentes ideas. No es un tema. Desarrollo personal es un tema. Marca personal es un tema. Inteligencia artificial, fitness o adquisición son temas. Un vídeo de diez minutos hablando directamente a cámara, construido alrededor de un problema específico y diseñado para producir una única epifanía, en cambio, sí es un formato. Un teardown de veinte minutos donde analizamos la estrategia de una marca conocida siguiendo siempre una estructura parecida es un formato. Una guía larga de una hora que empieza con un resultado deseado, desmonta las barreras que impiden conseguirlo y termina enseñando un sistema completo es un formato. Nosotros llamamos a estos moldes buckets, y encontrar los buckets correctos es lo que empieza a convertir el contenido en un sistema repetible en lugar de una sucesión infinita de proyectos distintos.

La ventaja principal de un bucket es que elimina decisiones que no necesitamos volver a tomar cada semana. Imagina un equipo que se reúne cada lunes y empieza completamente de cero. ¿Qué publicamos? ¿Un podcast? ¿Un documental? ¿Una entrevista? ¿Un vlog? ¿Un talking head? ¿Cuánto debería durar? ¿Necesita B-roll? ¿Qué tipo de thumbnail? ¿Es educativo, entretenido, inspiracional o comercial? ¿Quién debería editarlo? ¿Cuánto podemos gastar? Cada semana estás utilizando una parte enorme de tu capacidad creativa para volver a diseñar la fábrica en lugar de fabricar algo mejor. Cuando existe un formato, muchas de esas decisiones ya están tomadas. Conocemos aproximadamente su duración, su estructura, qué clase de idea encaja dentro, el nivel de producción, la función que cumple y el tipo de packaging que suele funcionar. El equipo puede entonces utilizar mucha más energía en encontrar y ejecutar grandes ideas.

En Alekai, por ejemplo, teníamos formatos con trabajos bastante diferentes. Uno de ellos eran los talking heads, piezas relativamente directas construidas alrededor de un problema concreto. Podíamos encontrar un dolor o deseo del Avatar, convertirlo en un título con suficiente capacidad para conseguir el clic y después utilizar ocho o diez minutos para cambiar la forma en la que la persona veía ese problema. Eran relativamente rápidos de producir y podían tener muchísimo reach porque cada vídeo se apoyaba en una pregunta o frustración que alguien podía entender aunque todavía no tuviese una relación especialmente fuerte conmigo.

Después estaban las guías largas, donde el trabajo era muy diferente. En lugar de resolver una pequeña parte de un problema podía dedicar cuarenta minutos, una hora o incluso más a construir una transformación completa. Allí había espacio para explicar el contexto, desmontar creencias, contar historias, introducir micronarrativas, enseñar frameworks, anticipar objeciones y demostrar muchísimo más conocimiento. También eran un lugar natural para conectar determinadas ideas con nuestros productos cuando realmente tenía sentido, porque después de una hora resolviendo parte de un problema la oferta podía aparecer como una continuación de la conversación y no como un anuncio que había aterrizado de repente desde otro planeta. Una persona que veía una de esas guías pasaba muchísimo más tiempo dentro del mundo de Alekai, lo que significaba más oportunidades para construir confianza, Narrativa y asociaciones.

También teníamos formatos más ligeros como las tier lists, donde podía ordenar hábitos, libros, habilidades o cualquier otro elemento relevante para el Avatar. Parecen más simples, pero cumplían un trabajo especialmente interesante: demostrar criterio. La autoridad no se construye únicamente impartiendo clases extremadamente profundas. También se construye tomando decisiones y explicando por qué. Cuando coloco una cosa en S y otra en D, estás viendo cuáles son mis estándares, qué priorizo, qué considero una pérdida de tiempo y cómo evalúo diferentes opciones. El consumo se siente más cercano a una conversación que a una clase y, al mismo tiempo, el espectador sigue acumulando información sobre cómo pienso.

Una de las maneras más útiles de diseñar nuestros buckets es entender qué parte del recorrido del cliente intenta mover cada uno. En términos muy sencillos podemos pensar en Top of Funnel, Middle of Funnel y Bottom of Funnel. El Top of Funnel tiene como trabajo principal conseguir que personas nuevas entren en nuestro mundo. Aquí necesitamos ideas que tengan suficiente amplitud dentro de nuestro Avatar, packaging especialmente fuerte y contenido que pueda resultar interesante incluso para alguien que todavía no sabe quiénes somos y, por tanto, no nos concede ninguna confianza previa. Un desconocido no hará clic porque nos quiera. Todavía no nos quiere. Necesitamos ganarnos el primer minuto de atención utilizando un problema, un deseo o una curiosidad que ya exista dentro de él.

El Middle of Funnel empieza cuando la persona ya sabe aproximadamente quiénes somos. Quizá ha visto dos vídeos, quizá nos sigue desde hace varias semanas o quizá simplemente reconoce nuestra cara cuando vuelve a aparecer en la home. Ahora el trabajo cambia. Queremos pasar de “he visto alguna vez a este tío” a “este tío sabe muchísimo sobre esto”. Aquí podemos ir más profundo, utilizar frameworks propios, explicar mejor la Narrativa, resolver problemas más sofisticados y darle a la persona suficiente tiempo con nosotros para construir una opinión más completa. Si el Top of Funnel abre la puerta, el Middle of Funnel consigue que alguien decida quedarse dentro de la casa un rato.

Finalmente existe contenido más cercano al Bottom of Funnel. Aquí estamos mucho más cerca del negocio y no necesitamos necesariamente maximizar visualizaciones. Lo que necesitamos es que la persona adecuada vea evidencia suficiente como para pensar que somos una de las mejores opciones para resolver el problema que tiene. Aparecen testimonios, casos de estudio, breakdowns de resultados, explicaciones de nuestro proceso y piezas donde demostramos nuestra capacidad de conseguir aquello que vendemos. Un caso de estudio puede conseguir una décima parte de las views de un contenido de captación y generar veinte veces más oportunidades comerciales. Decir que “funcionó peor” porque tuvo menos views sería como despedir al portero de un equipo porque ha marcado menos goles que el delantero. Estábamos midiendo a una persona utilizando la descripción de trabajo de otra.

En mi marca actual, por ejemplo, uno de los formatos que utilizo son los teardowns. Cojo una marca personal conocida y la desmonto delante de la audiencia: analizo el posicionamiento, el contenido, la Narrativa, el Branding, las decisiones que considero especialmente buenas y aquellas que probablemente cambiaría. El formato tiene una propiedad interesante porque puede utilizar el interés que ya existe alrededor de otra persona para conseguir la entrada. Si analizo una marca enorme, una parte de los espectadores hará clic porque reconoce a la persona de la miniatura; es una forma de trend jacking. Pero mientras cree que está entrando para aprender algo sobre otro creador, está ocurriendo una segunda cosa. Me está viendo trabajar. Puede observar qué variables detecto, qué preguntas hago, qué conexiones veo y qué nivel de profundidad soy capaz de extraer de algo que quizá él llevaba años viendo sin pensar demasiado. La celebridad puede conseguir parte del clic. Mi análisis tiene que construir la autoridad.

Después puedo producir contenidos centrados específicamente en problemas de mi cliente ideal. Quizá hablo de por qué una marca consigue millones de visualizaciones sin generar leads, de cómo diseñar un canal alrededor de una oferta, de por qué determinadas ideas atraen una audiencia equivocada o de cómo construir asociaciones que reduzcan objeciones comerciales. Esas piezas quizá tengan menos capacidad para viajar que analizar al creador más famoso de la semana, pero están muchísimo más cerca de la persona que quiero como cliente. Me permiten demostrar frameworks, profundidad y una comprensión del negocio que un teardown puramente entretenido quizá no enseñaría con la misma claridad. Cada contenido añade entonces un poco más de evidencia alrededor de la asociación “este tío sabe muchísimo de esto”.

Finalmente puedo enseñar testimonios y casos de clientes. Ahí ya no necesito convencer únicamente mediante mis opiniones; puedo demostrar qué hicimos y qué ocurrió. Presentamos el punto de partida de un cliente, el problema, las decisiones que tomamos, el razonamiento que existía detrás y los resultados que aparecieron. Los mejores casos consiguen algo más que enseñar un número bonito: permiten que el prospecto se reconozca dentro de la historia. Si simplemente ve a una empresa completamente diferente a la suya consiguiendo un resultado, puede pensar “bien por ellos”. Si ve a una persona que tenía problemas, restricciones y dudas parecidas a las suyas atravesando un proceso que entiende y llegando a un lugar que desea, el caso empieza a funcionar como un espejo. Ya no está evaluando únicamente el resultado del cliente. Está imaginando su propio recorrido.

Cuanto más claro tenemos Avatar, Narrativa y Branding, más fácil resulta diseñar estos formatos porque dejamos de preguntarnos de forma aislada “¿qué está funcionando ahora en YouTube?”. Esa pregunta no es inútil, evidentemente; las plataformas tienen dinámicas propias y necesitamos comprenderlas. Pero no debería ser la primera pregunta. La pregunta estratégica es: ¿qué formato puedo producir repetidamente que mi Avatar quiera consumir, que me permita expresar nuestra Narrativa, que construya las asociaciones que necesitamos y que, dentro del portfolio completo, ayude al negocio que existe detrás?. De repente tenemos muchas más restricciones y, paradójicamente, eso hace que ser creativo resulte mucho más fácil.

Hay además una palabra especialmente importante dentro de esa definición: repetidamente. Un formato solamente se convierte en una verdadera pieza del sistema cuando somos capaces de producirlo suficientes veces como para aprender. Puedes diseñar el vídeo perfecto que necesita tres semanas de rodaje, cuarenta personas, diez localizaciones y cincuenta mil euros por episodio, pero si tienes cuatro empleados, una empresa que dirigir y diez mil euros mensuales para todo el equipo de contenido, no acabas de diseñar una estrategia; has diseñado una fantasía. El mejor formato no es necesariamente la pieza más increíble que serías capaz de producir una vez. Es la pieza que alcanza suficiente calidad como para competir por atención y, al mismo tiempo, puede sostenerse durante suficiente tiempo como para convertirse en parte de la identidad del canal.

Esto implica que tú también formas parte de las restricciones. Puede que seas espectacular hablando directamente a cámara y seas capaz de producir una cantidad enorme de valor sin necesitar una edición especialmente compleja. Perfecto. No tienes ninguna obligación de convertir cada contenido en Netflix porque un experto haya dicho que necesitas cambiar de plano cada cuatro segundos. Puede que ocurra lo contrario: quizá eres extremadamente bueno construyendo documentales, disfrutando del proceso visual y contando historias, pero cada vez que te sientas delante de una cámara para explicar un framework sientes cómo abandonan tu cuerpo las ganas de seguir existiendo. También es información. Necesitamos encontrar la intersección entre aquello que nuestro Avatar quiere consumir y aquello que nosotros podemos ejecutar con suficiente calidad y consistencia. Dentro de nuestro sistema suelo pensar el orden de una forma sencilla: primero encontramos algo que tú puedes hacer, después conseguimos que el Avatar quiera verlo y, finalmente, optimizamos nuestra habilidad para entregárselo dentro de la plataforma.

Para construir el MVGPS tampoco quiero que diseñemos una televisión entera. No necesitamos siete series, tres podcasts, cuatro newsletters y un documental cada miércoles. Necesitamos un sistema mínimo que pueda acumular suficientes repeticiones como para producir aprendizaje. Empezaría buscando un formato pilar, la pieza donde vive mejor tu autoridad y donde una persona puede comprender con más claridad qué sabes y cómo piensas. Si existe un negocio high ticket detrás, debería ser probablemente uno de los formatos que más ayuda a preparar a una persona para confiar en ti. En Alekai las guías largas cumplían una parte importante de esa función. En mi marca actual determinados contenidos largos de análisis y educación hacen algo parecido. Después podemos añadir uno o dos formatos secundarios, quizá uno con mayor capacidad para atraer personas nuevas y otro especialmente útil para demostrar prueba y resultados.

El sistema inicial podría ser algo tan sencillo como tres buckets. Un Bucket de captación, pensado para llegar a personas nuevas utilizando ideas relativamente amplias y packaging fuerte. Un Bucket de nutrición, más profundo, diseñado para construir autoridad, Narrativa y confianza. Y un Bucket de conversión, basado especialmente en evidencia, clientes, casos o resultados que demuestren que somos capaces de producir aquello que vendemos. Quizá tu estrategia solamente necesita dos. Quizá necesita tres. Quizá dentro de dos años tienes seis porque has descubierto nuevas formas de servir funciones diferentes. No importa. Ahora mismo nuestro objetivo no es construir el portfolio definitivo de contenido. Es escoger suficientes formatos como para publicar durante un periodo razonable sin volver a reinventar la estrategia después de cada vídeo.

Y aquí hay una ventaja enorme que muchas veces solamente aparece después de suficiente repetición. Cuando produces veinte o treinta iteraciones del mismo formato empiezas a aprender qué partes funcionan realmente. Qué tipo de idea encaja. Qué títulos consiguen mejores clics. Qué miniaturas prometen algo que la audiencia entiende rápido. Qué estructura mantiene mejor la atención. En qué minuto la gente suele abandonar. Qué nivel de edición aporta realmente y qué parte solamente está quemando horas del equipo. Con dos vídeos de diez formatos diferentes tienes muy pocos datos comparables. Con treinta vídeos dentro del mismo bucket empiezas a ver patrones. La repetición que al principio parecía una limitación se convierte entonces en la cosa que más acelera nuestra capacidad de mejorar.

El MVGPS empieza a conducir

Llegados a este punto ya tenemos todo lo necesario para construir nuestra primera versión. No tenemos la estrategia definitiva, no conocemos perfectamente al Avatar, nuestra Narrativa todavía evolucionará, habrá asociaciones que el mercado no interpretará exactamente como esperamos y es muy probable que alguno de nuestros primeros formatos termine desapareciendo. Eso no significa que el GPS sea malo. Significa que estamos utilizando un GPS para lo que sirve: orientarnos utilizando la mejor información disponible y corregir la ruta a medida que recibimos nueva información.

La primera versión debería ser relativamente pequeña. Necesito que tengas clara la oferta que existe detrás y el resultado que produce. Necesito una descripción del Avatar suficientemente precisa como para poder reconocer sus principales problemas, deseos, creencias y lenguaje. Necesito una Narrativa inicial que explique qué forma de ver el problema quieres enseñar, cuál es la transformación, qué creencias quieres repetir y qué historias o micronarrativas pueden empezar a sostener ese mundo. Necesito una diana pequeña de asociaciones de Branding escrita como conclusiones reales que quieres provocar dentro de la cabeza del Avatar, junto con la evidencia que las construiría. Y necesito uno, dos o tres buckets que conviertan todo lo anterior en contenido repetible con trabajos suficientemente distintos dentro del recorrido.

Ahora imagina la diferencia que esto produce dentro de una reunión de contenido. Alguien propone hacer un vídeo sobre “las diez herramientas de inteligencia artificial más impresionantes de 2027” porque parece un tema con muchísimo potencial de visualizaciones. Antes quizá la conversación terminaba allí: “puede hacerse viral, hagámoslo”. Ahora podemos pasar la idea por el GPS. ¿Nuestro Avatar tiene algún interés real en ese problema? ¿Existe un ángulo que refuerce nuestra Narrativa? ¿El vídeo nos permite construir alguna asociación que queremos? ¿Encaja dentro de un bucket que sabemos producir y tiene alguna función dentro del negocio? Puede que la respuesta sea sí y descubramos una idea espectacular. Puede que la respuesta sea no y estemos delante de un vídeo capaz de conseguir un millón de visualizaciones que no queremos. Ambas respuestas son útiles porque un GPS no solamente existe para decirte qué caminos tomar. Su mayor valor muchas veces está en conseguir que ignores miles de carreteras que parecen interesantes pero no llevan hacia tu destino.

Daddy entra en este punto como herramienta para ayudarnos a organizar y utilizar todo aquello, no como sustituto del proceso. Puede hacernos mejores preguntas, ayudarnos a transformar conversaciones con clientes en patrones, encontrar contradicciones entre nuestra Narrativa y el contenido, revisar una idea utilizando el Avatar como contexto o detectar que estamos intentando construir una asociación mientras alguna decisión está enviando exactamente la señal opuesta. Cuanta más información real consigamos introducir dentro del sistema, más útil puede volverse. Pero la misma regla que se aplica a prácticamente cualquier sistema de información sigue siendo válida: si metes mierda, obtienes mierda. Una inteligencia artificial puede producir una respuesta increíblemente sofisticada sobre un Avatar que te has inventado y seguirá siendo una respuesta sofisticada sobre una persona que quizá no existe.

Por eso quiero que a partir de ahora veas el GPS menos como un documento que terminamos y más como un sistema vivo de market intelligence. Una llamada de ventas puede modificar el Avatar. Un patrón inesperado dentro de comentarios puede producir una nueva micronarrativa. Un vídeo puede demostrar que una creencia que considerábamos central apenas genera reacción. Un cliente puede decir una frase que se convierte en la mejor explicación que hemos escuchado sobre su dolor de fondo. Un formato puede fracasar en captación y descubrir que, curiosamente, las pocas personas que lo ven terminan comprando. Un testimonio puede conseguir apenas cinco mil visualizaciones y aparecer mencionado en la mitad de las llamadas de venta del mes siguiente. Cada uno de esos acontecimientos está enseñándonos algo sobre el territorio.

Y eso nos devuelve exactamente al Creator Market Fit. En el capítulo anterior vimos que al principio existe una distancia entre cómo nosotros creemos que funciona el mercado y cómo funciona realmente. El trabajo de los próximos meses y años consiste en reducir esa distancia. Publicamos, medimos, escuchamos, vendemos, preguntamos y corregimos. Quizá descubrimos que el dolor que pensábamos que era más importante para nuestro Avatar es relativamente secundario y otro aparece una y otra vez. Modificamos el GPS. Quizá una micronarrativa que apenas habíamos desarrollado se convierte en la idea que más repite nuestra comunidad. Modificamos el GPS. Quizá queríamos construir una asociación de entretenimiento y el mercado empieza a valorar muchísimo más nuestra profundidad. Lo estudiamos y modificamos el GPS. Quizá un bucket que debería atraer termina siendo extraordinariamente bueno nutriendo. No necesitamos fingir que nuestra primera intención era correcta; podemos cambiar el trabajo que le asignamos.

La metáfora funciona bastante bien si piensas en cómo utilizas un GPS de verdad. Imagínate que estás conduciendo hacia una ciudad que no conoces y descubres que una carretera está cortada. No apagas el coche, tiras el móvil por la ventanilla y decides que los mapas son una estafa. El sistema recalcula utilizando la nueva información disponible. Nuestro MVGPS debería comportarse exactamente así. La primera ruta no tiene que ser perfecta. Necesita ser suficientemente buena como para que empecemos a movernos y suficientemente flexible como para que, cuando descubramos una carretera mejor, no tengamos ningún problema en cambiar de dirección.

La Oferta nos dice hacia dónde queremos ir. El Avatar nos dice a quién queremos llevar. La Narrativa define qué queremos que esa persona termine creyendo sobre el problema, el mundo y su transformación. El Branding define qué queremos que termine pensando sobre nosotros. El Formato convierte todas esas decisiones en piezas que finalmente puede consumir. En ese momento el GPS deja de existir solamente dentro de un documento y empieza a aparecer delante de personas reales. Un título empieza a probar nuestra comprensión del Avatar. Una historia empieza a probar la Narrativa. Un caso empieza a construir una asociación. Un bucket empieza a competir por atención. Y cada respuesta del mercado nos entrega una pequeña cantidad de información que podemos incorporar a la siguiente versión.

Ese es el trabajo que quiero que haga tu MVGPS. No quiero que te proteja de estar equivocado, porque ninguna estrategia puede hacerlo. Quiero que consiga que dejes de moverte al azar y, sobre todo, que cada vez que la realidad te demuestre que estabas equivocado sepas exactamente qué parte de tu mapa necesita cambiar. Porque el Creator Market Fit no aparece el día que escribes un documento especialmente inteligente. Aparece después de suficientes ciclos de construir, publicar, escuchar y refinar hasta que las cuatro piezas empiezan a alinearse de verdad con el mercado.

Ahora tenemos nuestro primer mapa.

Es hora de conducir.

CAPÍTULO 4

Troyano

Si has llegado hasta aquí y has hecho realmente el trabajo de los tres primeros capítulos, estás bastante más avanzado de lo que probablemente piensas. La mayoría de personas que intenta construir una marca personal empieza directamente por la parte visible: publica vídeos, copia formatos, cambia miniaturas, prueba hooks, se compra una cámara mejor y pasa meses intentando conseguir más visualizaciones sin haber decidido nunca qué está intentando construir dentro de la cabeza de la persona que existe al otro lado de la pantalla. Tú ya no estás ahí. A estas alturas deberías entender que una marca personal no es tu contenido, tu logo ni tu estética, sino el conjunto de asociaciones que el mercado ha construido alrededor de ti. También deberías comprender la diferencia entre brand y branding: nosotros no podemos controlar directamente lo que una persona piensa sobre nosotros, pero sí podemos ser extremadamente intencionales con los inputs que enviamos para aumentar la probabilidad de provocar el output que buscamos.

También sabes que construir una marca conocida no es suficiente. Si estamos utilizando esa marca para hacer crecer un negocio necesitamos encontrar Creator Market Fit: conseguir que aquello que publicamos encaje profundamente con la persona a la que queremos atraer y que, además, esa persona tenga sentido para la oferta que existe detrás. Por eso no empezamos este libro preguntándonos qué vídeo hacer. Empezamos desde el negocio, encontramos al Avatar, construimos una primera Narrativa, definimos las asociaciones que queremos provocar mediante el Branding y decidimos qué tipo de Formatos pueden servir mejor a todo el sistema. Todo eso debería existir ya dentro de tu primera versión del GPS. Daddy debería haberte ayudado a interrogar tus ideas, ordenar la información, detectar contradicciones y convertir lo que sabes hoy sobre tu mercado en una primera hipótesis suficientemente clara como para trabajar con ella.

Y aquí llegamos a un punto bastante importante, porque a partir de ahora cambia completamente la naturaleza del libro. Hasta este momento hemos estado construyendo lo que podríamos llamar el alma de la marca. Hemos decidido qué queremos significar, para quién queremos significarlo y qué mundo queremos construir alrededor de nuestro nombre. Pero una marca con un alma extraordinaria y contenido mediocre sigue teniendo un problema bastante serio: nadie va a quedarse suficiente tiempo como para descubrirla. Necesitamos ahora construir la máquina que va a transportar todas esas ideas hacia el mercado. Necesitamos aprender a encontrar ideas que merezcan la pena, empaquetarlas para conseguir que alguien entre, escribir vídeos capaces de mantener la atención, comunicar bien delante de una cámara, editar de una forma que mejore la experiencia y publicar cada pieza correctamente. En otras palabras, ya tenemos una dirección estratégica. Ahora necesitamos construir el know-how y los sistemas que nos permitan convertir esa dirección en contenido excelente una y otra vez.

La forma en la que más me gusta empezar este proceso con nuestros clientes no es enseñándoles durante semanas todos los sistemas por separado y esperando que algún día consigan conectarlos. Prefiero hacer exactamente lo contrario. Escogemos primero una pieza suficientemente importante como para obligarnos a atravesar el proceso completo y aprendemos cada habilidad mientras la necesitamos. De esta forma la teoría siempre aparece pegada a un problema real. No aprendemos ideación porque exista un curso de ideación; la aprendemos porque necesitamos encontrar una idea extraordinaria para un vídeo que vamos a publicar. No aprendemos scripting porque escribir guiones sea intelectualmente interesante; lo hacemos porque tenemos una idea que necesita sobrevivir veinte o treinta minutos sin perder a la audiencia. No estudiamos packaging en abstracto; necesitamos conseguir que alguien haga clic en la pieza en la que acabamos de invertir una cantidad absurda de trabajo.

Esa primera pieza es el Troyano.

El Troyano es lo que nosotros llamamos un VSL oculto, un vídeo de ventas empaquetado como un vídeo de valor. Es una pieza construida deliberadamente para ayudar a vender aquello que existe detrás de tu marca, pero cuya experiencia principal para el espectador sigue siendo la de consumir contenido útil. La persona no entra porque quiera escuchar un pitch de media hora sobre tu producto. Entra porque existe un problema, una promesa, una historia o una idea que le importa. Nuestro trabajo consiste en conseguir que durante el vídeo reciba suficiente valor como para que verlo haya merecido la pena independientemente de que compre o no, mientras al mismo tiempo utilizamos esa atención para desplegar la Narrativa que acabamos de construir dentro del GPS.

Esto último es precisamente lo que hace que el Troyano sea tan interesante en este momento del libro. Hasta ahora nuestra Narrativa sigue viviendo principalmente dentro de un documento. Podemos haber definido cuál es la creencia central, qué villano existe, qué transformación queremos representar, qué objeciones tiene nuestro Avatar y qué cosas debería empezar a pensar para avanzar. Todo eso puede sonar fantástico dentro del GPS, pero todavía falta hacer una cosa bastante importante: decirlo en voz alta delante de una persona y conseguir que tenga sentido. El Troyano nos obliga a coger ese conjunto de ideas y convertirlo en una única conversación. Tenemos que contar nuestra historia cuando sea relevante, explicar cómo vemos el problema, introducir nuestro villano, demostrar por qué determinadas alternativas no funcionan, romper las principales objeciones y presentar una nueva forma de interpretar la situación que conduzca de forma natural hacia aquello que vendemos.

En ese sentido, un buen Troyano contiene una versión bastante concentrada de la filosofía del canal. No significa que tenga que meter literalmente cada frase de tu Narrativa o intentar resolver absolutamente todos los problemas de tu Avatar dentro de una sola pieza. Significa que debería existir suficiente ADN de la marca como para que alguien que lo vea comprenda bastante bien quién eres, cómo piensas, qué defiendes, contra qué luchas y por qué tu solución tiene sentido dentro de esa manera de ver el mundo. Si el GPS es el mapa estratégico de la marca, el Troyano es una de las primeras ocasiones en las que convertimos ese mapa en algo que una persona real puede experimentar.

El nombre viene, evidentemente, del caballo de Troya. Según la historia, los griegos consiguieron entrar en la ciudad después de años de guerra utilizando un enorme caballo de madera que los troyanos introdujeron dentro de sus propias murallas sin saber que escondía soldados en su interior. Nuestra intención no es engañar a nadie, pero la metáfora describe bastante bien la arquitectura de la pieza. Por fuera hay un vídeo que la persona quiere consumir porque resuelve un problema o entrega algo que considera valioso. Por dentro existe un mecanismo comercial. Mientras enseñamos, estamos modificando creencias. Mientras contamos historias, estamos construyendo conexión. Mientras explicamos el problema, estamos atacando objeciones. Mientras mostramos una solución, estamos aumentando la probabilidad de que la oferta que existe detrás termine pareciendo una consecuencia lógica de aquello que el espectador acaba de aprender.

Por eso prefiero hablar de un vídeo de ventas integrado dentro de un vídeo de valor y no de un anuncio camuflado. Si una persona siente que le hemos prometido una cosa para después encerrarla durante cuarenta minutos en una presentación sobre nosotros, hemos construido un Troyano bastante malo. El contenido tiene que funcionar como contenido. La mejor versión de esta pieza consigue que una persona pueda verla, decidir no comprar absolutamente nada y seguir pensando que ha recibido muchísimo más valor del que esperaba cuando hizo clic. La venta ocurre debajo porque la educación está organizada de una forma que permite comprender mejor el problema, cuestionar soluciones anteriores, aceptar determinadas creencias y descubrir por qué aquello que ofrecemos puede tener sentido.

Además, existe una ventaja bastante evidente: un buen VSL oculto puede facturar. Si ya tienes una audiencia, aunque sea relativamente pequeña, probablemente existen personas que llevan semanas o meses consumiendo tu contenido, tienen el problema que resuelves y todavía no han entendido exactamente por qué deberían dar el siguiente paso contigo. Una pieza que consiga ordenar correctamente tu Narrativa, responder las objeciones que ya viven dentro de su cabeza y presentar la oferta en el momento adecuado puede convertir una parte de esa atención existente en clientes con bastante rapidez. No quiero que interpretes esto como una promesa de que nuestro primer Troyano será una máquina perfecta de imprimir dinero; de hecho, lo normal es que dentro de unos meses veas esta primera versión y encuentres cincuenta cosas que harías mejor. Pero incluso una primera pieza imperfecta puede empezar a producir resultados mientras nosotros aprendemos a construir una versión muchísimo más sofisticada.

Aquí aparece la segunda razón por la que quiero empezar por el Troyano. Para crearlo tienes que atravesar prácticamente todo el proceso de producción de contenido de principio a fin. Necesitas encontrar una idea, construir el packaging, escribir el vídeo, grabarlo, editarlo y finalmente subirlo. Ahora mismo probablemente no tienes un sistema excelente para todas esas cosas. Perfecto. Ese es exactamente el objetivo. En lugar de esconder las carencias durante otros diez capítulos, vamos a encontrarlas todas intentando construir una pieza real y después iremos instalando, una por una, las herramientas necesarias para resolverlas. Cuando termines el proceso no solamente tendrás un Troyano publicado; habrás construido la primera versión de la maquinaria que utilizarás para todo lo que venga después.

El centro de la telaraña

El Troyano tampoco existe aislado. Es la primera pieza de una estructura más grande que me gusta visualizar como una telaraña de contenido. Imagina el Troyano colocado aproximadamente en el centro. Alrededor empezamos a construir distintas piezas que cumplen funciones específicas dentro de la relación con el Avatar. Algunas tienen muchísimo más potencial de alcance y existen principalmente para conseguir que personas nuevas entren en nuestro mundo. Otras atacan objeciones concretas que sabemos que frenan al cliente. Algunas profundizan en partes de la Narrativa que no podríamos desarrollar suficientemente dentro de una única pieza. Otras sirven para generar conexión emocional, enseñar casos, demostrar criterio o ayudar a que alguien comprenda una parte específica del problema.

Cada vídeo puede hacer varias cosas simultáneamente, evidentemente, pero queremos que tenga una función dominante. No necesitamos exigir a cada pieza que atraiga a millones de desconocidos, explique toda nuestra filosofía, demuestre resultados, cree una relación emocional y cierre una venta en doce minutos. Podemos repartir ese trabajo por toda la telaraña. Una persona puede descubrirnos gracias a un vídeo muy amplio, después consumir otro que ataca exactamente la frustración que está viviendo, encontrarse con un caso de estudio, escuchar una historia que construye conexión y terminar llegando al Troyano cuando ya posee suficiente contexto como para aprovechar mucho más la pieza.

Así dejamos de pensar en el contenido como publicaciones independientes y empezamos a construir un sistema. Una pieza conduce hacia otra. Una idea abre una pregunta que otra resuelve. Una objeción aparece en un comentario y termina convirtiéndose en un nuevo vídeo. Determinados contenidos atraen y otros profundizan. Poco a poco el canal empieza a parecer menos una colección desordenada de cosas que nos apetecía publicar esa semana y más un universo dentro del que el Avatar puede entrar cada vez más profundamente.

Durante esta primera fase vamos a construir una telaraña relativamente pequeña. Piensa en aproximadamente quince vídeos, empezando por el Troyano. No porque quince tenga ningún poder matemático secreto, sino porque necesitamos suficientes repeticiones como para empezar a encontrar patrones sin convertir esta primera prueba en un proyecto eterno. Esos quince contenidos pueden producir negocio, y si tienes ya suficiente distribución es perfectamente posible que una primera telaraña bien ejecutada genere decenas de miles de euros adicionales. Pero quiero que midas esta fase utilizando una vara todavía más importante que la facturación. Su función principal es construir tu primera máquina de contenido y producir suficientes datos como para empezar a distinguir lo que imaginabas del mercado de lo que el mercado está enseñándote realmente.

Porque ahora mismo casi todo sigue siendo V1. Tu Avatar es V1. La Narrativa es V1. Las asociaciones de Branding son V1. Los Formatos son V1. Tus habilidades creando contenido también son V1. Sería completamente absurdo esperar que los primeros quince vídeos parezcan el trabajo de un equipo que lleva cinco años iterando. De hecho, espero que dentro de unos meses vuelvas a ellos y te produzcan una mezcla entre vergüenza y ternura. Verás hooks lentos, explicaciones que hoy cortarías por la mitad, miniaturas que ahora no publicarías, momentos donde todavía no sabías comunicar con naturalidad y decisiones de edición que probablemente te harán preguntarte qué coño estabas pensando.

Perfecto.

Eso significará que has mejorado.

La función de esta primera telaraña no es demostrar que ya eres extraordinario creando contenido. Es conseguir las repeticiones que algún día te permitirán serlo. Queremos publicar, observar, corregir y volver a publicar. Necesitamos datos. Necesitamos errores. Necesitamos vídeos que funcionen bastante mejor de lo que esperábamos y otros que mueran sin que nadie parezca especialmente preocupado por ello. Cada uno contiene información. Lo que no podemos hacer es quedarnos durante seis meses perfeccionando en privado nuestras ideas sobre qué debería funcionar sin permitir que el mercado vote.

Por eso quiero quitarte una parte bastante grande de la presión antes de entrar en todo lo técnico. Los siguientes vídeos no necesitan demostrar tu valor como ser humano ni decidir si tienes talento para crear una marca personal. Son experimentos construidos encima de una hipótesis. Evidentemente vamos a intentar que sean excelentes y vamos a trabajar muchísimo para mejorar cada uno, pero no debemos convertir la excelencia en una condición previa para publicar. Nuestro objetivo es que la curva vaya hacia arriba. Esta primera telaraña construye la fábrica. La siguiente debería utilizar una fábrica mejor. Y la siguiente tendrá además un GPS alimentado por muchísima más realidad.

Para conseguirlo tenemos que entender, primero, qué ocurre realmente detrás de un vídeo.

Ideación

Todo empieza con la ideación, porque antes de preguntarnos cómo vamos a explicar algo tenemos que decidir qué merece la pena explicar. Esta es una de las partes donde más tiempo desperdician los creadores porque intentan inventar cada semana una gran idea exclusivamente desde su propia cabeza. Nosotros vamos a utilizar una fuente de información muchísimo más interesante: el propio mercado. Una de las principales herramientas de Espresso es la minería de outliers. Buscamos contenidos cuyas visualizaciones están muy por encima de la mediana habitual del canal que los publicó, porque esa desviación nos indica que existe algo dentro de esa pieza —la idea, la promesa, el ángulo, el packaging o una combinación de ellos— que consiguió una respuesta extraordinaria.

No minamos outliers para copiar vídeos. Los utilizamos como materia prima. Analizamos suficientes ejemplos como para empezar a encontrar patrones y después cruzamos esos patrones con nuestro propio GPS. Queremos encontrar el punto donde una idea que ha demostrado capacidad para generar atención encaja también con nuestro Avatar, nuestra Narrativa y aquello que nosotros podemos aportar. En esta primera fase vas a minar mucho más de lo que probablemente te apetece porque quiero que entrenes el ojo. Con suficiente repetición empiezas a dejar de mirar únicamente "qué vídeo tuvo muchas views" y comienzas a entender por qué determinadas ideas viajan, qué problemas aparecen constantemente y cómo distintas piezas pueden unirse para producir un concepto nuevo.

Packaging

Después aparece el Packaging. Puedes construir el mejor vídeo que has creado en tu vida y conseguir que prácticamente nadie lo descubra si la puerta de entrada no es suficientemente atractiva. Para nosotros el packaging está formado principalmente por título y miniatura, pero quiero que los pienses como una única pieza. Nosotros lo llamamos Double Punch porque ambos elementos tienen que trabajar juntos. El título no existe por un lado y la miniatura por otro; la persona recibe ambos prácticamente al mismo tiempo y en una fracción de segundo construye una impresión sobre qué promete el vídeo y si esa promesa merece su atención.

Aquí aprenderemos a desarrollar conceptos, no simplemente a decorar miniaturas. La pregunta no será únicamente qué fotografía utilizar o qué tres palabras poner encima, sino qué queremos que ocurra dentro de la cabeza de una persona cuando vea el conjunto. ¿Entiende la promesa? ¿Existe suficiente curiosidad? ¿Sabe por qué debería importarle? ¿Título y miniatura añaden información diferente o están repitiendo exactamente lo mismo? Para este primer Troyano no vamos a aceptar el primer packaging razonable que aparezca. Vamos a producir varias opciones porque necesitamos empezar a desarrollar una de las capacidades más importantes de un buen creador: encontrar distintas maneras de vender la misma idea antes de decidir cuál merece llegar al mercado.

Scripting

Una vez sabemos qué queremos decir y hemos empezado a entender cómo vamos a conseguir que alguien entre, tenemos que construir la experiencia que existe detrás del clic. Ahí entra el Scripting. Un buen script no consiste simplemente en pasar lo que sabes a un documento y leerlo delante de una cámara. Tenemos que decidir en qué orden recibe la persona cada idea, dónde necesita contexto, qué información podemos eliminar, dónde existe una objeción, qué ejemplo hace más comprensible un punto, cuándo merece la pena contar una historia y cómo conseguimos que cada sección cree suficientes motivos para querer escuchar la siguiente.

Nosotros no tratamos el scripting como un proceso donde Daddy recibe un prompt de tres líneas y devuelve mágicamente un guion terminado. Lo hacemos mediante sparring creativo. La pieza se construye a través de una conversación. Daddy pregunta, cuestiona y propone ángulos; tú reaccionas, corriges, aportas experiencias, decides qué te representa y qué no, y poco a poco la estructura se vuelve más fuerte. Escribir de esta manera nos permite mantener algo que considero especialmente importante en una marca personal: la IA puede multiplicar nuestra capacidad de ordenar y desarrollar ideas, pero no queremos que sustituya la persona cuyas ideas hacen que la marca merezca existir.

Grabación

Después llega el momento en el que muchas personas descubren que saber algo y saber comunicarlo son dos habilidades completamente diferentes. La grabación convierte el texto en una experiencia humana. Aquí empiezan a importar tu energía, tu ritmo, la naturalidad con la que hablas, las pausas, la intención y la capacidad de conseguir que una persona sienta que estás comunicándote con ella en lugar de recitando información que has memorizado cinco minutos antes. Una frase mediocre puede cobrar muchísima vida cuando alguien sabe entregarla y una frase extraordinaria puede morir completamente en boca de una persona que parece estar leyendo los términos y condiciones de una hipoteca.

También existe una parte técnica. Cámara, iluminación, sonido y set tienen que permitir que la comunicación llegue de una forma limpia y suficientemente profesional, pero quiero que mantengas desde el principio las prioridades correctas. Una RED de cincuenta mil euros no puede rescatar a una persona que habla durante veinte minutos sin ninguna energía ni intención. El setup existe para eliminar fricción entre tu comunicación y el espectador. Después trabajamos la parte verdaderamente difícil: convertirnos en comunicadores a los que merece la pena escuchar. Para acelerar ese aprendizaje, este primer Troyano lo grabaremos más de una vez. La primera grabación nos dará información que ningún documento puede producir y utilizaremos ese aprendizaje para mejorar la siguiente.

Edición

Después tenemos la Edición, la fase donde cogemos todo aquello que ocurrió durante la grabación y construimos la versión que realmente va a experimentar el espectador. No quiero entrar todavía en protocolos concretos porque más adelante tendremos un sistema propio para hacerlo, pero conceptualmente su función es sencilla: proteger atención y mejorar comprensión. Editamos para eliminar aquello que no merece el tiempo de la persona, mejorar el ritmo, hacer más claras determinadas explicaciones y utilizar elementos visuales cuando consiguen que una idea sea más fácil o más agradable de consumir.

La edición no debería convertirse en un concurso para demostrar cuántas cosas somos capaces de colocar encima de una pantalla. Cada corte, gráfico, cambio visual, pieza de B-roll o elemento sonoro tiene un coste y debería estar haciendo algún trabajo. A veces ese trabajo es explicar. A veces mantener energía. A veces provocar emoción. Otras veces simplemente necesitamos dejar al creador hablando sin añadir absolutamente nada porque la idea y la comunicación ya están haciendo todo lo necesario. La sofisticación de una edición no se mide por cuánto movimiento existe, sino por cuánto mejora la experiencia respecto al material que salió de cámara.

Subida

Y finalmente tenemos la subida, que parece la parte más sencilla hasta que empiezas a trabajar con suficiente volumen y descubres que los pequeños errores se multiplican rápidamente. Publicar bien significa que la pieza que hemos trabajado durante tantas horas llegue a la plataforma exactamente como queríamos probarla: el archivo correcto, el packaging correcto, los enlaces y llamadas a la acción en su lugar, el tracking preparado y todos los elementos necesarios para que después podamos relacionar lo que ocurrió en la plataforma con aquello que ocurrió en el negocio.

Lo más importante es comprender que pulsar "publicar" no significa que el proceso haya terminado. Significa que acaba de empezar la parte que hasta ahora nos faltaba.

El mercado.

Cerrando el círculo

En cuanto el Troyano y el resto de piezas de la telaraña empiezan a publicarse, por primera vez nuestro GPS comienza a recibir una cantidad constante de información exterior. Hasta ahora Daddy ha podido trabajar con nuestra experiencia, nuestras conversaciones anteriores y la investigación que ya poseíamos. Ahora cada vídeo añade una pequeña capa de realidad. Podemos observar qué ideas consiguen responder mejor, qué packaging genera clics, qué contenidos mantienen más atención, qué personas terminan entrando al negocio, qué vídeos generan oportunidades y qué cosas comenta la audiencia cuando tiene delante un espacio para responder.

Aquí aparece el Feedback Loop, el sistema que acabará cerrando toda la arquitectura del libro. Desde el primer día queremos trackear correctamente la información, conectando cuando corresponda los datos de contenido con los resultados posteriores mediante UTMs, APIs y el resto de nuestra infraestructura. Pero acumular datos no es suficiente. Necesitamos utilizarlos para tomar mejores decisiones. Daddy empieza a analizar lo que ocurre después de cada vídeo y nos ayuda a decidir qué merece repetirse, qué deberíamos corregir y qué nuevas hipótesis queremos probar en la siguiente pieza.

Y existe una segunda consecuencia todavía más interesante. Cada vídeo no solamente nos ayuda a crear mejor el siguiente vídeo. También puede hacer más inteligente a Daddy. Si alimentamos el sistema con los resultados reales, las ideas que funcionaron, los packagings que consiguieron respuesta, las decisiones que produjeron clientes y los patrones que aparecen una y otra vez, la herramienta deja progresivamente de trabajar únicamente desde nuestras suposiciones iniciales. Aprende sobre nuestro mercado particular. Eso puede mejorar la siguiente ideación, el siguiente sparring, el siguiente packaging y, en última instancia, el propio GPS.

Así cerramos el círculo que dejamos abierto en el capítulo anterior. Empezamos con un MVGPS, porque solamente podíamos construir una hipótesis mínima con la información que teníamos. Utilizamos esa hipótesis para producir contenido. El contenido entra en contacto con el mercado y genera datos. Esos datos vuelven al sistema, entrenan nuestra capacidad de decidir y actualizan la representación que tenemos del Avatar, la Narrativa, el Branding y los Formatos. Después utilizamos ese GPS mejorado para producir otra pieza. Y otra. Y otra. Lo que inicialmente era una estrategia construida en gran parte mediante investigación y experiencia empieza a incorporar cientos de pequeños votos de la realidad.

Eso es lo que vamos a montar ahora.

No simplemente quince vídeos.

Una máquina.

Una máquina que encuentra ideas, las convierte en piezas, las publica, aprende de lo que ocurre y utiliza cada repetición para hacer que la siguiente tenga más probabilidades de funcionar. Los primeros quince vídeos existirán para ponerla en marcha. Si además producen entre diez mil y cincuenta mil euros adicionales para el negocio, perfecto. Pero el verdadero activo que quiero que tengas al terminar esta fase es muchísimo más importante: los sistemas, el know-how y los primeros datos necesarios para dejar atrás una estrategia construida principalmente sobre hipótesis.

Ya tenemos el alma.

Ahora vamos a construir la máquina.

Y vamos a empezar por la pieza que nos obliga a utilizarla entera por primera vez.

El Troyano.

CAPÍTULO 5

Algoritmo de youtube

En el capítulo anterior colocamos delante de nosotros una primera misión bastante concreta: construir el Troyano. Ya sabemos para quién estamos creando, qué queremos conseguir con esa pieza y por qué me gusta utilizarla como excusa para atravesar por primera vez todo el sistema de creación. A partir de aquí podríamos hacer lo que hace prácticamente todo el mundo cuando empieza a tomarse YouTube en serio: abrir una hoja de cálculo, buscar ideas, escribir veinte títulos, diseñar miniaturas y discutir durante cuarenta minutos si deberíamos publicar el martes a las seis de la tarde o el jueves a las ocho porque alguien en Twitter ha dicho que esa es la hora mágica del algoritmo. Pero antes de hacer absolutamente nada de eso quiero detenerme en algo que condicionará todo lo que viene después.

Hasta ahora hemos estado construyendo nuestra máquina. Hemos definido un Avatar, una Narrativa, unas asociaciones de Branding y una serie de Formatos capaces de convertir esas decisiones en contenido. Hemos escogido también nuestro primer vehículo, el Troyano, y a partir del siguiente capítulo empezaremos a trabajar en cada una de las habilidades necesarias para construirlo. El problema es que nuestra máquina no funciona en el vacío. Cada pieza que produzcamos terminará entrando dentro de una segunda máquina, muchísimo más grande que la nuestra, cuyo trabajo consiste en decidir qué contenido aparece delante de qué personas. Si no entendemos mínimamente cómo funciona ese segundo sistema, cada resultado que obtengamos se convertirá en una oportunidad para inventarnos una superstición.

Un vídeo funcionará espectacularmente y pensaremos que hemos encontrado un truco. El siguiente hará una cuarta parte de las visualizaciones y asumiremos que YouTube nos ha castigado. Cambiaremos la hora de publicación, añadiremos tags, modificaremos la duración, borraremos un vídeo para volver a subirlo o copiaremos exactamente el título de alguien que acaba de conseguir diez millones de visitas. Poco a poco dejaremos de utilizar los resultados como información y empezaremos a comportarnos como una tribu intentando provocar lluvia mediante una danza que funcionó una vez por casualidad.

Eso es exactamente lo que quiero evitar en este capítulo. No necesito que te conviertas en ingeniero de machine learning ni que conozcas la arquitectura técnica completa de los sistemas de recomendación de YouTube. Tampoco quiero llenar las próximas páginas de términos sofisticados que te permitan parecer inteligente hablando del algoritmo y que después no te ayuden a tomar una sola decisión mejor sobre tu contenido. Lo que necesitamos es algo mucho más útil: un modelo mental suficientemente sencillo como para recordarlo y suficientemente preciso como para que nos ayude a diagnosticar qué está ocurriendo cuando publicamos.

Y la manera más sencilla que he encontrado de construir ese modelo es imaginar un restaurante.

El camarero

Imagina que entras en el restaurante más grande del planeta. No tiene veinte platos, ni cien, ni siquiera diez mil. Tiene cientos de millones. Algunos acaban de salir de la cocina y otros llevan años formando parte de la carta. Hay sushi, hamburguesas, pasta, ensaladas, comida tailandesa, postres, platos que has pedido veinte veces, cosas que jamás has probado y probablemente alguna receta tan extraña que te cuesta comprender por qué alguien decidió cocinarla en primer lugar.

Te sientas y aparece delante de ti un camarero bastante particular. Lleva mucho tiempo observando lo que haces dentro del restaurante. Sabe qué platos has pedido antes, cuáles terminaste, cuáles dejaste a la mitad y cuáles pediste inmediatamente después. Ha observado que durante las últimas semanas has empezado a comer más comida japonesa, que hace seis meses estabas obsesionado con las hamburguesas y que últimamente apenas las tocas. También puede comparar tu comportamiento con el de otros clientes que parecen tener gustos parecidos a los tuyos y descubrir patrones que tú mismo probablemente no sabrías explicar.

Eso no significa que el camarero pueda leer tu mente. Tampoco significa que conozca de forma permanente y perfecta quién eres. Lo que tiene es una enorme cantidad de información que le permite realizar predicciones. Quizá ayer querías sushi y hoy te apetece una hamburguesa. Quizá llevas meses comiendo exactamente lo mismo y una tarde decides probar algo completamente distinto. Quizá un amigo te ha hablado esta mañana de un plato que nunca habías considerado y ahora, por algún motivo, tienes muchísimas ganas de pedirlo. El camarero nunca posee certeza absoluta. Trabaja con probabilidades.

Su trabajo consiste en utilizar todo lo que sabe para aumentar la probabilidad de que, cuando te coloque unas pocas opciones delante, exista algo que realmente quieras consumir. Cuanto más acierte, mejor será tu experiencia dentro del restaurante. Y cuanto mejor sea tu experiencia, mayores serán las probabilidades de que vuelvas mañana, la semana siguiente y dentro de seis meses.

Ahora gira la cabeza y mira hacia la cocina. Hay miles de cocineros intentando llamar la atención del camarero. Uno grita que su plato es extraordinario. Otro explica que ha tardado cuarenta horas en prepararlo. Otro recuerda que tiene cien mil clientes habituales. Uno asegura que lo cocinó exactamente a las seis de la tarde. Otro ha colocado quince etiquetas debajo del plato porque alguien le dijo que eso ayudaría al camarero a comprenderlo mejor.

El camarero puede utilizar información sobre todos ellos, pero existe una cosa que cambia por completo cómo tenemos que entender la situación: los cocineros no son su cliente. La persona sentada a la mesa sí.

Esta es probablemente la idea más importante de todo el capítulo. Cuando un creador piensa en YouTube suele imaginar una máquina que observa su vídeo, lo analiza, le asigna una especie de puntuación universal y finalmente decide cuánto quiere "empujarlo". Si el vídeo supera cierto estándar invisible, YouTube abre una compuerta y llegan las impresiones. Si no lo supera, el algoritmo decide que no merece existir y lo entierra en algún cementerio digital junto a millones de vídeos que jamás volverán a ver la luz.

Pero esa forma de pensar coloca el centro del sistema en el lugar equivocado. YouTube no empieza únicamente preguntándose cuántas personas deberían ver nuestro vídeo. Tiene que resolver una pregunta anterior y mucho más difícil: de todos los vídeos que podría mostrar ahora mismo, ¿cuáles tienen más probabilidades de ser una buena recomendación para esta persona concreta?

La diferencia parece pequeña, pero cambia prácticamente todo. Nuestro vídeo no está intentando aprobar un examen universal de calidad. Está intentando convertirse en una de las mejores opciones posibles para determinados espectadores en determinados momentos. La misma pieza puede ser extraordinariamente relevante para una persona y completamente inútil para otra. Un documental de dos horas sobre cómo construir una empresa puede parecerle irresistible a un empresario que lleva tres semanas consumiendo contenido sobre ese problema y absolutamente insoportable a una persona que ha abierto YouTube para ver highlights de fútbol.

Por eso quiero que, durante el resto del libro, dejes de imaginar el algoritmo como un policía, un portero o un dios caprichoso al que tenemos que mantener contento. El camarero no está intentando premiarnos ni castigarnos. Está intentando servir bien a la mesa. Y nosotros no necesitamos aprender a gustarle al camarero. Necesitamos aprender a cocinar cosas que determinadas personas quieran consumir.

Cuando digo que la audiencia es el algoritmo, me refiero precisamente a esto. Evidentemente, la audiencia y el sistema de recomendación no son literalmente la misma cosa. El algoritmo es la máquina que intenta predecir comportamientos y la audiencia es quien los produce. Pero desde nuestra posición como creadores, muchísimas de las señales que terminan afectando a la distribución nacen de una realidad bastante sencilla: personas reales ven opciones reales y toman decisiones.

No necesitas gustarle a YouTube

Existe algo psicológicamente muy cómodo en atribuir nuestros problemas de distribución a una entidad invisible. Si "el algoritmo no nos entiende", podemos enfadarnos con él. Si "YouTube ha dejado de empujarnos", podemos asumir que ha ocurrido algo fuera de nuestro control. Si otro creador empieza a crecer más rápido, siempre podemos imaginar que la plataforma ha decidido favorecerlo. Esa explicación protege bastante bien nuestro ego porque desplaza el problema desde aquello que hemos creado hacia una máquina a la que no podemos preguntar por qué está enfadada.

Es bastante menos agradable considerar otra posibilidad: quizá una persona tuvo delante nuestro vídeo y varias alternativas y escogió otra. Quizá entró y descubrió que aquello no era exactamente lo que esperaba. Quizá consumió tres minutos y perdió el interés. Quizá llegó hasta el final y pensó que había estado bien, pero no sintió ninguna necesidad de volver a vernos. Ninguna de esas posibilidades implica que seamos unos creadores terribles ni que una sola pieza determine nuestro futuro. Simplemente significan que detrás de muchos números existen comportamientos humanos.

También necesitamos evitar el extremo contrario. YouTube no es una máquina perfectamente determinista donde un gran vídeo recibe automáticamente millones de visualizaciones y un vídeo mediocre fracasa siempre. Existen competencia, contexto, estacionalidad, cambios en el interés, diferentes fuentes de tráfico y una enorme cantidad de variables que nunca controlaremos por completo. Podemos hacer una pieza extraordinaria que tarde meses en encontrar suficiente mercado y otra bastante peor que consiga una distribución inesperadamente alta. Estamos trabajando con probabilidades.

Lo importante es entender hacia dónde apunta el incentivo general del sistema. Si YouTube consigue colocar delante de una persona vídeos que esa persona quiere ver y termina sintiendo que ha utilizado bien su tiempo, la plataforma tiene una razón enorme para seguir encontrando experiencias parecidas. Eso significa que nuestros intereses están bastante más alineados con los de YouTube de lo que a veces creemos. La plataforma necesita acertar con las recomendaciones y nosotros necesitamos crear algo que merezca ser recomendado.

Los problemas suelen empezar cuando intentamos separar ambas cosas. Buscamos una manera de conseguir más impresiones sin encontrar una mejor idea, aumentar el CTR sin cumplir después la promesa, extender el watch time sin aumentar el valor o descubrir una frecuencia mágica capaz de producir distribución independientemente de aquello que estamos publicando. Es el equivalente a un cocinero mediocre dedicando toda su energía a manipular al camarero en lugar de mejorar la comida. Quizá consiga que sirva el plato una noche. Si los clientes empiezan a devolverlo, el truco tiene una vida bastante corta.

El algoritmo predice antes de servir

El camarero no llega a nuestra mesa, cierra los ojos, escoge un plato completamente al azar y espera a observar nuestra cara. Si funcionase así necesitaría arruinarnos varias cenas antes de empezar a conocernos. Lo que intenta hacer es utilizar toda la información disponible antes de servir para reducir la cantidad de apuestas absurdas. Puede observar que llevamos varias semanas consumiendo contenido sobre cámaras, que ayer vimos una review de Sony y que personas con un patrón parecido al nuestro suelen interesarse por comparativas entre Sony y Canon. Si en ese momento aparece una pieza nueva que encaja con ese comportamiento, existe una razón para considerarla una candidata.

Esto importa porque muchas explicaciones populares sobre el algoritmo empiezan demasiado tarde. Se suele contar una historia en la que publicamos un vídeo, YouTube se lo enseña a un grupo pequeño de personas, mira si funciona y, si las métricas son suficientemente buenas, se lo enseña a más gente. Hay una parte de verdad dentro de esa intuición, pero el sistema necesita realizar decisiones incluso antes de obtener información específica sobre nuestra nueva pieza. Tiene que decidir delante de quién probarla, qué vídeos podrían competir con ella y en qué contextos tiene sentido colocarla.

Para hacerlo no empieza desde cero. Nuestro canal posee una historia. Las personas que han visto vídeos anteriores también. Las temáticas que tratamos, el tipo de espectadores que suele responder, los vídeos que esas personas consumen antes y después de nosotros y multitud de patrones acumulados ayudan a reducir un universo imposible de cientos de millones de opciones a un conjunto de candidatos razonables.

Imagina que durante diez vídeos ayudamos al mismo tipo de empresario con problemas relacionados con marca personal, YouTube y adquisición. Algunas personas hacen clic, consumen varios de esos vídeos, vuelven semanas después y terminan generando un patrón bastante reconocible. Cuando publicamos la undécima pieza, la plataforma no se encuentra exactamente en la misma posición que cuando subimos la primera. Ya existe cierta historia sobre el tipo de persona para la que nuestro contenido ha resultado relevante.

Podemos pensar en esto como una audiencia semilla. No es una prisión ni significa que solamente vayamos a poder llegar a personas idénticas a quienes ya nos ven. Es simplemente información inicial. Cada vídeo puede ayudar a la plataforma a comprender mejor dónde podría tener sentido probar el siguiente y cada reacción de la audiencia aporta nuevas pistas sobre la relación entre nuestro contenido y determinadas personas.

Esto conecta directamente con algo que vimos cuando hablamos de Creator Market Fit. No queremos conseguir cualquier tipo de respuesta. Queremos que respondan las personas que tiene sentido atraer. Un canal puede obtener millones de visualizaciones gracias a un vídeo completamente desconectado de aquello que quiere construir y, sobre el papel, parecer que acaba de dar un salto extraordinario. Pero si la mayoría de las personas que llegan por esa pieza no quiere saber nada del resto de su contenido, hemos conseguido atención sin necesariamente mejorar el sistema.

Supongamos que llevamos meses publicando para empresarios y un día hacemos un vídeo sobre una polémica de famosos que termina explotando. Dos millones de personas entran, conseguimos decenas de miles de suscriptores y durante una semana Analytics parece una fiesta. Después publicamos "Cómo diseñar un sistema de adquisición para una empresa B2B" y descubrimos que una parte enorme de las personas que llegaron por el drama no tiene el más mínimo interés en aquello. El vídeo viral nos hizo más grandes, pero no necesariamente hizo más claro quién debería querer el siguiente.

Esta es una de las razones por las que la coherencia estratégica importa tanto. No queremos entrenar a la plataforma en el sentido simplista de repetir siempre las mismas palabras para que "entienda nuestro nicho". Queremos construir un catálogo donde determinadas personas encuentren repetidamente cosas que les importan. La señal más valiosa no es que nosotros digamos que nuestro canal es para empresarios. Es que empresarios reales lleguen, encuentren valor, consuman varias piezas y vuelvan.

No compites contra una nota, compites contra alternativas

Entrar dentro del conjunto de candidatos no significa que hayamos ganado nada todavía. El camarero puede considerar que doscientas opciones tienen sentido para una persona, pero solamente dispone de unos pocos espacios delante de ella. Necesita ordenarlas. La pregunta deja de ser simplemente "¿puede gustarle este vídeo?" y pasa a parecerse mucho más a "¿qué probabilidad existe de que esta sea una de las mejores opciones disponibles para esta persona ahora mismo?".

Ese "comparado con" es importante porque los creadores solemos evaluar nuestro contenido de forma completamente aislada. Miramos una miniatura y decimos que está bien. Leemos un título y pensamos que es bastante bueno. Terminamos el montaje y concluimos que el vídeo tiene calidad. El espectador, sin embargo, jamás consume nuestro contenido dentro de una habitación blanca donde solamente existe nuestra miniatura. Abre Inicio y encuentra veinte alternativas. Puede tener delante una entrevista con alguien a quien admira, un vídeo de un creador que lleva años viendo, una noticia que acaba de ocurrir, una solución a un problema que tiene desde hace meses y probablemente algún animal haciendo algo que biológicamente no debería saber hacer.

No necesitamos conseguir un aprobado. Necesitamos convertirnos en una decisión suficientemente atractiva frente a las demás cosas que esa persona podría hacer con su atención. Y esta es otra razón por la que no existe una métrica universal que pueda decirnos si un vídeo "merece" distribución. Una pieza puede estar funcionando perfectamente bien y enfrentarse a alternativas todavía más fuertes dentro de determinado grupo. Otra puede empezar a recibir más oportunidades simplemente porque ha ocurrido algo que vuelve su tema repentinamente relevante.

Cuando el sistema decide finalmente mostrar nuestro vídeo a una persona ocurre algo muy importante: hemos recibido una oportunidad, no una visualización. La miniatura y el título aparecen delante de alguien, pero todavía falta que esa persona decida que merece la pena entrar. A partir de ese momento comienza una cadena de comportamientos que utilizaremos durante el resto del libro para comprender cada etapa del contenido.

La persona primero tiene que querer entrar. Después tiene que querer quedarse. Y, finalmente, necesitamos que aquello que encuentre dentro justifique el tiempo que nos ha entregado. Podemos pensar en estas tres partes como atracción, atención y satisfacción. El algoritmo intenta predecirlas antes de recomendar y aprende más sobre ellas después de observar lo que ocurre.

Este modelo es mucho más útil que obsesionarnos con encontrar "la métrica del algoritmo", porque nos permite entender por qué cada habilidad que estudiaremos más adelante existe. La idea aumenta las probabilidades de que haya suficiente gente para quien la pieza pueda resultar relevante. El packaging convierte parte de esa demanda potencial en clic. El hook y el guion convierten el clic en atención. La comunicación y la edición ayudan a proteger esa atención. El valor que entregamos determina si la experiencia termina mereciendo la pena. Y la arquitectura del canal puede conseguir que una buena experiencia no termine cuando acaba un solo vídeo.

No estamos aprendiendo trucos separados. Estamos construyendo distintas partes de la misma cadena.

El clic no es la victoria

Volvamos al restaurante. El camarero nos coloca delante dos opciones. Una tiene un nombre bastante normal y la segunda aparece fotografiada con una hamburguesa perfecta, queso cayendo por los lados y un título que prácticamente promete que nuestra vida se dividirá en dos etapas: antes y después de haberla probado. La elegimos. El plato llega a la mesa, damos el primer bocado y descubrimos que es horrible.

El camarero ha conseguido que hagamos el pedido, pero difícilmente podríamos decir que ha hecho bien su trabajo. La elección era solamente el principio de la experiencia. Si utiliza constantemente fotografías extraordinarias para conseguir que pidamos platos decepcionantes, quizá consiga mejorar durante un tiempo el porcentaje de personas que escogen sus recomendaciones, pero terminará destruyendo aquello que realmente estaba intentando conseguir.

Exactamente lo mismo ocurre cuando convertimos el CTR en el objetivo final del packaging. El Click-Through Rate nos ayuda a observar qué proporción de determinadas impresiones termina convirtiéndose en clic. Es importante porque un vídeo al que nadie entra tiene una capacidad bastante limitada de producir cualquier cosa después. De hecho, dedicaremos un capítulo entero al packaging porque mejorar esa primera conversión puede multiplicar brutalmente la cantidad de personas a las que entregamos la pieza. Pero el clic sigue siendo únicamente la puerta.

Si nuestra miniatura y nuestro título prometen una cosa y el vídeo entrega otra, hemos optimizado una etapa destruyendo la siguiente. Si utilizamos una afirmación espectacular para generar curiosidad y después dedicamos veinte minutos a evitar la respuesta, quizá consigamos más entradas mientras producimos una experiencia peor. Si convertimos cada título en una versión distinta de "NO VAS A CREER LO QUE PASÓ" pero las personas aprenden después de cuatro vídeos que nunca ocurre nada especialmente interesante, estamos sacrificando confianza futura por atención presente.

Por eso la pregunta correcta no es simplemente cómo conseguir un CTR mayor. La pregunta es cómo conseguir que más personas correctas comprendan por qué merece la pena entrar y, después, reciban aquello que les prometimos. La primera formulación intenta mejorar un número. La segunda intenta mejorar una experiencia. A largo plazo, la segunda tiende también a producir mejores números porque construye algo muchísimo más valioso que un clic aislado: expectativa.

Y aquí volvemos al Branding. Cuando alguien ya conoce nuestra cara, nuestro nombre y el tipo de experiencia que solemos entregar, el packaging no empieza desde cero. Existe una historia previa. Una persona puede hacer clic en un vídeo porque el título le interesa, pero también porque después de veinte experiencias positivas ha aprendido que cuando nosotros prometemos algo solemos cumplirlo. La marca reduce incertidumbre. Cada buen vídeo puede hacer ligeramente más fácil conseguir el siguiente clic.

Después de entrar hay que querer quedarse

Conseguir que alguien pida el plato tampoco significa que vaya a terminarlo. En YouTube esto aparece de una forma bastante visible cuando observamos la retención. La persona hace clic y, durante los siguientes segundos, empieza a comprobar si la decisión que acaba de tomar tenía sentido. La miniatura y el título generaron una expectativa; el principio del vídeo tiene que demostrar rápidamente que detrás de esa expectativa existe algo real.

Si alguien hace clic en un vídeo llamado "Cómo conseguimos 400 ventas con un solo vídeo" y durante los primeros dos minutos hablamos de nuestra infancia, damos las gracias a un sponsor, explicamos lo felices que estamos de estar allí, pedimos like, comentario, suscripción, campana y probablemente que llamen a su abuela, estamos pidiendo a la persona que financie con paciencia una promesa que todavía no hemos empezado a cumplir. No debería sorprendernos que una parte decida marcharse.

El hook, la estructura, el scripting, el ritmo, la comunicación y la edición existen en gran medida para reducir esa fricción y conseguir que la experiencia continúe mereciendo atención. Esto no significa que tengamos que convertir cada vídeo en una sobredosis de estímulos o editar cada medio segundo como si el espectador fuera a desintegrarse si aparece un plano durante más de tres segundos. Significa que cada parte debería justificar razonablemente por qué la siguiente merece ser vista.

Aquí aparece una distinción que utilizaremos constantemente. Prácticamente cualquier técnica de contenido puede utilizarse para mejorar la experiencia o para intentar manipular una métrica. Podemos crear curiosidad porque existe una respuesta genuinamente interesante que llegará más adelante o podemos fabricar una pregunta que nunca pensamos responder. Podemos eliminar partes innecesarias mediante edición o llenar la pantalla de movimiento sin añadir ninguna claridad. Podemos utilizar un open loop para dar estructura a una historia o colocar pequeñas promesas artificiales cada treinta segundos para intentar secuestrar la atención.

Durante cierto tiempo, ambos enfoques pueden incluso producir números parecidos. La diferencia está en lo que siente la persona al terminar. Y esa diferencia importa porque retener atención no es exactamente lo mismo que generar satisfacción.

Que alguien se quede no significa que esté satisfecho

Imagina un restaurante que encuentra el método perfecto para maximizar cuánto tiempo pasan allí sus clientes: elimina las puertas y encadena a todo el mundo a las sillas durante cuarenta minutos. El tiempo medio dentro del local se dispara. Si utilizásemos únicamente esa métrica, podríamos concluir que el restaurante se ha vuelto extraordinariamente bueno. El pequeño inconveniente es que nadie quiere volver.

La caricatura sirve para entender por qué reducir todo YouTube a watch time o retención termina siendo demasiado simple. Que una persona haya permanecido durante veinte minutos no nos dice por sí solo cómo valoró esos veinte minutos. Puede haberlos disfrutado muchísimo, puede haberse sentido frustrada esperando una respuesta que nunca llegó o puede haber terminado pensando que la pieza estuvo "bien" y olvidarnos cinco minutos después. El comportamiento necesita contexto.

Por eso, cuando hablamos de satisfacción, estamos hablando de algo más amplio que conseguir mantener a alguien mirando una pantalla. Queremos que la persona sienta que haber entrado fue una buena decisión. Puede significar que aprendió algo que le resulta útil, que se entretuvo, que cambió de opinión, que consiguió resolver una duda, que descubrió una historia que quería terminar o simplemente que pasó veinte minutos exactamente de la manera que buscaba pasar esos veinte minutos.

Para nuestra estrategia de marca existe además una capa adicional. No solamente queremos que una persona termine satisfecha con un vídeo. Queremos que determinadas experiencias aumenten la probabilidad de que quiera seguir relacionándose con nuestro contenido. Que después de consumir una pieza piense que existe otra que también puede interesarle, que empiece a reconocer nuestra forma de ver el mundo y que poco a poco construya asociaciones alrededor de nuestro nombre.

Esto nos devuelve al efecto paraíso del Creator Market Fit. Una persona descubre un vídeo y siente que aquello parece hecho para alguien como ella. Termina, encuentra otro sobre un problema relacionado y entra. Después otro. En algún momento deja de estar consumiendo piezas aisladas y empieza a explorar un universo. Ese comportamiento es extraordinariamente valioso para nuestra marca y también genera información muy útil para la plataforma: este tipo de persona no solamente respondió a este vídeo, sino que encontró varias cosas dentro del mismo catálogo que quiso seguir consumiendo.

De repente, Creator Market Fit y algoritmo dejan de parecer conceptos completamente separados. Son dos perspectivas distintas sobre el mismo comportamiento. Nosotros intentamos construir un mundo que determinadas personas quieran habitar. YouTube intenta detectar qué personas podrían querer entrar.

El mejor camarero consigue que quieras postre

Hasta ahora hemos hablado como si el trabajo del camarero terminase cuando acertaba con un solo plato, pero el restaurante tiene un objetivo más amplio. Quiere que la experiencia completa sea buena. Si disfrutamos la comida, quizá pidamos postre. Si el postre también funciona, quizá volvamos otra noche. Una gran recomendación no solamente resuelve el momento presente; puede iniciar una secuencia.

Con los vídeos ocurre algo parecido. Podemos conseguir que una persona vea una pieza durante veinte minutos, termine satisfecha y cierre YouTube. Eso ya puede ser una buena experiencia. Pero también puede terminar nuestro vídeo, entrar en otra pieza del canal, descubrir después una entrevista relacionada y pasar bastante más tiempo consumiendo contenido que considera interesante. Nuestro vídeo acaba de convertirse en una puerta dentro de un camino más largo.

Por eso quiero que dejemos de pensar en los vídeos como islas. Un buen canal se parece más a una red de caminos. Una pieza responde una pregunta y puede abrir otra. Un concepto introducido hoy puede desarrollarse dentro de otro vídeo. Una historia puede conducir hacia una explicación más profunda. El final de una pieza puede hacer algo más útil que decir "suscríbete y nos vemos la semana que viene": puede ayudar a la persona a identificar cuál es el siguiente contenido que tendría sentido consumir.

Esta idea tiene una consecuencia estratégica importante. Si cada vídeo está dirigido a una persona completamente distinta, resulta mucho más difícil construir esa red. Alguien puede llegar por un vídeo sobre productividad y no querer nuestra review de una cámara. Otra persona puede descubrirnos hablando de inteligencia artificial y sentir cero interés por una historia sobre relaciones. Podemos tener una colección de piezas que funcionan individualmente y, sin embargo, construir un canal que parece un centro comercial donde cada puerta conduce a una tienda diferente.

Cuando existe Creator Market Fit ocurre lo contrario. No necesitamos hablar siempre del mismo tema ni repetir eternamente la misma idea, pero existe suficiente coherencia en la persona, los problemas, los deseos, la Narrativa y las asociaciones como para que una parte significativa del contenido pueda alimentarse mutuamente. El restaurante puede tener entrantes, platos principales y postres radicalmente diferentes, pero sigue pareciendo una cocina. No veinte restaurantes compartiendo dirección.

Un canal pequeño no es invisible

Todo esto permite desmontar otro mito bastante persistente: la idea de que YouTube simplemente favorece a los canales grandes. Evidentemente, un canal grande posee ventajas. Tiene más gente que reconoce su nombre, una audiencia semilla más amplia, más información histórica y probablemente miles o millones de personas para quienes una nueva publicación ya empieza con confianza acumulada. Si llevo cuatro años viendo a un creador y he disfrutado cincuenta vídeos suyos, puede conseguir mi clic con bastante menos información que alguien a quien jamás he visto.

Pero esa ventaja no significa que exista una norma sencilla según la cual un canal con dos millones de suscriptores recibe puntos extra independientemente de lo que publique. Si funcionase así, resultaría extraordinariamente difícil que apareciesen nuevos creadores y también sería difícil explicar por qué canales enormes publican vídeos que funcionan por debajo de su media mientras canales diminutos consiguen piezas que multiplican decenas de veces el tamaño de su audiencia.

Volvamos al camarero. Un restaurante famoso ofrece información útil porque muchísimas personas han comido allí antes y existe una reputación previa. Pero si acaba de lanzar un plato mediocre y una cocina desconocida tiene algo extraordinariamente relevante para determinado cliente, un buen sistema necesita tener alguna manera de explorar esa segunda opción. De lo contrario, terminaría sirviendo eternamente aquello que ya conocía y jamás descubriría mejores alternativas.

Esto tiene una consecuencia bastante liberadora. Nuestro historial importa, pero no tiene por qué convertirse en una condena permanente. Un vídeo que funciona mal no destruye mágicamente el canal. Haber estado varias semanas sin publicar no provoca que exista un funcionario de YouTube enfadado porque hemos incumplido nuestro deber moral de subir los martes. Cuando aparece una pieza nueva, el sistema vuelve a enfrentarse, en algún grado, a la misma pregunta fundamental: ¿para qué personas podría ser una buena recomendación esto?

La reputación puede ayudarnos a entrar. No garantiza que las personas se queden.

Por qué algunos vídeos resucitan

Durante años he visto a creadores hacer autopsias extraordinariamente rápidas. Publican un vídeo, miran Analytics durante las primeras horas, actualizan la página aproximadamente cincuenta y siete veces y, si a la mañana siguiente la curva no tiene el aspecto esperado, anuncian que la pieza está muerta. Dos días después ya están replanteándose la estrategia del canal.

El problema es que están interpretando todos los vídeos como si fueran una carrera de cien metros cuando algunas piezas se comportan mucho más como activos. Un vídeo puede empezar encontrando una audiencia relativamente pequeña y, con el tiempo, aparecer delante de otros grupos. Puede ocurrir algo que vuelva su tema más relevante. Otro creador puede publicar una pieza relacionada y generar nuevas rutas de consumo. Una persona puede descubrirnos seis meses después y empezar a recorrer una parte importante del catálogo. La plataforma puede acumular nueva información que cambie dónde cree que la pieza encaja mejor.

Por eso existen vídeos que parecen dormir y, de repente, despiertan. No significa que debamos mirar una pieza que claramente tiene problemas y sentarnos durante seis meses esperando una intervención divina. Si nadie entra, quizá el packaging pueda mejorar. Si existe una caída brutal durante los primeros segundos, necesitamos intentar comprenderla. Si una idea genera indiferencia de forma consistente, eso también es información. El punto es evitar confundir la velocidad inicial con el valor total de un contenido.

Queremos diagnosticar antes de entrar en pánico. Una pieza lenta puede tener un mercado limitado, un packaging mejorable, una mala coincidencia con la audiencia inicial, un tema que todavía no ha encontrado su momento o simplemente una ejecución mediocre. Nuestra obligación no consiste en inventar inmediatamente una historia sobre cómo el algoritmo ha dejado de querernos. Consiste en intentar descubrir cuál es la restricción que tenemos delante.

Las métricas son síntomas

Aquí llegamos a una de las trampas más habituales de YouTube. Cada pocos años parece aparecer una nueva explicación definitiva sobre aquello que "quiere el algoritmo". Durante un tiempo todo parece reducirse al clic. Después al watch time. Luego a la retención. Más adelante a la sesión, la satisfacción o cualquier otra variable que empiece a recibir atención. Encontramos una métrica útil, la coronamos como reina del sistema y empezamos a diseñar trucos alrededor de ella.

El problema es que cada una describe solamente una parte de la experiencia. El CTR nos aporta información sobre la decisión de entrar. La retención nos ayuda a observar qué sucede con la atención después del clic. El watch time añade contexto sobre cuánto consumo real hemos generado. La satisfacción intenta acercarnos a cómo valoró la persona aquello que ocurrió. El comportamiento posterior puede enseñarnos si siguió consumiendo, y los espectadores recurrentes nos dicen algo sobre si la relación sobrevivió más allá de una sola pieza. Todas pueden ser útiles y ninguna cuenta por sí sola toda la historia.

Esto explica por qué comparar números sin contexto produce tantas conclusiones absurdas. Dos vídeos pueden tener exactamente el mismo CTR y terminar con distribuciones radicalmente distintas. Una pieza puede tener un CTR menor mientras crece porque la plataforma está empezando a enseñarla a personas cada vez más frías. Un vídeo extremadamente específico puede mostrar porcentajes espectaculares porque solamente está llegando al pequeño núcleo de personas más obsesionadas con el tema y, aun así, tener un techo relativamente bajo. Otro puede tener números aparentemente menos impresionantes y estar funcionando dentro de un mercado muchísimo mayor.

Las métricas no son notas escolares. Son síntomas de comportamientos que estamos intentando comprender. Por eso, cuando abramos Analytics más adelante, quiero que evitemos preguntar simplemente si un número es "bueno". La pregunta más interesante es qué comportamiento humano podría estar produciendo ese número y qué parte de nuestra pieza podría estar provocándolo.

Si el CTR es bajo, no significa automáticamente que necesitemos una miniatura más llamativa. Quizá la idea no contiene suficiente interés. Quizá la promesa es poco clara. Quizá estamos apareciendo delante de personas demasiado alejadas de nuestro Avatar. Si la retención cae al principio, no significa necesariamente que debamos añadir más cortes. Puede que el packaging haya prometido una cosa y el inicio esté entregando otra. Si muchísima gente termina el vídeo pero casi nadie quiere consumir nada más nuestro, quizá la pieza resolvió bien un problema aislado pero está mal conectada con el resto del universo que queremos construir.

Mirar los números como síntomas nos obliga a pensar. Y eso es exactamente lo que queremos.

El algoritmo no es el mercado

Ahora podemos volver a una distinción del capítulo 2 que, después de todo lo anterior, debería tener todavía más sentido: el algoritmo no crea Creator Market Fit; lo amplifica. Una plataforma puede poseer una máquina extraordinariamente sofisticada de distribución y seguir siendo incapaz de fabricar deseo donde no existe.

Imagina que YouTube comprende perfectamente que nuestro vídeo está dirigido a empresarios interesados en ventas. Encuentra miles de empresarios interesados en ventas y coloca la pieza delante de ellos. Si no entran, abandonan pronto, no encuentran valor o jamás vuelven, existe una posibilidad que resulta incómoda pero muy útil: quizá la máquina sí encontró a nuestra audiencia y nuestra audiencia nos contestó.

Esto convierte YouTube en algo mucho más interesante que un simple canal de distribución. También es una máquina gigantesca de feedback. Cada publicación coloca un conjunto de hipótesis delante de personas reales. Creemos que este problema importa. Creemos que esta promesa genera curiosidad. Creemos que este ángulo nos diferencia. Creemos que esta historia mantiene atención. Creemos que nuestra manera de interpretar el problema producirá suficiente valor como para que alguien quiera volver.

Después publicamos y recibimos respuestas.

Ninguna respuesta individual debería convertirse en una verdad universal. Un vídeo puede fallar por veinte razones y un éxito aislado puede engañarnos tanto como un fracaso. Necesitamos repeticiones, comparaciones y contexto. Pero con suficiente volumen empiezan a aparecer patrones. Determinadas ideas atraen sistemáticamente a las personas correctas. Ciertas formulaciones provocan más interés. Algunos problemas parecen mucho más urgentes de lo que habíamos supuesto. Hay partes de nuestra Narrativa que resuenan y otras que suenan brillantes dentro de un documento estratégico y mueren en cuanto entran en contacto con el mercado.

Esto es exactamente lo que buscábamos cuando construimos el MVGPS. Dijimos que nuestra primera estrategia era una hipótesis, no una verdad, y que necesitábamos sacarla al mercado para permitir que la realidad la corrigiera. El algoritmo no sustituye esa conversación con el mercado. Es uno de los mecanismos que nos permite tenerla a una escala absurda.

El algoritmo y el GPS

Mira ahora nuestro GPS desde esta nueva perspectiva. El Avatar representa a la persona cuya atención queremos merecer. Cuanto mejor comprendamos sus problemas, deseos, contexto y lenguaje, más probabilidades tendremos de construir algo que pueda convertirse en una recomendación relevante para personas como ella.

La Narrativa determina una parte importante de lo que sucede después de entrar. No solamente estamos transmitiendo información. Estamos intentando modificar la forma en la que la persona interpreta un problema, cuestionar determinadas creencias, introducir otras, explicar contra qué luchamos y mostrar por qué nuestra solución tiene sentido dentro de esa forma de ver el mundo. Si esa Narrativa conecta, el vídeo no solamente entretiene o educa: empieza a mover a la persona.

El Branding construye memoria y expectativas. Cuando alguien reconoce nuestra cara, nuestro nombre, nuestra manera de explicar las cosas o determinadas asociaciones alrededor de nosotros, ya no procesa cada recomendación como si fuera completamente fría. Cada experiencia anterior modifica ligeramente la siguiente. Si durante meses hemos conseguido ser útiles, podemos convertirnos poco a poco en una elección familiar dentro de una pantalla llena de desconocidos.

El Formato añade una capa adicional de consistencia. Si determinadas personas responden repetidamente bien a una manera concreta de entregar valor, nosotros empezamos a comprender qué vehículos funcionan mejor para determinadas ideas y el mercado empieza también a reconocer qué puede esperar de nosotros. No significa que tengamos que hacer exactamente el mismo vídeo eternamente. Significa que estamos acumulando aprendizaje en lugar de reinventar completamente el juego cada semana.

Alrededor de esas cuatro piezas aparecen los sistemas de creación que construiremos a partir de ahora. La idea determina qué merece ser construido y cuánto mercado potencial puede existir alrededor de la pieza. El packaging convierte parte de ese interés en clic. El hook y el guion convierten ese clic en atención. La comunicación y la edición ayudan a que esa atención siga mereciendo la pena. El contenido entrega el valor prometido y la arquitectura del canal intenta conseguir que una buena experiencia pueda convertirse en una relación.

Después medimos, aprendemos y volvemos a empezar.

Por eso, cuando dije en el capítulo anterior que no estamos intentando fabricar simplemente quince vídeos, sino construir una máquina capaz de producirlos, faltaba todavía una parte. Nuestra máquina y la de YouTube van a aprender en paralelo.

Dos alumnos mirando el mismo examen

Cada vez que publicamos sucede algo curioso: nosotros hacemos una predicción y YouTube también. Nosotros creemos que cierta idea interesará a nuestro Avatar, que determinada promesa conseguirá abrir una conversación y que la pieza entregará suficiente valor como para justificar la atención. La plataforma, por su parte, intenta estimar qué personas podrían querer verla y en qué contexto tiene sentido ofrecerles esa oportunidad.

Después llega la realidad. Algunas personas entran y otras no. Algunas se quedan y otras se marchan. Algunas terminan la pieza y continúan hacia otro vídeo. Otras nos olvidan. Algunas regresan una semana después. Con cada comportamiento aparecen nuevos datos.

YouTube utiliza esos datos para mejorar sus próximas predicciones. Nosotros deberíamos hacer exactamente lo mismo con las nuestras.

Aquí es donde muchísimos creadores desperdician una ventaja gigantesca. Publican cien vídeos, pero conceptualmente publican el primero cien veces. No documentan lo aprendido. No comparan patrones. No saben qué ideas produjeron espectadores que volvieron, qué vídeos atrajeron al Avatar correcto, qué packagings funcionaron mejor cuando la audiencia era fría, qué partes de una pieza provocaron caídas o qué temas terminaron generando clientes.

Acumulan output, pero no necesariamente conocimiento.

Nosotros queremos que cada publicación produzca dos activos. El primero es evidente: el propio vídeo, que puede seguir acumulando atención, construyendo marca y generando demanda mucho después de publicarse. El segundo es todo aquello que aprendemos cuando esa pieza entra en contacto con el mercado. Con suficiente tiempo, ese segundo activo puede llegar a valer muchísimo más que cualquier vídeo individual porque mejora las probabilidades de todo lo que construimos después.

Así es como se descubre Creator Market Fit. No diseñando una estrategia una vez y protegiéndola de la realidad, sino utilizando la realidad para hacerla cada vez menos incorrecta.

Cuando entiendes el sistema, los mitos pierden fuerza

Tener un buen modelo mental no elimina la incertidumbre, pero hace que una cantidad enorme de debates sobre YouTube empiecen a resultar bastante menos interesantes. ¿Tenemos que publicar todos los días? Publicar más puede darnos más oportunidades de aprender y permitirnos acumular output más deprisa, pero ninguna frecuencia convierte automáticamente contenido que nadie quiere en contenido que la gente quiere. La frecuencia es una variable operativa, no una sustitución de la calidad y la demanda.

¿YouTube nos castiga si estamos un mes sin publicar? Una pausa puede afectar hábitos de la audiencia, reducir la cantidad de personas esperando activamente nuestra siguiente pieza y hacer que nosotros mismos perdamos ritmo operativo, pero no necesitamos imaginar a un camarero emocionalmente herido porque estuvimos cuatro semanas sin entrar en la cocina. Cuando volvamos, seguirá existiendo la misma pregunta fundamental sobre nuestra nueva pieza: quién podría quererla y qué probabilidades hay de que sea una buena recomendación.

¿Existe una hora perfecta para publicar? Puede tener sentido intentar que una pieza aparezca delante de una parte de nuestra audiencia cuando esa audiencia está activa, especialmente si existe una razón estratégica para concentrar atención al principio. Pero un vídeo con capacidad de generar valor durante meses no debería depender de haber nacido un jueves exactamente a las 18:03.

¿Necesitamos vídeos más largos porque YouTube quiere watch time? Necesitamos vídeos tan largos como podamos seguir justificando el tiempo de la persona. Si una idea necesita ocho minutos, convertirla artificialmente en veinticinco para producir más minutos puede empeorar precisamente la experiencia que esos minutos deberían representar. Si necesita una hora y conseguimos mantener valor durante una hora, recortarla a doce minutos para perseguir un porcentaje de retención más bonito sería igual de absurdo.

¿Un vídeo malo puede quemar nuestro canal? Una pieza puede producir datos poco útiles, atraer a una audiencia incorrecta o simplemente funcionar mal. Pero convertir ese resultado en una maldición algorítmica permanente nos impide aprender de lo que ocurrió. Quizá la idea tenía poco mercado, quizá el packaging era mediocre, quizá la promesa no era suficientemente interesante, quizá la ejecución no sostuvo la atención o quizá todavía no tenemos suficiente información como para sacar una conclusión.

En todos estos casos, la respuesta más útil no es inventar una superstición. Es diagnosticar la restricción.

El punto Goldilocks

Queda una última idea antes de empezar a construir nuestro Troyano. Imagina tres restaurantes. El primero prepara una única receta extremadamente específica que vuelve completamente locas a siete personas en todo el país. Es posiblemente el mejor restaurante del mundo para esas siete personas, pero después de servirlas descubre un problema evidente: no queda demasiada gente a la que pueda interesarle lo que cocina.

El segundo restaurante hace exactamente lo contrario. Intenta gustar a todo el mundo. Tiene pizza, tacos, curry, sushi, hamburguesas, croissants, paella, ramen, helado y probablemente una tostadora industrial detrás de la barra por si aparece alguien con un deseo que todavía no habían contemplado. Nadie encuentra el restaurante especialmente ofensivo. Tampoco existe demasiada gente que sienta que ese lugar está hecho para ella.

El tercero encuentra un punto intermedio. Tiene una identidad suficientemente clara como para provocar una reacción fuerte en determinadas personas, pero juega dentro de un mercado suficientemente grande como para que existan muchas personas capaces de tener esa reacción.

Con las ideas ocurre exactamente lo mismo. Podemos escoger una premisa tan estrecha que, incluso ejecutándola perfectamente, apenas exista atención disponible alrededor de ella. También podemos intentar abrirla tanto que potencialmente incluya a millones de personas pero deje de ser especialmente relevante para ninguna. Cada restricción que añadimos puede reducir el mercado potencial y, al mismo tiempo, aumentar la precisión con la que determinadas personas sienten que el contenido les habla.

El equilibrio adecuado dependerá muchísimo del negocio que existe detrás. Una marca B2C con un producto relativamente barato puede necesitar millones de personas razonablemente relevantes y beneficiarse de ideas capaces de viajar hacia mercados enormes. Una empresa B2B que vende un servicio de cincuenta mil euros puede construir un negocio extraordinario con una audiencia muchísimo menor siempre que exista una concentración alta de las personas correctas.

Otra vez volvemos al GPS. Nuestro objetivo nunca fue construir la audiencia más grande posible. Queremos construir la audiencia correcta a una escala económicamente útil. Eso significa encontrar ideas suficientemente amplias como para contener atención y suficientemente conectadas con nuestro Avatar, nuestra Narrativa y nuestra Oferta como para que esa atención tenga sentido.

Y aquí empieza a quedar claro por qué no podemos saltar directamente al guion.

El camarero no puede vender un plato que nadie quiere

Podemos resumir todo este capítulo volviendo una última vez al restaurante. Tenemos millones de clientes, cientos de millones de posibles platos y un camarero extraordinariamente sofisti

CAPÍTULO 6

Minería

Hasta ahora hemos trabajado principalmente en el nivel macro. Hemos decidido qué queremos que signifique nuestra marca, qué posición queremos ocupar dentro de la cabeza del mercado, a qué persona estamos intentando atraer, qué necesita creer esa persona para avanzar y qué señales vamos a repetir durante suficiente tiempo como para construir determinadas asociaciones alrededor de nuestro nombre. Hemos construido una primera versión del GPS y, en el capítulo anterior, hemos colocado delante de nosotros una primera misión bastante concreta: construir el Troyano. Ya sabemos para quién estamos creando, qué queremos provocar y cuál es la función estratégica de la pieza. Ahora aparece un problema mucho menos filosófico y bastante más incómodo: tenemos que decidir qué vídeo vamos a hacer. Y aquí es donde empezamos a bajar desde la estrategia de marca hacia el oficio de crear contenido. Porque construir una gran marca personal y saber crear grandes vídeos están profundamente relacionados, pero no son exactamente la misma habilidad. Puedes tener una estrategia extraordinaria y producir contenido que nadie quiere consumir. También puedes ser espectacular consiguiendo atención y construir una audiencia que no sirve absolutamente para nada al negocio que existe detrás. Nosotros queremos ambas cosas. Queremos saber hacia dónde estamos conduciendo y, además, aprender a construir un coche suficientemente bueno como para llegar hasta allí.

Dentro de todo el proceso de creación existe una decisión que ocurre antes que prácticamente todas las demás y que condiciona enormemente lo que podremos conseguir después: la idea. Antes de escribir el guion, antes de grabar, antes de editar, antes de elegir la música y antes incluso de obsesionarnos con la miniatura, tenemos que decidir qué pieza merece ser construida. Parece una obviedad, pero una cantidad absurda de creadores dedica treinta horas a ejecutar una decisión que tomó en quince minutos mientras se duchaba. Después el vídeo consigue una fracción de las visualizaciones que esperaban, miran la retención, cambian de editor, compran otra cámara, estudian storytelling durante tres semanas y vuelven a cometer exactamente el mismo error. Están intentando mejorar la ejecución de una premisa que nunca tuvo suficiente fuerza. Puedes convertir una idea mediocre en la mejor versión posible de esa idea mediocre, pero sigue existiendo un límite. Por eso me gusta pensar que la idea es el techo del vídeo. El packaging determinará cuánta gente decide entrar. El guion, la comunicación y la edición determinarán cuánto interés conseguimos mantener después del clic. La calidad general de la pieza decidirá cuánto valor extraemos del potencial que teníamos delante. Pero todas esas variables empiezan a trabajar dentro de un campo de juego que nosotros mismos hemos escogido cuando decidimos qué vídeo construir.

Lo he visto demasiadas veces como para pensar que es casualidad. En Alekai podíamos publicar dos vídeos producidos por prácticamente el mismo equipo, con la misma persona delante de la cámara, un nivel de edición parecido, la misma filosofía de contenido y una cantidad de trabajo bastante similar, y terminar con resultados completamente distintos. Una pieza podía rondar las cien mil visualizaciones y otra multiplicar aquello varias veces. Yo no me había vuelto cinco veces mejor comunicando entre un martes y el siguiente. El editor tampoco había descubierto una teoría secreta del montaje durante el fin de semana. Había diferencias de ejecución, evidentemente, porque nunca existen dos piezas idénticas, pero muchas veces la variable dominante estaba mucho antes: habíamos escogido una idea con mucho más combustible. Algo dentro de aquella promesa, de aquel problema, de aquella historia o de aquel ángulo podía interesar a muchísimas más personas. El vídeo empezó la carrera con más mercado delante.

Antes de continuar quiero separar tres palabras que vamos a utilizar constantemente porque, si no lo hacemos, acabamos llamando "idea" a prácticamente todo. Un tema es el territorio general dentro del que estamos jugando: productividad, marca personal, ventas, fitness, confianza, relaciones, adquisición. Eso todavía no es una idea. "Productividad" no te dice qué vídeo tienes delante. "Marca personal" tampoco. Una idea aparece cuando dentro de ese territorio encontramos una promesa, una tensión, una transformación, una pregunta, una historia o una manera concreta de interpretar algo que puede convertirse en una pieza. "Por qué trabajar más horas está destruyendo tu productividad", "la razón por la que algunas marcas personales generan millones con audiencias pequeñas" o "viví treinta días siguiendo la rutina de la persona más disciplinada que conozco" empiezan a ser ideas. Y después tenemos el packaging: la forma en la que conseguimos que esa idea sea entendida y deseada antes del clic mediante título, miniatura, primeros segundos y todo aquello que el espectador utiliza para decidir si merece la pena entrar. Las tres cosas se tocan muchísimo y a veces sus fronteras son borrosas, pero distinguirlas nos obliga a pensar mejor. No queremos salir a minar simplemente "temas populares" y tampoco queremos reducir la ideación a copiar títulos. Estamos buscando algo más profundo: premisas que contengan demanda.

El tamaño de una idea

En los negocios existe desde hace muchísimo tiempo un concepto llamado TAM, Total Addressable Market, que intenta representar el tamaño total del mercado potencial al que puede servir un producto. Una empresa que vende algo relevante para cientos de millones de personas tiene un TAM radicalmente distinto al de una empresa que resuelve un problema extremadamente específico para tres mil compañías en todo el mundo. Podemos tomar prestada esa forma de pensar para entender las ideas de contenido. Cada vídeo tiene también una especie de mercado potencial de atención: un conjunto de personas capaces de mirar la promesa y sentir que aquello podría ser relevante para ellas. No quiero que interpretes esto como si pudiéramos introducir una idea en una calculadora y descubrir que tiene exactamente 427.321 visualizaciones disponibles. No funciona así. El TAM de una idea no predice cuántas views conseguirá. Simplemente nos obliga a aceptar que no todas las premisas pueden interesar a la misma cantidad de personas y que esa diferencia importa muchísimo antes de producir nada.

Imagina que tengo un canal de fitness. Puedo construir un vídeo alrededor de "cómo empezar a entrenar". El mercado potencial es gigantesco porque prácticamente cualquier persona que esté pensando en ponerse en forma puede verse dentro. Si estrecho la idea hacia "cómo perder peso", elimino inmediatamente a una parte del mercado que quiere ganar músculo, mejorar rendimiento o simplemente sentirse más saludable. Sigue siendo enorme, pero ya es menor. Si continúo hasta "cómo perder peso para hombres de entre treinta y cuarenta años que trabajan diez horas sentados en una oficina", acabo de reducir brutalmente la cantidad de personas capaces de sentirse incluidas. A cambio sucede algo muy interesante: el hombre de treinta y siete años, dos hijos, poco tiempo y veinte kilos que quiere perder puede ignorar veinte vídeos genéricos sobre adelgazar y detenerse de golpe cuando encuentra uno que parece describir su vida. Cada restricción puede reducir el mercado potencial mientras aumenta la precisión del mensaje. Ahí aparece una de las tensiones más importantes de la ideación: amplitud contra relevancia.

Y no existe una respuesta universal sobre cuál de las dos debemos maximizar, porque estamos construyendo contenido al servicio de un negocio. Si vendo un producto B2C relativamente barato, quizá necesito una cantidad enorme de atención y puedo permitir que mis ideas operen dentro de mercados muy amplios. Un creador que ayuda a jóvenes a mejorar sus vidas puede hablar sobre disciplina, dinero, confianza, físico, productividad, carrera, relaciones o propósito y seguir teniendo una concentración razonable de personas que podrían comprar aquello que existe detrás. En ese juego, abrir suficientemente las ideas sin salir del universo del Avatar puede ser una ventaja gigantesca. Un vídeo capaz de interesar a cinco millones de jóvenes relevantes tiene más combustible que otro capaz de interesar solamente a veinte mil. En B2B high ticket, sin embargo, la ecuación puede ser completamente distinta. Si vendo un servicio de veinte mil euros diseñado para una clase específica de empresario, quizá diez mil personas correctas tengan muchísimo más valor económico que un millón de personas equivocadas. Comparar ambos canales únicamente mediante views sería como decidir qué empresa es mejor mirando cuánta gente entra por la puerta sin preguntar cuánto compra cada una.

Yo mismo he jugado los dos juegos. Con Alekai podía moverme muy lejos hacia el lado amplio porque desarrollo personal para jóvenes me permitía tocar deseos compartidos por millones de personas: estar en mejor forma, ser más disciplinado, ganar confianza, dejar de procrastinar, aumentar ingresos, construir una vida de la que sentirte orgulloso. Mi trabajo consistía muchas veces en encontrar la formulación más grande de esos deseos que siguiera resultando profundamente relevante para el Avatar. Con mi marca orientada a empresarios la ecuación cambia por completo. No necesito que veinte millones de personas interesadas vagamente en "ganar dinero" sepan quién soy. Necesito que una determinada clase de empresario comprenda que una marca personal bien construida puede convertirse en un activo comercial y que el contenido, especialmente YouTube, puede utilizarse como canal de adquisición. Eso reduce muchísimo el mercado potencial de determinadas piezas, pero aumenta enormemente el valor de llegar a la persona correcta.

El error, sin embargo, sería asumir que, como mi oferta es específica, cada vídeo tiene que ser igual de específico. Supongamos que vendemos exclusivamente un servicio de YouTube para empresarios. Podríamos concluir que todos nuestros vídeos deberían dirigirse a "empresarios que actualmente quieren contratar un equipo para gestionar su canal de YouTube". Sería una audiencia espectacularmente cualificada. También sería tan pequeña que probablemente estaríamos estrangulando nuestra distribución de manera innecesaria. La oferta puede vivir en el centro de un mercado muy estrecho mientras nuestro contenido opera uno, dos o incluso tres niveles por encima, siempre que el mercado amplio siga conteniendo a nuestros mejores compradores y que el contenido tenga una ruta coherente hacia aquello que vendemos. La especificidad de tu oferta no determina automáticamente la especificidad máxima de tu contenido.

Me gusta visualizar esto como una serie de capas concéntricas. En la capa exterior puedo tener a empresarios que simplemente quieren conseguir más clientes. Dentro están los que empiezan a buscar una fuente de inbound para no depender únicamente de outbound, referrals o paid ads. Más adentro aparecen aquellos que creen que construir una marca personal puede ayudarles a conseguirlo. Dentro de ese grupo encontramos a quienes están interesados específicamente en contenido de formato largo. Y, finalmente, en el centro, están los empresarios que consideran YouTube el vehículo adecuado, tienen el tipo de negocio que podemos ayudar, la capacidad económica necesaria y además se encuentran en el momento correcto para contratar. Mi oferta vive muy cerca de ese centro. Mi contenido no tiene por qué vivir siempre allí. Puedo crear una pieza para la capa de "empresarios que quieren aumentar su demanda" y conseguir una cantidad de atención mucho mayor que hablando únicamente con quienes ya están buscando contratar YouTube. Atraeré también a personas que jamás comprarán. Eso no es necesariamente un problema. Dentro del mercado grande sigue escondido mi mercado pequeño.

Esta idea cambia una pregunta importante. Ya no preguntamos únicamente "¿cuál es la idea con más TAM?" ni "¿cuál es la idea más específica para mi cliente?". Preguntamos algo bastante más útil: ¿cuál es la idea más grande que puedo construir sin diluir tanto la audiencia que deje de tener sentido para mi Avatar y mi negocio? Ahí está muchas veces la oportunidad. Abrir la puerta suficientemente como para aumentar el mercado potencial, pero no tanto como para terminar organizando una fiesta llena de gente a la que jamás queríamos invitar.

De inspiración a evidencia

Llegados a este punto podríamos intentar inventar todas nuestras ideas desde cero. Podríamos sentarnos cada lunes delante de una página en blanco, mirar el GPS, respirar profundamente y esperar que el universo nos entregue una premisa brillante. Es una estrategia. No es la que más me gusta. Una parte enorme de las mejores ideas que he publicado no apareció porque me sentara solo en una habitación y demostrase lo creativo que era. Venía de haber visto algo funcionar en Estados Unidos, en otro idioma, dentro de mi mismo nicho o incluso en un mercado aparentemente desconectado y preguntarme: "¿Qué hay aquí que el mercado ya ha demostrado que quiere y que puedo traer a mi audiencia?". A veces me interesaba el formato. Otras veces era el tema. A veces una miniatura conseguía convertir una idea abstracta en algo instantáneamente comprensible. En otras ocasiones encontraba una estructura narrativa que podía aplicarse completamente fuera de su contexto original. Y, muchas veces, terminaba mezclando ingredientes provenientes de varias piezas distintas hasta construir algo que no había existido exactamente de aquella manera.

No me interesa hacer esto porque quiera convertirte en un creador incapaz de pensar por sí mismo. Me interesa precisamente porque quiero separar creatividad de adivinación. Cada día se publican cantidades absurdas de contenido. Millones de creadores están probando títulos, temas, formatos, historias, promesas, estructuras, miniaturas y mecanismos delante de mercados reales. Algunos de aquellos experimentos mueren sin que nadie los vea. Otros funcionan aproximadamente como cabía esperar. Y, de vez en cuando, ocurre algo raro: una pieza se comporta muchísimo mejor de lo que debería comportarse teniendo en cuenta el rendimiento habitual de aquel creador. El mercado acaba de producir información. Ignorarla para defender la pureza de nuestra originalidad sería como tener delante miles de experimentos de producto gratuitos y decidir que preferimos empezar siempre desde cero.

La forma en la que más me gusta describirlo es validación prestada. Si determinada idea, estructura o mecanismo ha generado una respuesta anormalmente fuerte en personas suficientemente parecidas a las que queremos atraer, tenemos una señal. No tenemos una garantía. No sabemos si nuestra ejecución será buena, si nuestro canal está preparado para ella, si el timing sigue vivo o si hemos entendido realmente qué parte produjo el resultado. Pero sabemos algo más que antes. Hemos sustituido "creo que esto puede molar" por "existe evidencia de que algo aquí merece ser investigado". Y esa diferencia parece pequeña hasta que recuerdas que producir un vídeo extraordinario puede consumir decenas de horas de varias personas. Cuanto más cara sea la ejecución, más absurdo resulta no invertir antes en reducir incertidumbre.

Ahí aparece la idea central de este capítulo. Nosotros no queremos utilizar internet simplemente como una fuente infinita de inspiración. Queremos convertirlo en una mina. Queremos buscar lugares en los que el mercado ya haya dejado señales, extraer de allí la materia prima útil, separar la piedra del mineral y después combinar aquello que encontremos con nuestro GPS, nuestro Avatar, nuestra Narrativa, nuestra experiencia y nuestra manera de hacer las cosas. No estamos buscando vídeos para copiar. Estamos buscando principios transferibles de demanda.

Qué es un outlier

La primera señal que vamos a aprender a detectar es el outlier. Un outlier es una pieza que ha funcionado significativamente mejor que el rendimiento habitual del canal que la publicó. La última parte de esa definición es importantísima porque cambia completamente lo que buscamos. Un vídeo con diez millones de visualizaciones no es necesariamente un outlier. Puede ser incluso un fracaso relativo. Si un creador consigue habitualmente cincuenta millones y una pieza termina en diez, la cifra absoluta sigue siendo gigantesca y, sin embargo, el vídeo ha rendido muy por debajo de su comportamiento normal. En cambio, si encontramos un canal pequeño cuyos vídeos suelen conseguir diez o quince mil visualizaciones y de repente una pieza llega a cuatrocientas mil, acabamos de encontrar una anomalía brutal. El segundo vídeo tiene muchas menos views absolutas, pero contiene una señal muchísimo más interesante para nosotros.

Por eso tenemos que pensar siempre en términos relativos. Podemos aproximar lo que llamaremos Outlier Score dividiendo las visualizaciones de una pieza entre la mediana de los últimos vídeos comparables del canal. Si un creador suele conseguir diez mil visualizaciones y una pieza consigue cien mil, tenemos aproximadamente un 10X. Si otro suele conseguir quinientas mil y una pieza llega al millón, tenemos aproximadamente un 2X. El segundo vídeo sigue siendo muchísimo más grande, pero el primero ha roto con mucha más violencia las expectativas normales de su canal. No quiero convertir esta fórmula en una ciencia exacta porque no lo es. Existen vídeos antiguos que llevan años acumulando views, cambios de tamaño del canal, colaboraciones, tendencias y cien factores más que pueden distorsionar la comparación. Lo que nos interesa es desarrollar sensibilidad hacia la anomalía: algo aquí consiguió que el mercado respondiera de una manera fuera de lo habitual.

El outlier, sin embargo, no nos dice todavía qué ocurrió. Ese es uno de los errores más fáciles de cometer. Ves un 15X, te emocionas, copias el título y empiezas a escribir tu versión. Demasiado rápido. Quizá aquel vídeo explotó porque el tema tenía una demanda extraordinaria. Quizá la miniatura hizo muchísimo más trabajo que la premisa. Puede que el creador aprovechara una noticia ocurrida exactamente dos días antes, apareciera una celebrity, existiera una colaboración irrepetible o la audiencia llevara seis meses esperando aquella historia. También puede que estemos delante de un formato realmente transferible o de una promesa que podría funcionar en diez nichos distintos. El outlier no resuelve el misterio. Solamente nos dice dónde merece la pena cavar.

Por eso, cuando encuentro uno, la pregunta que más me interesa no es "¿cómo hago mi versión de este vídeo?", sino "¿cuál es el ingrediente de oro?". Si tuviera que desmontar esta pieza y llevarme solamente una cosa, ¿qué conservaría? Puede ser el tema. Puede ser una tensión extraordinariamente clara. Puede ser la escala. Puede ser la estructura "X niveles de…". Puede ser una transformación visual. Puede ser la utilización de un personaje conocido. Puede ser la manera en la que el packaging convierte algo complejo en una imagen que entiendes en medio segundo. Puede ser una combinación de dos elementos. Nuestro trabajo consiste en aislar aquello que realmente merece viajar.

Un mal ladrón entra en una casa y se lleva todo lo que encuentra. Un buen ladrón sabe qué objeto vale dinero. Nosotros queremos ser el segundo. Con suficiente práctica empiezas a mirar contenido de manera completamente distinta. Dejas de ver únicamente un vídeo y empiezas a ver componentes. "El tema tiene hambre, pero el formato no me interesa." "Esta estructura es increíble y podría aplicarse a veinte problemas distintos." "La idea es normal; la miniatura está haciendo prácticamente todo." "Lo potente aquí no es que hable de productividad, sino que la ha convertido en siete niveles que permiten al espectador preguntarse inmediatamente en cuál está." Ahí es cuando la minería deja de consistir en guardar links y empieza a convertirse en criterio.

Cómo montar La Mina

Para poder desarrollar ese criterio necesitamos volumen. No quiero que dependas de encontrar accidentalmente un buen vídeo mientras estás desayunando. Quiero construir un entorno que empiece a encontrar materia prima para nosotros de forma casi automática. El primer paso es absurdamente sencillo: crea una cuenta de YouTube destinada exclusivamente a investigación. Puedes hacerlo como quieras. Otro canal bajo el mismo ecosistema, una cuenta completamente nueva o cualquier configuración que te resulte cómoda. Me da exactamente igual. Lo único importante es que ese feed tenga una función. No lo utilices para ver el resumen del partido, un vídeo sobre la cámara que quieres comprarte, un podcast de tres horas sobre un tema completamente desconectado y después esperar que YouTube comprenda perfectamente qué estás investigando. Cada clic es una señal. Cada vídeo que consumes le enseña al sistema qué debería mostrarte después. Vamos a utilizar el algoritmo como un becario extraordinariamente barato que trabaja veinticuatro horas buscando referencias.

Durante los primeros días tienes que entrenar La Mina. Busca los grandes creadores de tu mercado, pero no te quedes únicamente con ellos. Entra también en canales pequeños y medianos porque muchas veces ofrecen señales todavía más limpias: cuando alguien con quince mil suscriptores produce una pieza que llega a medio millón, resulta difícil atribuir todo el resultado a la inercia de una audiencia gigantesca. Busca también mercados adyacentes. Si estás trabajando marca personal para empresarios, quizá te interesa observar creación de contenido, adquisición, ventas, negocios, educación, consultoría, creators B2B e incluso formatos que están apareciendo en otros nichos donde la audiencia responde a mecanismos similares. Mira vídeos relevantes, suscríbete, entra en los canales recomendados, ignora aquello que no tenga nada que ver y marca como irrelevante lo que ensucie demasiado la señal. Estamos enseñando al sistema qué tipo de cosas queremos que encuentre.

Después de un tiempo ocurre algo muy interesante. Dejas de hacer toda la prospección manualmente. Abres YouTube y empiezas a encontrarte delante piezas que jamás habrías buscado por nombre. Un creador desconocido con un vídeo de quinientas mil visualizaciones y veinte mil de media. Un formato que aparece en tres industrias diferentes durante la misma semana. Una idea que está explotando en Estados Unidos y todavía no tiene una versión fuerte en español. Un pequeño canal con una miniatura extrañísima que acaba de romper todo su histórico. YouTube empieza a enseñarte anomalías porque tú le has enseñado qué universo estás observando. La plataforma que normalmente compite por robarte atención se convierte, por unas horas, en una herramienta de investigación.

A partir de ahí, la minería tiene que convertirse en un hábito y no en un proyecto que hacemos solamente cuando nos hemos quedado sin ideas. Entramos en esa cuenta con mentalidad de investigador, no de consumidor. No hacemos scroll porque estamos aburridos. Buscamos patrones, anomalías y materia prima. Miramos una pieza y después entramos al canal para saber qué significan realmente sus views. Comparamos con vídeos anteriores. Observamos qué otros creadores están utilizando el mismo formato. Nos preguntamos si estamos viendo un caso aislado o si empieza a existir una repetición. Y cada vez que encontramos algo interesante, lo guardamos en Daddy. No quiero que confíes en tu memoria y tampoco quiero una carpeta llamada "ideas YouTube" con cuatrocientos links que dentro de tres meses no recuerdas por qué demonios guardaste. Daddy tiene que convertirse en un inventario vivo donde almacenamos la referencia y, sobre todo, el motivo. Qué nos interesa. Qué ingrediente creemos que contiene. Qué Outlier Score aproximado tiene. Qué parte podría ser transferible. No necesitamos saber todavía qué vamos a hacer con todo ello.

Esto último importa muchísimo. Al minero no le exigimos que diseñe la joya mientras sigue dentro de la cueva. Primero extraemos. Después clasificamos. Después analizamos. Solamente entonces decidimos qué mineral merece convertirse en algo nuestro. Con suficiente tiempo, ese simple cambio elimina uno de los momentos más estúpidos de la creación de contenido: la reunión del lunes en la que seis personas miran una pizarra blanca preguntándose "¿qué publicamos esta semana?". En lugar de empezar desde cero, abrimos un inventario donde el mercado lleva meses dejándonos pistas. Un vídeo propio que hizo tres veces nuestra media. Cinco outliers de distintos canales alrededor del mismo deseo. Un formato extranjero que parece estar entrando en crecimiento. Una estructura que funciona en otro nicho pero todavía no ha cruzado al nuestro. Ya no estamos esperando inspiración. Estamos escogiendo dónde cavar.

Primera jugada: Unir

Una vez tenemos piezas de oro encima de la mesa necesitamos convertirlas en algo nuestro. La primera jugada consiste en mirar hacia fuera y unir. Aquí es donde dejamos definitivamente atrás el nivel más básico de "vi un vídeo que funcionó y voy a hacer lo mismo". No queremos trasladar una pieza completa. Queremos extraer ingredientes validados de diferentes lugares y combinarlos dentro de una idea que tenga sentido para nuestro Avatar. Podemos encontrar un formato que está funcionando extraordinariamente bien en un nicho completamente distinto y unirlo con un tema que sabemos que tiene muchísimo hambre dentro del nuestro. Podemos encontrar una promesa potente en una pieza, una estructura narrativa en otra y una forma visual de representarla en una tercera. Podemos utilizar un mecanismo que ya ha demostrado ser interesante, introducir dentro una parte de nuestra Narrativa y terminar con algo cuyo ADN proviene de varios lugares, pero cuya combinación no existía todavía.

La comparación que más me gusta es el sampling en música. Un productor puede coger un pequeño fragmento de una canción anterior y convertirlo en materia prima para algo completamente distinto. Reconoces que existe un origen, pero el resultado no está intentando sustituir a la canción original. El fragmento cambia de contexto, se mezcla con otros elementos, adquiere un ritmo distinto y termina sirviendo a una pieza nueva. Nosotros hacemos algo parecido con las ideas. Supongamos que encontramos fuera de nuestro nicho un formato del estilo "Los siete niveles de…" que está funcionando de manera anormal en varios canales. Al mismo tiempo sabemos, por la investigación de nuestro Avatar, que comunicación es uno de los deseos con más hambre dentro del mercado. Podemos unir ambas cosas y construir "Los siete niveles de comunicador". No hemos descubierto la idea de organizar algo mediante niveles y tampoco hemos inventado el deseo de comunicarse mejor. Lo que hemos hecho es unir dos señales validadas de una manera coherente.

Podemos ir bastante más lejos. Quizá encontramos el concepto de los siete niveles en un vídeo, vemos en una segunda pieza una miniatura que representa visualmente una progresión de manera espectacular y, en una tercera, encontramos un marco conceptual que explica muy bien las diferencias entre principiantes y expertos. Si los tres ingredientes sirven al mismo deseo y no compiten entre ellos, podemos construir una idea sobre varias capas de evidencia. Esto no significa crear monstruos de Frankenstein llenos de cosas que funcionaron por separado. Más piezas no significan automáticamente una pieza mejor. Si un ingrediente habla a un Avatar y otro atrae a uno completamente distinto, la combinación puede destruir claridad. Si dos mecanismos luchan por convertirse en la premisa dominante, el espectador no sabrá qué demonios le estamos ofreciendo. Unir funciona cuando cada ingrediente realiza una función diferente y todos empujan hacia el mismo deseo.

Esta es también la respuesta a una de las objeciones más obvias del capítulo: "Entonces simplemente estamos copiando". Si nuestro sistema consiste en encontrar un vídeo con muchas views, traducir el título, copiar la miniatura y grabar aproximadamente el mismo contenido, sí. Estamos copiando. Y, además de ser bastante mediocre intelectualmente, ese sistema suele deteriorarse muy rápido porque competimos con la pieza original sin aportar ninguna razón para que nuestra versión exista. La minería empieza a volverse interesante cuando aprendemos a robar principios y no piezas. Podemos tomar la estructura, pero cambiar el tema. Mantener la tensión, pero aplicarla a otro Avatar. Coger una forma visual y utilizarla para representar una idea completamente diferente. Unir dos outliers que jamás habían estado juntos. Mover un mecanismo de un mercado a otro. El objetivo no es demostrar que somos originales en cada átomo. El objetivo es utilizar evidencia sin perder criterio.

Segunda jugada: Double Down

La primera jugada mira hacia fuera. La segunda mira hacia dentro. Imagina que publicas un vídeo y termina haciendo cinco veces más visualizaciones que tu media. O consigue una cantidad anormalmente alta de oportunidades. O produce un número de ventas que no habías visto antes. La reacción de muchos creadores es celebrarlo, responder comentarios durante dos días y después volver el lunes siguiente diciendo: "Vale, ahora necesito una idea completamente nueva". No. Hazlo otra vez. No exactamente igual, pero suficientemente parecido como para comprobar si acabas de descubrir algo. Eso es hacer Double Down.

Nuestros propios resultados son, en muchos casos, la mejor evidencia que podemos conseguir porque ya no estamos intentando transferir información desde otro creador, otro idioma, otro mercado o una audiencia distinta. La prueba ha ocurrido con nuestra cara, nuestro contenido, nuestra marca y las personas que YouTube está asociando con nuestro canal. Si una pieza rompe claramente nuestra media y además realiza extraordinariamente bien la función para la que fue creada, merece ser investigada. Y fíjate en la segunda parte: no solamente hablamos de views. Si construimos una pieza con intención comercial y genera diez veces más oportunidades que lo habitual, tenemos un hit aunque las visualizaciones no sean las más grandes del canal. Si una pieza estaba diseñada para introducir gente nueva y rompe brutalmente nuestro alcance, también tenemos algo. Un hit es una pieza que ha hecho extraordinariamente bien el trabajo que le habíamos asignado.

A partir de ahí aparece una escalera que puede cambiar por completo la manera en la que gestionamos el canal: HIT → RÉPLICA → BUCKET → GALLINA DE ORO. El hit es la primera anomalía. Ha funcionado, pero todavía puede existir suerte, timing o alguna variable que no comprendemos. Entonces hacemos Double Down y construimos una réplica. Conservamos aquello que creemos que fue el núcleo y giramos una palanca. Podemos cambiar el subtema, aumentar la escala, aplicar la misma estructura a otro problema, utilizar otro personaje o llevar el mecanismo más lejos. Lo importante es no cambiar diez variables a la vez porque entonces destruimos nuestra capacidad para aprender. Queremos suficiente ADN del original como para que el segundo vídeo sea realmente una prueba de la hipótesis.

Si la réplica también funciona, la señal se vuelve muchísimo más interesante. Ya no tenemos solamente una pieza excepcional. Podemos estar delante de un formato repetible. Hacemos una tercera. Si vuelve a producir resultados, quizá acabamos de descubrir un bucket: un molde con una función reconocible, una estructura que comprendemos, un tipo de packaging razonablemente consistente y un territorio de ideas que podemos seguir alimentando sin reconstruir todo desde cero. Y, de vez en cuando, encontramos algo todavía más valioso: una gallina de los huevos de oro. Un bucket que funciona una y otra vez de manera desproporcionada. Puede ser una serie que el mercado reconoce instantáneamente, un tipo de teardown que siempre genera oportunidades, una estructura educativa que consigue alcance de forma consistente o cualquier mecanismo que, cuando lo alimentamos con una idea suficientemente buena, produce resultados con una probabilidad mucho mayor que nuestras apuestas normales.

Aquí aparece uno de los problemas más divertidos de trabajar con personas creativas: te vas a aburrir de tu gallina mucho antes que tu audiencia. Tú has visto el formato veinte veces desde dentro. Has participado en las reuniones, discutido los títulos, leído los guiones, grabado cada versión, revisado la edición y analizado sus datos. Evidentemente estás cansado. El espectador medio quizá ha visto tres. No mates una máquina rentable porque tu cerebro necesita demostrar que sigue siendo creativo. Mientras el mercado continúe respondiendo, sigue la veta. Cuando realmente empiece a caer, entonces diagnosticamos qué está muriendo. Puede que el bucket siga vivo y se haya quemado solamente un estilo de packaging. Puede que necesitemos introducir un twist. Puede que el tema específico esté agotado. Y sí, algún día puede terminar muriendo el formato completo. Perfecto. Lo jubilamos. Pero no confundamos nuestro aburrimiento con los datos del mercado.

Tercera jugada: Trend Jacking

Existe una tercera forma de encontrar demanda que no mira principalmente hacia outliers históricos ni hacia nuestros propios hits. Mira hacia el momento. El Trend Jacking consiste en detectar algo que ya está acumulando una cantidad anormal de atención y encontrar una forma estratégicamente coherente de conectarlo con nuestro mundo antes de que aquella atención desaparezca. Puede ser una persona, una empresa, una herramienta, una noticia, una película, una polémica, una tendencia cultural, una estética, un producto o prácticamente cualquier cosa que esté ocupando una cantidad desproporcionada de espacio dentro de la conversación. Me gusta pensar que el Trend Jacking consiste en tomar prestada demanda existente.

Si nadie sabe quién eres tú todavía pero millones de personas están obsesionadas con alguien determinado, puedes utilizar a esa persona como puerta de entrada. Quizá analizas su estrategia, su marca, su negocio o una decisión que acaba de tomar. El nombre conocido consigue parte del interés inicial, pero nuestro contenido tiene que conseguir que el espectador salga recordándonos a nosotros. Esto es exactamente lo que ocurre con muchos teardowns. No necesitamos convencer primero al mercado de que la persona analizada merece atención; aquella batalla ya está ganada. Nuestra oportunidad consiste en conectar la demanda existente con una idea que queremos enseñar y utilizar la pieza para empezar a construir nuestras propias asociaciones.

Pero no quiero limitar Trend Jacking a celebrities. Puede aparecer una nueva herramienta de inteligencia artificial que todo un sector empieza a probar, un término que se repite constantemente, un cambio regulatorio importante, una estética que invade todos los feeds, una tecnología, una serie o un comportamiento que está creciendo a una velocidad absurda. Lo que define la oportunidad no es que sea popular, sino que exista momentum. La atención está creciendo ahora. Y eso cambia radicalmente la importancia del timing. Una idea evergreen puede esperar un mes. Una tendencia no. Si detectas una ola cuando está creciendo y tu sistema tarda ocho semanas en publicar, no estás haciendo Trend Jacking. Estás escribiendo historia.

La otra condición es la coherencia. Que algo sea viral no significa que nosotros tengamos derecho estratégico a hablar de ello. Si mi marca existe alrededor de adquisición B2B y decido publicar un vídeo sobre el divorcio de una celebrity únicamente porque todo el mundo está buscándolo, quizá consiga atención. El problema es qué estoy haciendo con esa atención y qué asociación estoy construyendo. El Trend Jacking funciona cuando podemos utilizar la ola para entrar en un territorio que ya pertenece a nuestra marca. La celebrity, la noticia o la tendencia es la puerta. Nuestro mundo tiene que existir detrás de ella.

Antes de aprobar una idea

Llegados a este punto podemos encontrarnos con un problema nuevo: La Mina empieza a llenarse. Tenemos outliers, formatos, hits propios, ideas de otras industrias, tendencias, referencias visuales y una cantidad cada vez mayor de posibilidades. Necesitamos un filtro para decidir cuáles merecen convertirse en producción. Yo quiero que antes de aprobar una idea hagamos cuatro preguntas especialmente importantes: evidencia, Avatar, timing y diferenciación. Primero, ¿qué evidencia tenemos de que aquí existe demanda? Puede ser un outlier enorme, varios outliers parecidos, un hit propio o un comportamiento que estamos viendo repetirse. No necesito certeza, pero sí quiero saber si estamos entrando completamente a ciegas o si el mercado nos ha dejado pistas. Segundo, ¿la idea sigue teniendo sentido para nuestro Avatar? No basta con que algo funcione. Tiene que funcionar delante de una audiencia cuya atención tenga valor para la marca que estamos intentando construir. Tercero, ¿el timing sigue vivo? Podemos descubrir un formato que produjo resultados espectaculares hace seis meses y comprobar que sus últimas quince réplicas en distintos canales están muriendo. Los datos negativos también son información. Y cuarto, ¿existe alguna razón para que nuestra versión merezca existir? Quizá somos los primeros en traerla a otro idioma, tenemos una experiencia que cambia la pieza, podemos combinarla con otro mecanismo, ejecutar mejor, introducir una Narrativa propia o llevar la escala a un sitio distinto. No necesitamos reinventar la electricidad, pero sí necesitamos una razón.

Después pueden entrar criterios secundarios: el coste de producirla, el tamaño aproximado del mercado, qué necesita ahora mismo nuestra telaraña de contenido, qué hemos publicado recientemente, cuánto riesgo queremos asumir o cuál es el calendario. Pero aquellas cuatro preguntas eliminan una cantidad enorme de malas decisiones antes de que nadie empiece a escribir un guion. Evidencia. Avatar. Timing. Diferenciación. Si una idea pasa las cuatro, merece una conversación seria.

Y aquí quiero volver a algo que dijimos al principio porque es fácil convertir todos estos sistemas en una falsa promesa de certeza. La ideación no existe para predecir perfectamente qué vídeo va a explotar. Si alguien puede hacer eso con precisión, probablemente debería dejar de vender cursos y empezar a comprar billetes de lotería. Seguimos trabajando con apuestas. Lo que cambia es la calidad de esas apuestas. Nuestro objetivo consiste en reducir incertidumbre. Encontrar demanda antes de invertir una cantidad absurda de trabajo. Aprender de aquello que ya ha funcionado. Seguir una veta cuando aparece. Observar dónde existen anomalías. Detectar cuándo una ola está creciendo. Retirarnos cuando el mercado empieza a dar señales de fatiga. No queremos acertar siempre. Queremos construir un sistema en el que acertar sea cada vez menos accidental.

Al principio dependerás muchísimo de lo que descubres fuera porque todavía tienes pocos datos propios. Minarás canales más grandes, pequeños, otros idiomas y mercados adyacentes. Utilizarás evidencia prestada porque todavía no has generado suficiente evidencia tuya. Después aparecerá tu primer hit. Lo replicarás. Alguna réplica demostrará que existe un formato. Algún formato se convertirá en un bucket. Y, con suerte, uno de esos buckets terminará convertido en una gallina de oro que podrás alimentar durante muchísimo tiempo. Mientras todo eso sucede seguirás mirando fuera, uniendo ingredientes, trasladando mecanismos, aprovechando tendencias y dejando una parte de tu producción para apuestas completamente nuevas, porque tampoco queremos construir un sistema incapaz de descubrir nada que el mercado no haya visto antes.

Entonces ocurre algo que me parece especialmente bonito: dejas de ser solamente alguien que mina el mercado y empiezas a producir mineral tú también. Cada pieza que publicas genera información. Tus propios resultados vuelven a entrar en La Mina. Tu canal empieza a enseñarte qué temas tienen más hambre, qué promesas abren mejor una puerta, qué estructuras retienen, qué formatos convierten y qué partes de tu Narrativa parecen resonar con más fuerza. Los datos propios empiezan a ocupar progresivamente el lugar de la validación prestada. Ya no dependes tanto de lo que funcionó para otros porque estás construyendo un inventario de cosas que has demostrado que funcionan para ti.

Ese es el punto al que quiero llevarte. No sentarte cada lunes delante de una página en blanco intentando ser creativo bajo presión. No perseguir cada vídeo viral que aparece en tu feed. No copiar a alguien y rezar para que su resultado pueda transferirse mágicamente a tu canal. Quiero que construyas una mina llena de evidencia, que aprendas a reconocer el oro, que sepas qué parte merece ser extraída y que después utilices criterio para combinarla con el GPS que hemos construido durante todo el libro.

Porque ahora ya no necesitamos preguntarnos simplemente qué podríamos publicar.

Podemos escoger qué merece la pena construir.

Y para nuestro Troyano necesitamos exactamente eso: una idea con suficiente demanda para conseguir que la persona correcta quiera entrar y suficiente coherencia estratégica para llevarla, una vez dentro, hacia la conversación que necesitamos tener con ella.

Ya tenemos la idea.

Ahora toca conseguir que alguien quiera hacer clic.

CAPÍTULO 7

Packaging

En el capítulo anterior aprendimos a encontrar ideas que merecen ser construidas. Utilizamos el mercado para detectar dónde ya existía demanda, buscamos outliers, intentamos comprender qué había provocado una reacción desproporcionada, separamos temas de formatos, combinamos ingredientes provenientes de distintos lugares y aprendimos a hacer Double Down cuando nuestro propio contenido empezaba a enseñarnos dónde existía una veta. Todo aquello tenía un objetivo muy concreto: aumentar las probabilidades de escoger una idea que ya contuviese suficiente hambre como para justificar todo el trabajo que vendría después.

Pero encontrar una gran idea solamente resuelve la primera parte del problema.

Ahora tenemos que conseguir que la gente entre.

Para entender por qué esto importa tanto quiero que durante unos minutos dejemos de pensar en vídeos y pensemos en tuberías. Imagina que cada pieza de contenido que publicamos es una tubería por la que queremos hacer pasar agua. El agua son personas. Más concretamente, personas que podrían tener algún sentido para nuestra marca, nuestro Avatar y, eventualmente, nuestro negocio. La ideación determina en gran medida cuánta agua puede llegar a aparecer delante de la entrada. Una idea con un mercado potencial gigantesco puede colocar nuestro vídeo delante de cientos de miles o millones de personas. Una idea extremadamente pequeña quizá solamente tenga espacio para unas pocas decenas de miles. Eso es exactamente lo que vimos cuando hablamos del TAM de una idea. Algunas decisiones nacen con un océano detrás. Otras nacen con un vaso.

El problema es que colocar agua delante de la tubería no significa que vaya a entrar.

YouTube puede decidir mostrar nuestro vídeo en Inicio, sugeridos, búsqueda o cualquier otra superficie. Eso genera una impresión. Una persona acaba de pasar por delante de la entrada. Pero aquella persona todavía no ha visto nuestro storytelling, no ha escuchado nuestra mejor idea, no ha descubierto la historia que contamos en el minuto ocho y le importa bastante poco que hayamos tardado treinta horas en editar la pieza. En ese momento solamente tiene delante una pequeña colección de señales: una miniatura, un título, quién ha publicado el vídeo, cuánto dura, cuántas visualizaciones parece tener y un montón de alternativas compitiendo exactamente por el mismo clic. Con toda aquella información toma una decisión en una fracción de segundo.

Entro.

O sigo caminando.

Ahí aparece el primer agujero importante de nuestra tubería.

Puedes tener el mejor vídeo que hayas escrito en tu vida. Puedes haber construido una explicación extraordinaria, resolver un problema real, utilizar una historia personal capaz de conectar profundamente con el Avatar, demostrar una cantidad absurda de valor y terminar con un mecanismo comercial integrado de una manera tan elegante que nadie sienta que le estás vendiendo absolutamente nada. Todo aquello puede estar ejecutado a un nivel espectacular. Pero si la mayoría de personas que pasan delante de la entrada decide continuar haciendo scroll, todo lo que existe después pierde una parte enorme de su capacidad de impacto. No porque lo de abajo sea menos importante. Simplemente porque cada etapa del contenido solo puede trabajar con las personas que consigue entregarle la etapa anterior.

Ese es el leverage del principio.

La idea determina cuánta gente puede terminar pasando por delante. El packaging determina cuánta decide entrar. El hook determina cuánta sobrevive a los primeros segundos. Después aparecerán el guion, la estructura, la comunicación, la edición, la entrega de valor y todas las cosas que iremos construyendo más adelante. Pero cuanto más arriba se encuentre una fuga, mayor es la cantidad total de personas a la que afecta. Podemos pasar dos semanas intentando mejorar en un dos por ciento una sección del minuto catorce o conseguir que un packaging mejor entregue el vídeo completo al doble de personas.

Eso no significa que tengamos que convertirnos en esclavos de una métrica. Significa que tenemos que entender el sistema.

El primer agujero

Supongamos que YouTube enseña nuestro vídeo cien mil veces. Esas cien mil impresiones no significan que cien mil personas hayan prestado atención de verdad. Significan que nuestra pieza apareció delante de ellas y tuvo una oportunidad de competir. Algunas ni siquiera habrán procesado conscientemente que existíamos. Otras habrán mirado durante medio segundo. Algunas conocerán nuestra cara. Otras jamás habrán escuchado nuestro nombre. Pero, dentro de ese universo, una parte decidirá hacer clic.

Si nuestro CTR termina siendo de un cuatro por ciento, aproximadamente cuatro mil de aquellas impresiones se convirtieron en entradas. Si conseguimos elevarlo a un ocho por ciento con un volumen parecido, hemos entregado el mismo vídeo aproximadamente al doble de personas. No hemos reescrito el storytelling, no hemos añadido una nueva lección, no hemos mejorado el producto y no hemos encontrado una manera revolucionaria de editar. Hemos conseguido algo mucho más simple: que una mayor proporción de las oportunidades que recibíamos se convirtieran en espectadores.

CTR significa Click-Through Rate y nos ayuda a observar precisamente esa conversión entre impresión y clic. No es una métrica que podamos interpretar de forma aislada ni existe un porcentaje mágico al que todos los vídeos deberían aspirar. Cambia dependiendo de la superficie, del canal, de la audiencia, de la idea, del momento de distribución y de muchísimas otras variables. Además, podríamos conseguir un CTR extraordinario prometiendo una barbaridad y después destruir la retención cuando el espectador descubre que aquello que vendimos fuera no existe dentro. El CTR no es el objetivo final. Es una manera de observar lo bien que estamos convirtiendo una oportunidad de atención en una entrada real.

Packaging es nuestro intento de mejorar esa conversión sin romper todo lo que viene después.

Y para hacerlo necesitamos entender qué está decidiendo realmente una persona cuando nos encuentra.

Qué es realmente el packaging

Cuando hablamos de packaging solemos resumirlo diciendo que está formado por miniatura y título. Es una definición suficientemente buena para trabajar, aunque la realidad contiene algo más de contexto. Una persona no observa nuestra miniatura flotando sola sobre una pared blanca. La ve dentro de una interfaz rodeada por otras piezas. Puede reconocer nuestra cara. Puede saber que lleva tres años consumiendo nuestros vídeos y confiar de antemano en nosotros. Puede observar que el vídeo tiene tres millones de visitas o que fue publicado hace doce minutos. Puede ver que dura seis minutos o una hora y cuarenta. Todo aquello modifica ligeramente la percepción de la oportunidad.

Pero existen dos piezas sobre las que tenemos muchísimo más control antes de publicar y que realizan gran parte del trabajo deliberado: la miniatura y el título.

Y ambas tienen que funcionar como un sistema.

No quiero que pienses en una miniatura espectacular a la que después pegamos un título decente debajo. Tampoco quiero que escribamos veinte títulos aislados y después pidamos a un diseñador que "haga algo llamativo" con uno de ellos. Estamos construyendo una secuencia de atención. Cada elemento tiene un trabajo distinto y la fuerza aparece cuando se pasan información entre sí.

Me gusta pensar en esa secuencia como un Triple Punch.

Imagínate entrando en Inicio. Tus ojos se mueven por la pantalla y tu cerebro elimina opciones a una velocidad absurda. No analizas cada vídeo racionalmente durante veinte segundos antes de tomar una decisión. La inmensa mayoría de piezas desaparecen casi antes de que seas consciente de haberlas visto. Pero de repente una determinada miniatura hace algo diferente. Puede ser una cara, un objeto, una composición, un contraste, una situación o simplemente algo que rompe el patrón del resto de cosas que tienes delante.

Tus ojos se detienen.

Ese es el primer golpe.

Todavía no hemos conseguido el clic. Solamente hemos ganado el derecho a ser considerados.

Entonces ocurre el segundo movimiento. Tus ojos bajan hacia el título. Lees unas palabras y, mientras lo haces, recoges también pequeñas señales de contexto. Quién lo ha publicado. Cuánto dura. Cuántas visitas tiene. Toda aquella información añade significado a la imagen que acababas de ver. Algo que antes era simplemente extraño puede empezar a adquirir sentido. Una cara puede dejar de ser una cara y convertirse en la persona responsable de algo que quieres entender. Un número deja de ser una cifra decorativa y empieza a representar un resultado que deseas.

Ese es el segundo golpe.

Y después ocurre algo especialmente interesante. Vuelves a mirar la miniatura.

Solo que ahora no estás mirando exactamente la misma imagen.

El título acaba de cambiarla.

La miniatura contiene los mismos píxeles, pero tu cerebro tiene información que hace un segundo no poseía. Aquella expresión facial significa otra cosa. El objeto tiene una función. La contradicción se vuelve evidente. El resultado que estabas viendo ahora contiene una causa que todavía no entiendes. Miniatura y título se combinan dentro de tu cabeza y terminan creando una expectativa.

Ese es el tercer golpe.

Miniatura.

Título y contexto.

Vuelta a la miniatura.

Y después, si hemos hecho bien nuestro trabajo, clic.

El packaging no consiste simplemente en diseñar bonito. Estamos diseñando una secuencia de atención.

Primer golpe: Standout

Antes de conseguir que alguien entienda nuestra miniatura necesitamos conseguir que la vea.

Parece una distinción pequeña, pero cambia completamente la forma en la que diseñamos.

Nuestro vídeo no aparece solo. Vive dentro de un campo de batalla visual en el que existen caras, colores, texto, objetos, logos, números, gráficos, flechas, celebridades, coches, casas, transformaciones y personas haciendo expresiones que probablemente jamás harían en una conversación normal. Todo el mundo está intentando ganar exactamente los mismos centímetros de pantalla y la misma fracción de atención.

La primera batalla no es intelectual.

Es perceptiva.

Si nuestra miniatura desaparece dentro del entorno, podemos tener detrás una idea extraordinaria y nadie llegará suficientemente lejos como para descubrirla. Por eso el primer principio es Standout. La imagen necesita producir suficiente contraste respecto a aquello que tiene alrededor como para conseguir que el ojo se detenga allí antes que en otra parte.

Y contraste no significa necesariamente más.

No significa utilizar el amarillo más nuclear que puedas encontrar, poner tu cara a cuatro centímetros virtuales de la cámara y escribir "ESTO LO CAMBIA TODO" con una flecha roja apuntando a algún lugar donde no existe nada. Significa comprender el terreno donde estás compitiendo y encontrar una manera de romperlo.

Imagina que abres los canales más grandes de tu nicho y descubres que prácticamente todas las miniaturas utilizan fondos oscuros, una cara enorme iluminada en naranja y verde y texto blanco ocupando media imagen. Podrías competir intentando hacer exactamente lo mismo pero todavía más fuerte. Más oscuro. Más cara. Más verde. Más texto. O podrías hacer algo mucho más interesante: preguntarte qué aspecto tendría una miniatura casi completamente blanca dentro de aquel mismo feed.

De repente el vacío destaca.

Quizá no necesitas una cara. Quizá una sola silueta pequeña en mitad del espacio produce más atención que cinco personas enormes. Quizá todos están utilizando diseños hiperproducidos y una fotografía aparentemente casual rompe el patrón. Quizá todo el mundo muestra el resultado final y nosotros enseñamos el segundo anterior a que ocurra.

La atención siempre es relativa al entorno.

Un punto rojo dentro de una pared blanca llama muchísimo la atención.

Cien puntos rojos se convierten en la pared.

Esa es también una de las razones por las que copiar literalmente las miniaturas que están funcionando dentro de un nicho termina destruyendo precisamente aquello que hizo que funcionasen. Alguien descubre una estética nueva. Destaca. Tiene éxito. El resto interpreta correctamente que existe algo interesante allí y empieza a copiarla. Poco a poco el lenguaje visual se extiende hasta que prácticamente todos utilizan la misma combinación. Entonces lo que originalmente destacaba deja de destacar precisamente porque tuvo demasiado éxito.

Se convirtió en el fondo.

Por eso la pregunta no es simplemente:

"¿Qué miniaturas funcionan?"

La pregunta mucho más útil es:

"¿Qué hará que esta miniatura destaque dentro del feed específico en el que va a competir?"

Tenemos varias armas para conseguirlo. El texto puede dominar una imagen porque detectamos palabras y números extremadamente rápido. Las caras pueden funcionar porque somos máquinas obsesionadas con leer otras caras y sus emociones. Los objetos reconocibles permiten que el cerebro entienda una escena en décimas de segundo. Las marcas, personajes o símbolos que el Avatar ya conoce arrastran asociaciones que nosotros no tenemos que construir desde cero. El color puede crear una separación brutal entre nuestra pieza y las que tiene alrededor. Una composición extraña puede obligar a mirar dos veces. Una diferencia enorme de escala puede hacer exactamente lo mismo.

Pero ninguna herramienta funciona en abstracto.

El rojo no destaca porque sea rojo.

Destaca si aquello que tiene alrededor no lo es.

Una cara famosa tampoco gana automáticamente si todas las demás miniaturas están llenas de caras famosas. El minimalismo puede desaparecer en determinados feeds y convertirse en un misil dentro de otro lleno de ruido. Incluso añadir texto puede aumentar brutalmente la claridad de una miniatura o destruirla si estamos intentando hacer que siete elementos distintos griten al mismo tiempo.

Por eso nunca deberíamos juzgar una miniatura solamente cuando ocupa toda nuestra pantalla.

Ahí no existe competición.

La imagen tiene todo el terreno para sí misma, el texto se lee perfectamente, podemos observar cada pequeño detalle y el objeto de la esquina parece mucho más importante de lo que será cuando la pieza mida unos pocos centímetros en un teléfono. La prueba real ocurre cuando reducimos la miniatura y la colocamos al lado de diez o quince vídeos que podrían aparecer delante exactamente del mismo Avatar.

Ahí descubrimos la verdad.

¿Dónde va el ojo primero?

¿Qué elemento domina?

¿Se sigue entendiendo?

¿Desaparece?

¿Hay seis cosas intentando ser la protagonista?

¿Podrías recordar aproximadamente la imagen dos segundos después de haberla visto?

Standout no se juzga en Photoshop.

Se juzga en el feed.

Pero conseguir que alguien nos mire solamente nos compra unas décimas de segundo. Una miniatura puede ser extraordinariamente llamativa y todavía no dar absolutamente ninguna razón para entrar.

Tenemos atención.

Ahora necesitamos convertirla en deseo.

No basta con conseguir curiosidad

Aquí existe una distinción que quiero que tengas muy clara porque una cantidad enorme de contenido sobre packaging se queda a mitad de camino. Muchas personas aprenden que necesitamos curiosidad y empiezan a construir títulos y miniaturas intentando esconder información como si cualquier pregunta abierta fuese suficiente para producir un clic.

No lo es.

Podría decirte:

"Existe una ciudad europea que tiene exactamente 18.427 farolas de un determinado color."

No te he dicho cuál es la ciudad.

Tampoco el color.

Existe información que no tienes.

Existe técnicamente un hueco.

Pero probablemente te importa una mierda.

La curiosidad amplifica deseo.

No puede sustituirlo.

Antes de preguntarnos qué información podemos esconder necesitamos saber si aquello que existe al otro lado del hueco contiene algo que nuestro Avatar realmente quiere. Puede ser un resultado que desea conseguir, un problema que lleva tiempo intentando resolver, una creencia que estructura su manera de interpretar el mundo, una amenaza que quiere evitar, una persona a la que presta atención o simplemente una historia cuya resolución contiene suficiente recompensa emocional.

Esto conecta directamente con absolutamente todo lo que hemos construido hasta ahora. El Avatar no aparece mágicamente en el capítulo de Packaging. Sigue siendo la persona para la que estamos tomando decisiones.

Si nuestro Avatar es un empresario que intenta conseguir más clientes mediante contenido y le digo:

"Existe una única métrica dentro de tus vídeos que me permite identificar cuáles están generando clientes."

Ahora tenemos algo diferente.

Generar clientes le importa.

Analizar su contenido le importa.

La posibilidad de que una métrica simplifique aquel problema le importa.

Y no sabe cuál es.

Deseo más información parcial.

Ahora sí aparece tensión.

El packaging no consiste únicamente en conseguir que una persona quiera saber.

Consiste en conseguir que la persona correcta quiera saber algo que le importa.

El Curiosity Gap

Antes de explicarlo formalmente quiero que pienses en algunos packagings imaginarios y observes qué pregunta aparece automáticamente dentro de tu cabeza.

Una miniatura enseña dos capturas del mismo canal. En una aparecen 12.000 visualizaciones. En la otra 1,2 millones. El título dice: "Solamente cambié esto entre un vídeo y el siguiente."

¿Qué cambió?

Una persona aparece sujetando dos páginas prácticamente idénticas. Encima de una pone "3%". Encima de la otra "9%". El título dice: "Una frase triplicó los clics."

¿Qué frase?

Ves un estudio enorme, iluminación perfecta, tres cámaras y un equipo profesional. Al lado aparece un vídeo grabado aparentemente con un teléfono que tiene diez veces más visualizaciones. El título dice: "Mi peor producido fue mi mejor vídeo."

¿Por qué?

Miniatura: una gráfica subiendo violentamente justo después de un único punto rojo. Título: "Dejé de publicar durante 30 días."

¿Por qué creciste después de dejar de publicar?

Miniatura: tres maneras de conseguir clientes y una de ellas aparece completamente tachada. Título: "Gasté 50.000€ descubriendo cuál funcionaba."

¿Cuál ganó?

Observa lo que ha ocurrido. En ningún momento he tenido que escribir debajo de cada pieza "ESTO GENERA CURIOSIDAD". Tú mismo has producido las preguntas.

Existe un nombre para aquello que acabas de experimentar.

Curiosity Gap.

El Curiosity Gap es el espacio entre la información que poseemos y una pieza concreta de información que queremos conseguir. Mientras ese espacio existe aparece tensión y esa tensión busca resolución. Me gusta imaginarlo como un puente roto sobre un abismo. El espectador se encuentra en un lado con todo aquello que sabe ahora mismo. Al otro lado existe una respuesta, mecanismo, resultado o conclusión que desea conseguir. Entre ambos puntos queda un espacio vacío.

Nuestro packaging abre ese abismo.

El clic es el salto.

El vídeo tiene que construir el puente.

La idea de la brecha de información se asocia a George Loewenstein y resulta especialmente útil para nosotros por una razón: demuestra que la curiosidad no aparece simplemente porque desconozcamos algo. Todos nosotros desconocemos una cantidad prácticamente infinita de información y la mayoría no produce la más mínima reacción.

No sabes lo que desayunó esta mañana un señor llamado Hiroshi en Osaka.

Tampoco sabes cuántas ventanas hay exactamente en un edificio aleatorio de Nebraska.

Y probablemente conseguirás dormir esta noche.

La ignorancia completa no es suficiente.

La curiosidad aparece cuando conocemos suficiente como para detectar que falta una pieza concreta.

Compara:

"Esto lo cambiará todo."

con:

"Cambié una sola frase de mi intro y la retención subió un 20%."

En la primera versión no tengo prácticamente nada. No sé qué es "esto". No sé qué cambia. No sé por qué debería importarme. El misterio es tan amplio que no existe una pregunta claramente definida.

En la segunda conozco la situación.

Había una intro.

Cambiaste una frase.

La retención subió.

Y me falta una pieza perfectamente identificable.

¿Qué frase?

Eso es un gap.

Pieza de información más hueco concreto.

La vaguedad no abre el abismo.

Lo llena de niebla.

Imagina otro ejemplo. Un hombre roba cuatro dólares de comida y termina delante de un juez. Hasta ahí conocemos la situación. Pero el título termina diciendo: "Y esto fue lo que dijo el juez."

Ahora existe una pregunta.

¿Qué dijo?

No necesitamos esconder absolutamente todo. De hecho, esconderlo todo suele funcionar peor. Necesitamos darle al cerebro suficiente información como para construir una pregunta específica y reservar exactamente la pieza que necesita para completarla.

Da el aperitivo.

No el banquete.

Si escribo:

"Las tres mejores formas de conseguir clientes son contenido, ads y outbound."

Gracias.

Ya me has dado la respuesta.

Puedo seguir con mi vida.

Pero si escribo:

"Probé las tres formas más populares de conseguir clientes. Una fue seis veces mejor que las otras."

Ahora sé que existen tres.

Sé que las probaste.

Sé que apareció una diferencia enorme.

Y no sé cuál ganó.

¿Cuál?

El gap acaba de abrirse.

El Gap nace del Avatar

Aquí volvemos a nuestro GPS porque existe una regla más importante que aprender cincuenta plantillas de títulos: el Curiosity Gap solamente tiene fuerza real cuando lo abrimos encima de algo que nuestro Avatar ya desea.

No tenemos que fabricar el deseo.

Tenemos que encontrarlo.

Nuestro Avatar vive en una situación actual y quiere avanzar hacia otra. Tiene problemas, aspiraciones, miedos, frustraciones, creencias e intentos fallidos. Lleva probablemente mucho más tiempo pensando en su problema que nosotros pensando en la miniatura. Aquello ya existe dentro de su cabeza antes de que aparezcamos.

Nuestro trabajo consiste muchas veces en enseñarle una pieza nueva dentro del camino que conecta ambos estados.

Piensa en alguien que quiere aprender a comunicarse mejor. Se queda en blanco con desconocidos. No sabe qué decir. Siente que las conversaciones se vuelven incómodas. Le gustaría poder conocer prácticamente a cualquier persona y desarrollar confianza mucho más rápido.

Si le decimos:

"¿Te cuesta hablar con desconocidos?"

no hemos abierto nada.

Gracias, Sherlock.

Lo sabe.

Vive allí.

Pero supongamos que introducimos esta posibilidad:

"Para comunicarte con prácticamente cualquier persona solamente necesitas descubrir en cuál de estos cuatro colores encaja."

Ahora acaba de aparecer un mecanismo.

Cuatro colores.

No sabe cuáles son.

No sabe cuál es él.

No sabe cómo identificar el de otra persona.

No sabe qué cambia después cuando lo descubre.

Y, sin embargo, acabamos de insinuar que un problema que consideraba complejo podría tener una estructura mucho más sencilla de lo que pensaba.

¿Cuáles son los cuatro?

¿Cuál soy yo?

¿Cómo reconozco al otro?

¿De verdad funciona?

El Avatar ya traía el deseo.

Nosotros introdujimos una pieza parcial del puente.

Ahí vive la curiosidad que nos interesa.

Por eso el packaging más fuerte suele contener dos fuerzas trabajando al mismo tiempo: algo que quiero y algo que todavía no sé.

Deseo y gap.

Si falta deseo, tenemos trivia.

Si falta gap, tenemos una respuesta.

Cuando ambos aparecen juntos tenemos una razón para clicar.

Cuatro maneras de abrir una brecha

Una vez entendemos la mecánica podemos empezar a provocar estas brechas deliberadamente. No quiero darte cuarenta y siete fórmulas porque terminaríamos haciendo exactamente lo contrario de aquello que intento enseñarte durante todo el libro: sustituir criterio por recetas. Pero existen cuatro formas de abrir curiosidad que aparecen una y otra vez y que merece la pena aprender a reconocer.

La primera consiste en insinuar valor sin revelar exactamente dónde se encuentra. Sabemos que existe una pieza importante y entendemos aproximadamente por qué debería importarnos, pero todavía no tenemos acceso a ella.

"Hay una métrica que casi nadie mira y que decide si tu canal está creciendo de verdad."

¿Qué métrica?

La segunda es la yuxtaposición inesperada. Colocamos juntas dos cosas que, de acuerdo con el modelo mental del espectador, no deberían convivir.

"El vídeo que peor edité es el que más visualizaciones consiguió."

Si mejor ejecución debería producir mejores resultados, ¿por qué ocurrió lo contrario?

La tercera es la especificidad sorprendente. Los detalles concretos permiten al cerebro agarrar una situación mucho mejor que las afirmaciones vagas.

"Una frase de tres palabras batió a una de doce."

Tres contra doce.

Existe una diferencia visible.

¿Qué tres palabras?

Y la cuarta consiste en desafiar una creencia.

"Dejé de publicar cada día y crecí más rápido."

Si el espectador cree que publicar más debería producir más crecimiento, acabamos de romper una expectativa. Y cuando la realidad contradice nuestro modelo mental buscamos rápidamente una explicación que consiga reparar la grieta.

Estos disparadores pueden vivir juntos.

"Dejé de publicar cada día y dupliqué mis visualizaciones en 30 días."

Hemos roto una creencia.

Hemos añadido especificidad.

Hemos insinuado un resultado.

Y todavía no hemos explicado el mecanismo.

Varias capas tiran de la misma cuerda.

Pero cuando te pierdas entre todas estas técnicas quiero que regreses siempre a la misma fórmula:

Pieza de información + hueco concreto.

Dale suficiente para construir la pregunta.

No suficiente para cerrarla.

No escondas todo.

Oculta lo correcto.

Curiosity Gap no es clickbait

Llegados hasta aquí podríamos utilizar absolutamente todo lo que acabamos de aprender para conseguir más clics y convertirnos en unos hijos de puta.

Por eso necesitamos introducir una distinción.

Curiosity Gap y clickbait empiezan exactamente en el mismo lugar.

Ambos abren una brecha.

La diferencia aparece después.

Clickbait significa abrir un abismo prometiendo una recompensa y construir después un puente que no llega al otro lado. Exageramos, ocultamos, deformamos o insinuamos algo muchísimo mejor que aquello que realmente existe dentro. Conseguimos el salto y dejamos al espectador colgando sobre el vacío.

Un Curiosity Gap bien utilizado abre exactamente la misma tensión, pero después entrega una recompensa digna de aquello que prometimos.

La apertura puede ser agresiva.

La promesa puede ser enorme.

La curiosidad puede ser brutal.

La diferencia es si pagamos.

Y esto es especialmente importante dentro de YouTube porque engañar a alguien para conseguir un clic es bastante más sencillo que engañarle para conseguir quince minutos de atención. Podemos construir el packaging más irresistible del mundo y disparar el CTR, pero si todo el mundo abandona veinte segundos después al descubrir que aquello no existía, hemos ganado una pequeña métrica y perdido la partida.

El clickbait gana el clic.

La maestría gana el clic y el visionado.

Pero para nosotros existe además una tercera capa porque estamos construyendo una marca. No queremos únicamente esta visita. Queremos que la siguiente vez que aparezcamos delante de esa misma persona exista un poquito más de confianza.

Cada gap es un pequeño préstamo de atención.

El espectador nos entrega tiempo porque cree que vamos a pagar una promesa.

Si devolvemos aquel préstamo con intereses, la próxima vez estará dispuesto a prestarnos más.

Si no lo devolvemos, acumulamos deuda.

Eso es marca.

Una historia en varias superficies

Miniatura y título no deberían funcionar como dos vendedores gritándose mutuamente exactamente la misma frase.

Necesitamos que colaboren.

Si la miniatura ya comunica visualmente el resultado, el título puede introducir el mecanismo.

Si la miniatura enseña una persona conocida, el título puede explicar por qué debería importarnos lo que le ocurrió.

Si mostramos una transformación, el título puede añadir tiempo, dificultad o causa.

Si la miniatura contiene un objeto extraño, el título puede insinuar su consecuencia.

Ambas piezas cuentan la misma historia.

Pero aportan información diferente.

Esta es una distinción importante porque uno de los errores más comunes consiste en utilizar el título como una descripción literal de la miniatura. Ponemos una captura de una persona perdiendo veinte kilos y debajo escribimos: "Cómo perdí veinte kilos". La imagen ya ha dicho una parte enorme de aquello. Estamos utilizando el segundo golpe para repetir el primero.

Podríamos añadir algo nuevo.

"Dejé de hacer cardio."

Ahora aparece tensión.

Veo el resultado.

Leo una explicación que contradice aquello que esperaba.

Vuelvo a mirar la transformación.

¿Qué coño hizo entonces?

Triple Punch.

Y esta misma coherencia tiene que sobrevivir al clic.

Si la miniatura promete una transformación física, el título habla de ganar un millón de euros y nuestra primera frase cuenta una anécdota sobre cuando teníamos siete años, no tenemos un packaging sofisticado.

Tenemos tres vídeos chocando entre sí.

El camino tiene que sentirse inevitable.

Veo algo.

Leo algo que aumenta el interés.

Clico.

Y los primeros segundos me confirman inmediatamente:

"Sí. Estoy exactamente donde quería estar."

A partir de ahí el Curiosity Gap cambia de superficie. La gran pregunta que abrimos fuera se convierte en una promesa que el vídeo tendrá que sostener dentro. Más adelante veremos cómo construir aquellas preguntas, cómo dosificar respuestas, cómo abrir nuevos bucles y cómo mantener suficiente tensión para que una persona quiera continuar. Eso pertenece al siguiente agujero de nuestra tubería.

Por ahora solamente necesitas entender una regla:

Nunca abras un gap que tu vídeo no pueda pagar.

Aprende a diseñar antes de delegar

Llegados a este punto ya sabemos qué estamos intentando construir. Tenemos una idea suficientemente buena. Entendemos que nuestra miniatura tiene que competir dentro de un entorno real. Sabemos que necesitamos detener la mirada, conectar aquello que mostramos con un deseo existente, crear un hueco concreto y conseguir que título y miniatura trabajen juntos para formar una única expectativa.

Ahora toca convertir todo aquello en un rectángulo.

Y aquí normalmente aparecen dos caminos. Puedes diseñar tus propias miniaturas o conseguir que otra persona las diseñe por ti. Eventualmente, si construyes suficiente volumen, es bastante probable que termines delegando una parte importante de la ejecución. No porque seas incapaz de seguir haciéndolo, sino porque mover caras, separar fondos y ajustar sombras durante varias horas quizá deje de ser el lugar donde tu tiempo produce más valor.

Pero si estás empezando mi recomendación es bastante clara:

aprende primero.

No porque quiera convertirte en diseñador.

No porque piense que dentro de cinco años deberías seguir abriendo Photoshop cada martes a las once de la noche.

Quiero que aprendas porque existe una diferencia gigantesca entre delegar una habilidad que comprendes y delegar una caja negra.

Cuando nunca has diseñado una miniatura puedes recibir una versión y saber intuitivamente que existe algo raro, pero no tienes lenguaje para localizar el problema. Entonces aparecen frases terroríficas.

"Hazla más llamativa."

"Que parezca más premium."

"No sé, le falta algo."

"Dale otra vuelta."

El diseñador da otra vuelta.

Tú vuelves a mirarla.

Sigue sin funcionar.

Nadie sabe por qué.

Después de seis rondas los dos odiáis la miniatura y probablemente también un poquito el uno al otro.

En cambio, cuando has construido suficientes piezas tú mismo empiezas a desarrollar criterio. Descubres lo brutal que puede ser mover una cara un diez por ciento hacia un lado. Aprendes que un objeto que parecía gigantesco cuando ocupaba toda la pantalla prácticamente desaparece cuando reduces la imagen a tamaño feed. Empiezas a entender por qué dos colores se mezclan, por qué una figura necesita separarse del fondo, cuánto texto sobrevive realmente en móvil, qué ocurre cuando seis elementos poseen exactamente el mismo peso visual y por qué determinadas composiciones funcionan incluso antes de que tengas lenguaje técnico suficiente para describirlas.

Lo más importante es que dejas de mirar una miniatura como una imagen bonita.

Empiezas a verla como un sistema de atención.

Sabes dónde debería ir el ojo primero.

Puedes señalar qué objeto está compitiendo con el protagonista.

Entiendes qué información sobra.

Puedes identificar que el problema no es el color sino que estamos intentando comunicar tres ideas distintas en el mismo espacio.

Y ese criterio es exactamente aquello que más tarde permite delegar de verdad.

Cuando trabajes con un diseñador, tu trabajo ya no consistirá en empujar cada píxel. Consistirá en dirigir atención. Podrás explicar qué historia tiene que contar la imagen, cuál es el elemento dominante, qué emoción necesitamos provocar, qué gap estamos intentando abrir, qué referencias nos interesan, qué papel cumple cada objeto y qué tiene que entender el espectador antes incluso de leer el título.

Entonces un diseñador bueno puede hacer algo muchísimo mejor de lo que tú harías técnicamente porque domina herramientas que quizá tú jamás dominarás.

Pero la estrategia sigue bajo control.

Puedes delegar Photoshop.

No deberías delegar saber por qué alguien hace clic.

Antes de aprobar un packaging quiero que seas capaz de mirarlo y responder mentalmente unas pocas preguntas. ¿Destaca dentro del feed real en el que va a competir? ¿Está claro dónde quiero que vaya el ojo primero? ¿Existe una única promesa dominante o estoy intentando contar cuatro historias a la vez? ¿El Avatar desea aquello que estamos insinuando? ¿Existe una pieza concreta que todavía no sabe y quiere descubrir? ¿Título y miniatura añaden información distinta o se limitan a repetirse? ¿La imagen sigue funcionando cuando mide unos centímetros? ¿Y, probablemente la pregunta más importante de todas, existe realmente dentro del vídeo aquello que estamos prometiendo fuera?

Si puedes responder esas preguntas tienes criterio suficiente para empezar a dirigir.

La ejecución técnica puede aprenderse, practicarla o eventualmente delegarla.

El criterio no deberíamos externalizarlo tan rápido.

El packaging es una hipótesis

Existe otra ventaja enorme en todo esto que quiero que entiendas antes de continuar: el packaging no tiene por qué ser una sentencia definitiva.

Publicar una miniatura y un título no significa que acabemos de descubrir la combinación perfecta.

Significa que acabamos de publicar una hipótesis.

Creemos que esta representación de la idea detendrá suficiente atención. Creemos que esta promesa interesa. Creemos que este gap es suficientemente concreto. Creemos que título y miniatura colaboran. Creemos que la audiencia entenderá aquello que nosotros vemos después de haber pasado varias horas trabajando encima.

Y entonces aparece el mercado.

A veces nos da la razón.

Otras veces nos pega una hostia.

Puede que la idea sea extraordinaria y el packaging no consiga expresarla. Puede que hayamos escogido una imagen preciosa que desaparezca completamente cuando compite dentro del feed. Puede que el título sea intelectualmente correcto pero no genere ninguna tensión. Puede que una pieza que considerábamos secundaria resulte ser exactamente aquello a lo que el Avatar responde.

Por eso tenemos que utilizar los datos como feedback, no como identidad.

Un packaging que no funciona no significa que seamos malos creadores.

Significa que una hipótesis concreta no produjo la reacción que esperábamos.

Podemos construir otra.

Esa mentalidad conecta directamente con la minería que aprendimos anteriormente. Antes de crear miramos al mercado para encontrar señales de aquello que ya funciona. Después de publicar volvemos a mirar al mercado para descubrir qué nos está enseñando nuestro propio contenido.

El proceso nunca termina realmente.

Observamos.

Construimos una hipótesis.

Publicamos.

Aprendemos.

Y la siguiente vez llegamos un poquito menos ciegos.

Ya tenemos la promesa

Hemos recorrido bastante distancia desde que empezamos a construir nuestro Troyano.

Primero utilizamos el GPS para decidir quién queríamos que entrase en nuestro mundo y qué necesitábamos que aquella persona terminase asociando con nosotros. Después aprendimos a minar el mercado para encontrar ideas con suficiente demanda como para justificar el esfuerzo de producirlas. Y ahora hemos cogido una de aquellas ideas y la hemos convertido en algo que puede competir por atención.

Ya no tenemos únicamente un tema.

Tenemos una promesa.

Sabemos qué debería detener el ojo.

Sabemos qué información vive mejor dentro de la miniatura y qué información puede añadir el título.

Sabemos qué desea nuestro Avatar.

Sabemos qué pregunta queremos abrir dentro de su cabeza.

Y sin haber escrito todavía una sola línea del vídeo acabamos de hacer algo bastante serio:

hemos firmado un contrato con el espectador.

Le estamos diciendo que si nos entrega un clic y una parte de su tiempo, nosotros vamos a llevarle desde aquello que sabe ahora mismo hasta una respuesta, una transformación, un mecanismo o un resultado que considera suficientemente valioso como para haber entrado.

Eso es packaging.

No consiste simplemente en fabricar clics.

Consiste en hacer una promesa lo suficientemente atractiva como para que una persona decida entregarnos atención.

Y ahora tenemos que cumplirla.

Volvamos por última vez a nuestra tubería.

La ideación consiguió colocar agua delante de la entrada.

El packaging consiguió que una parte entrase.

Pero en el instante exacto en el que alguien hace clic aparece el siguiente agujero.

Y es brutal.

Hay personas que abandonan durante los primeros segundos porque aquello que encuentran dentro no se parece a lo que esperaban encontrar fuera. O porque tardamos demasiado en empezar. O porque explicamos durante un minuto algo que ya comprendían antes de entrar. O porque nuestra primera frase consigue algo verdaderamente impresionante: recordarles que existe un botón para volver inmediatamente al feed.

Nuestro siguiente trabajo consiste en cerrar esa fuga.

Tenemos que conseguir que la persona que acaba de clicar piense casi instantáneamente:

"Sí. Estoy exactamente donde quería estar."

Y después tenemos que mantenerla avanzando durante suficiente tiempo como para pagar todo aquello que acabamos de prometerle.

El packaging hace la promesa.

Ahora el scripting tiene que cumplirla.

CAPÍTULO 8

Scripting

Ya hemos entendido cómo encontrar ideas con demanda y cómo convertir esas ideas en un packaging suficientemente atractivo como para conseguir que una persona haga clic. Ahora tenemos que resolver el siguiente problema de nuestra tubería: conseguir que no se vaya. Porque una vez alguien entra en nuestro vídeo empezamos prácticamente desde cero. El título y la miniatura nos han comprado una oportunidad, pero no nos han comprado veinte minutos de atención. Cada segundo que viene después tenemos que seguir justificando por qué merece la pena continuar.

Y aquí aparece el scripting. Un buen script no consiste simplemente en coger todo aquello que sabemos sobre un tema, colocarlo dentro de un documento y leerlo delante de una cámara. Consiste en decidir qué información recibe una persona, en qué orden y con qué propósito. Tenemos que saber dónde necesita contexto, qué podemos eliminar, qué pregunta merece la pena abrir, cuándo existe una objeción que necesitamos resolver, qué ejemplo puede hacer una idea más comprensible, cuándo una historia conseguirá que algo deje de entenderse únicamente con la cabeza y empiece a sentirse y, sobre todo, cómo hacemos que cada parte del vídeo cree suficientes motivos para querer escuchar la siguiente.

Nuestro objetivo con un buen script es hacer dos cosas al mismo tiempo. La primera es proteger la atención durante suficiente tiempo como para poder desarrollar nuestra idea. La segunda, y probablemente más importante, es utilizar esa atención para conseguir que nuestro mensaje realmente entre. Queremos que el Avatar se vea reflejado, entienda algo nuevo, cuestione determinadas creencias, recuerde nuestras ideas y termine queriendo profundizar más en nuestro mundo. En otras palabras, queremos provocar el efecto paraíso: que la persona sienta que hablamos de problemas que realmente tiene, que comprendemos cosas que ella misma lleva tiempo sintiendo, que acabamos de enseñarle algo que nunca había pensado exactamente de aquella manera y que necesita saber qué viene después.

Esta distinción importa porque retener a alguien durante veinte minutos y conseguir que al terminar no recuerde absolutamente nada tampoco sería una victoria demasiado impresionante. Nosotros no estamos intentando únicamente acumular watch time. Estamos utilizando la atención como vehículo. El Avatar que entra al vídeo debería salir ligeramente diferente: entendiendo mejor un problema, creyendo algo que antes no creía, cuestionando algo que daba por hecho o sintiendo con más claridad qué tendría que hacer después.

A continuación vamos a aprender a construir scripts excelentes utilizando Daddy como sparring durante todo el proceso, pero antes de tocar la IA necesitamos comprender algo bastante más importante: qué hace realmente que un script sea bueno. Daddy puede ayudarnos a ejecutar más rápido, encontrar agujeros, proponer estructuras, desarrollar ideas, generar alternativas o escribir veinte versiones de un hook. Pero si nosotros no entendemos qué estamos buscando, lo único que conseguiremos será producir mierda muchísimo más deprisa.

Por eso quiero empezar por los fundamentos. No necesito que termines este capítulo convertido en guionista profesional ni que memorices treinta técnicas de storytelling. Necesito simplemente que entiendas las piezas fundamentales con las que vamos a jugar: cómo funciona una buena introducción, cómo abrimos y cerramos loops, cómo utilizamos dolores y deseos para generar emoción, cómo construimos historias, cómo entregamos valor mediante epifanías y cómo conseguimos que una llamada a la acción parezca la consecuencia natural del contenido en lugar de un anuncio pegado al final.

La intro

Hay una parte del vídeo en la que somos especialmente vulnerables: los primeros segundos. En muchísimas piezas podemos perder una parte enorme de la audiencia antes siquiera de haber empezado realmente a desarrollar la idea. Puedes conseguir cien mil clics y descubrir que decenas de miles de personas desaparecen prácticamente nada más entrar. Desde fuera parece absurdo haber trabajado tanto para conseguir una visita y perderla antes de que haya visto absolutamente nada, pero desde el punto de vista del espectador tiene bastante lógica.

La persona que acaba de hacer clic todavía no ha invertido prácticamente nada en nosotros. No lleva diez minutos siguiendo una historia, no necesita descubrir cómo termina un argumento y todavía no hemos acumulado suficiente valor como para que confíe en que lo siguiente va a merecer la pena. No existe coste hundido. Tiene otras veinte opciones esperando en la pantalla y absolutamente ningún problema en utilizarlas.

Por eso la intro es probablemente una de las partes del script que más merece que clavemos. Si conseguimos que una persona sobreviva a esos primeros segundos y empiece a involucrarse realmente con la pieza, cada minuto posterior parte de una situación mejor. Ya hemos conseguido que abra determinadas preguntas, empiece a comprender nuestra premisa y haga una pequeña inversión de atención.

El trabajo de una intro puede resumirse, por tanto, en dos cosas: confirmar el clic y crear una razón para quedarse. Primero tenemos que demostrar rápidamente que aquello que la persona encuentra dentro del vídeo tiene relación directa con lo que prometieron el título y la miniatura. Después necesitamos conseguir que quiera saber algo que todavía no sabe.

Vamos a verlo directamente dentro de un guion real. El vídeo que utilizaremos durante buena parte de este capítulo es La rutina de Hollywood para perder peso rápido, un VSL oculto que escribimos para Toni, un coach de transformación física. Quiero utilizarlo porque prácticamente cada frase cumple una función concreta y nos permite observar los mecanismos de scripting funcionando dentro de una pieza que realmente tenía que mantener atención, transmitir una Narrativa y terminar ayudando a vender, no dentro de ejemplos inventados únicamente para explicar teoría.

El vídeo empieza antes incluso de que Toni diga una palabra. Desde el primer segundo colocamos en pantalla una fotografía de su antes y su después. En fitness, el cuerpo es una de las formas más rápidas de demostrar un resultado, así que no esperamos treinta segundos para intentar convencer al espectador de que Toni sabe de lo que habla. La prueba aparece antes que la explicación. Además, la miniatura ya ha vendido una transformación física y el primer frame confirma inmediatamente que esa transformación existe. No existe fricción entre aquello que consiguió el clic y aquello que la persona encuentra después de entrar.

Entonces Toni dice: "Este soy yo y este también soy yo, seis meses después." Es una frase ridículamente sencilla, pero está haciendo varias cosas al mismo tiempo. Confirma que las dos imágenes pertenecen a la misma persona, coloca una transformación concreta delante del espectador y añade un plazo. No estamos diciendo simplemente "conseguí ponerme en forma"; estamos creando una distancia entre dos versiones de Toni y definiendo cuánto tiempo existe entre ellas. Además, esos seis meses son coherentes con el horizonte temporal alrededor del que se construye su programa, de modo que contenido, transformación y oferta empiezan a vivir dentro del mismo universo mucho antes de que exista ningún pitch.

Después llega una frase muchísimo más importante: "Y este cambio no se lo debo a una dieta, ni a una rutina mágica, ni a un suplemento. Yo ya iba al gimnasio, yo ya sabía lo que tenía que hacer." Recuerda desde dónde llega el espectador. Ha hecho clic en un vídeo titulado La rutina de Hollywood para perder peso rápido. Probablemente espera descubrir algún entrenamiento, alguna dieta o alguna metodología especial. Y prácticamente nada más entrar destruimos exactamente esas respuestas.

Esto nos permite hacer dos cosas. La primera es colocarnos dentro de una objeción muy importante del Avatar: "yo ya sé lo que tengo que hacer". Existen muchísimas personas intentando perder peso que entienden perfectamente qué es un déficit calórico, saben que deberían entrenar, conocen la importancia de la proteína y podrían explicarte durante una hora por qué necesitan dormir más. Si empezamos entregándoles otra clase sobre aquello, pueden concluir inmediatamente que aquí no existe nada nuevo para ellas. Toni se coloca exactamente en ese lugar: yo también sabía lo que tenía que hacer.

Pero al mismo tiempo acabamos de provocar algo todavía más importante. Si la transformación no vino de la dieta, ni de la rutina, ni de un suplemento, aparece automáticamente una pregunta dentro de la cabeza del espectador.

Entonces, ¿de dónde vino?

Acabamos de abrir nuestro primer loop.

Open loops

Un open loop es una pregunta que hemos conseguido abrir dentro de la cabeza del espectador y que todavía no hemos respondido. No tiene por qué aparecer literalmente en forma de pregunta; basta con entregar información incompleta de una manera que haga que el cerebro quiera completar lo que falta. Si digo que mi transformación no vino de la dieta, del entrenamiento ni de un suplemento, pero todavía no explico de dónde vino, acabo de crear una distancia entre lo que el espectador sabe y lo que ahora quiere saber.

Ese vacío nos compra atención, pero aquí hay una parte que suele olvidarse: cada loop que abrimos crea también una deuda. Si conseguimos que alguien espere cinco minutos para descubrir una respuesta y después la respuesta es mediocre, acabamos de utilizar curiosidad para pedirle un préstamo de atención que no hemos sido capaces de devolver. Por eso el trabajo del guionista no consiste simplemente en abrir preguntas. Consiste en abrir preguntas que merezcan la pena, mantenerlas vivas durante el tiempo adecuado y cerrarlas con un payoff que haga que la espera haya tenido sentido.

En el vídeo de Toni seguimos desarrollando esa pregunta mientras, al mismo tiempo, hacemos que la transformación le importe personalmente al Avatar. Aparecen frases como "el que se reía de su propia barriga antes de que se riera otro" o "luego llegaba a casa, se miraba en el espejo y apartaba la vista". Ya no estamos hablando únicamente de kilos. Estamos hablando de inseguridad, pero en lugar de nombrarla estamos enseñando cómo se comporta una persona insegura.

Más adelante establecemos el contraste: Toni empieza a observar transformaciones físicas espectaculares y piensa exactamente lo mismo que probablemente está pensando quien mira el vídeo: "Yo pensaba que tenían una rutina secreta, una dieta secreta, algo que yo no sabía." Entonces explicamos que se puso a estudiarlos y volvemos a romper la misma respuesta: la clave no estaba realmente en una rutina o una dieta especial. Estaba en algo más profundo que no era visible desde fuera.

El loop crece porque la pregunta también crece. Ya no estamos preguntando únicamente qué hizo Toni para cambiar. Estamos intentando entender qué tienen determinadas personas que les permite ejecutar durante meses aquello que otras llevan años empezando y abandonando. Y antes de entregar nuestra respuesta queremos que esa contradicción pese lo suficiente como para que la epifanía posterior tenga valor.

Ese principio se repetirá constantemente a lo largo de un buen script. No queremos retrasar información simplemente para manipular la retención. Queremos secuenciarla. Una gran idea puede ser mucho más poderosa en el minuto doce que en el minuto uno si los once minutos anteriores han conseguido que la persona entienda por qué importa, descarte explicaciones anteriores y llegue hasta ella con las preguntas correctas dentro de la cabeza.

Ahí es donde empieza a ser especialmente útil el storytelling.

Storytelling

Cuando hablamos de contar historias es muy fácil complicarlo todo. Héroes, arcos narrativos, tres actos, cinco actos, puntos de giro, conflicto, resolución y cuarenta conceptos más que pueden ser tremendamente útiles cuando sabemos lo que estamos haciendo, pero que también pueden conseguir que alguien piense que necesita estudiar cine durante tres años antes de contar lo que le ocurrió el martes.

Para nosotros quiero empezar mucho más abajo. Una historia tiene un trabajo fundamental: hacer visible un cambio. Existe una persona al principio que ve el mundo de una determinada manera, le sucede algo y al terminar ya no puede seguir interpretándolo exactamente igual. Ese cambio puede ocurrir durante treinta segundos o durante cuarenta minutos. La escala cambia; el mecanismo no demasiado.

En Toni, por ejemplo, la transformación realmente importante no es simplemente pasar de estar gordo a estar en forma. Si esa fuese nuestra historia, podríamos resumir todo el vídeo diciendo que un tío estaba gordo, se motivó muchísimo, empezó a entrenar y seis meses después tenía abdominales. El problema es que habríamos construido una historia que contradice exactamente aquello que queremos enseñar. La transformación que nos interesa ocurre dentro de su interpretación del problema: empieza creyendo que necesita encontrar suficiente motivación para cambiar y termina comprendiendo que tiene que dejar de negociar constantemente con quién quiere ser y empezar a actuar desde una identidad diferente.

Todo lo demás existe para conseguir que ese cambio importe.

Construye primero al personaje anterior

Antes de que una transformación pueda impresionarnos necesitamos entender desde dónde empieza. Por eso dedicamos tiempo a construir la versión anterior de Toni. No decimos simplemente que "estaba gordo y era inseguro", porque eso transmite información pero genera muy poca imagen. Preferimos mostrar pequeños comportamientos: se ríe de su propia barriga antes de que otro lo haga, se mira en el espejo y aparta la vista, utiliza determinadas conductas para protegerse y aprende poco a poco a evitar aquello que le hace sentir incómodo.

Entonces introducimos una frase aparentemente pequeña: "Pero tenía novia, y eso lo tapaba todo." La frase parece casi secundaria la primera vez que aparece, pero está introduciendo a la persona que provocará uno de los principales giros de la historia. No necesitamos anunciarlo con luces de neón. Simplemente colocamos la pieza encima de la mesa y seguimos.

Después explicamos que, mientras ella siguiese queriéndolo de aquella manera, Toni podía continuar convenciéndose de que su cuerpo era suficiente. Hasta que empezaron algunos comentarios: "Te estás pasando de volumen", "¿otra vez estás comiendo?", "antes estabas más fino." El diálogo funciona mucho mejor que resumir diciendo "su novia empezó a criticar su físico", porque el espectador deja de recibir un informe sobre lo ocurrido y empieza a escuchar la conversación.

Y entonces añadimos una frase que estaba especialmente bien en el guion original: "Comentarios de tres segundos que a mí se me quedaban dentro tres días." La frase comprime perfectamente la diferencia entre lo pequeña que puede parecer una acción desde fuera y lo enorme que puede sentirse desde dentro. Tres segundos contra tres días. No necesitamos dedicar un párrafo entero a explicar cuánto le afectaban aquellos comentarios.

Después conectamos esta experiencia con una imagen que ya habíamos plantado antes: "Y yo miraba para otro lado, igual que apartaba la mirada en el espejo, apartaba la mirada de la realidad: estaba gordo y era inseguro." El espejo deja entonces de ser solamente un gesto físico. Empieza a representar el comportamiento completo del personaje. Toni evita mirar su cuerpo y, al mismo tiempo, evita mirar aquello que está ocurriendo dentro de su vida.

Esto nos prepara además para demostrar el cambio al final. Si sabemos que el personaje inicial se esconde detrás en las fotos, utiliza determinada ropa para taparse, evita la playa o aparta la vista del espejo, podemos enseñar más adelante su transformación sin necesidad de decir "ahora tiene muchísima confianza". Podemos volver a utilizar exactamente las mismas situaciones y mostrar a una persona actuando de forma diferente.

La tensión aparece antes que el acontecimiento

Después escribimos: "Hasta que esa realidad me pegó de vuelta." Todavía no hemos contado absolutamente nada y, sin embargo, ya hemos cambiado la expectativa del espectador. Sabemos que viene algo. Eso también es storytelling. Una frase no necesita entregar información nueva para hacer trabajo; puede cambiar la forma en la que esperamos la siguiente.

Seguimos: "Recuerdo perfectamente el día que vino la amiga de mi novia, me dijo que quería contarme una cosa, y nos tomamos un café. Yo estaba feliz, disfrutando, tranquilo." Aquí hacemos algo deliberadamente cruel con Toni: lo colocamos arriba antes de tirarlo abajo. Si empezásemos la escena diciendo que ya estaba angustiado, preocupado y esperando malas noticias, la distancia emocional sería mucho menor. El hecho de que estuviese feliz y tranquilo establece el punto desde el que vamos a caer.

Entonces ralentizamos. La amiga deja de hablar, aparece un silencio raro, baja la mirada y finalmente le dice: "Tu novia se está acostando con alguien más." En la vida real quizá esa pausa duró dos segundos. En el relato podemos darle muchísimo más espacio, porque cuando estamos llegando a un momento verdaderamente importante muchas veces queremos hacer exactamente lo contrario de lo que haríamos en una parte irrelevante: frenar.

De hecho, el propio guion contiene un silencio después de esa frase. Eso también forma parte del scripting. Un guion no tiene por qué contener únicamente palabras. Puede contener ritmo. Puede decirle a Toni y posteriormente al editor que aquí no queremos atropellar la siguiente frase. Necesitamos que el golpe tenga espacio para aterrizar.

Después llega un "¿Qué?" y la respuesta: "Con el vecino. El de enfrente." Son frases cortas porque dentro de la historia queremos que lo sean. La información va haciéndose cada vez más concreta y ese detalle aparentemente innecesario —"el de enfrente"— acabará teniendo valor unos segundos después, cuando el coche de su pareja aparezca repetidamente delante de aquella casa.

Eso es plantar y cobrar. Introducimos ahora un detalle cuyo significado aumentará posteriormente. Cuando hacemos esto bien varias veces dentro de una historia, el relato empieza a sentirse extremadamente construido sin que el espectador tenga que ser consciente de la técnica que existe debajo.

Los detalles pequeños hacen real una historia

Después del golpe escribimos: "El mundo se paró. No grité. No lloré. Cogí una croc y la reventé contra la pared." La croc me parece probablemente uno de los mejores detalles de toda la historia. Un guionista intentando fabricar una escena dramática habría escogido un vaso, una botella o algún objeto más cinematográfico. Pero fue una croc. Y precisamente porque es absurdo, específico y nada elegante, la escena se siente real.

Las historias suelen mejorar muchísimo cuando contienen esos pequeños detalles que jamás habríamos inventado si estuviésemos intentando construir una versión perfecta de lo ocurrido. Después Toni puede bromear brevemente y volvemos a la escena con otra frase pequeña: "Y me quedé ahí sentado, con el café todavía caliente." Fíjate en cuánto comunica ese café sin necesidad de explicar nada. Todo acaba de ocurrir. Toni sigue procesándolo. Apenas han pasado unos minutos. Continúa dentro de la misma habitación.

Y entonces llegamos al verdadero dolor de la escena: "Mi cabeza hizo la conexión más jodida posible: se ha ido con otro porque ya no le atraigo." Esta frase es muchísimo más importante para nuestra historia que la infidelidad en sí misma, porque la pieza no trata realmente sobre que su pareja le engañase. Trata sobre la conclusión que Toni sacó acerca de sí mismo.

Además, la frase está formulada con cuidado. No estamos afirmando que su novia le fuese infiel porque Toni estuviese gordo. No sabemos eso y no necesitamos inventarlo. Decimos que su cabeza hizo esa conexión. Podemos contar la experiencia emocional del personaje con toda su intensidad sin convertir una interpretación subjetiva en un hecho objetivo.

El falso punto de transformación

Y entonces llegamos a lo que dentro de una historia mediocre probablemente sería el final: "Ese día me hice una promesa. Y me la hice cabreado. Se acabó. Por mis putos huevos voy a cambiar, voy a hacer que se arrepienta."

Ya lo tenemos todo. Dolor, enemigo, rabia, motivación y una frase perfecta para poner debajo de un montaje de entrenamiento. Podríamos subir la música, enseñar a Toni levantando pesas y cortar directamente a una foto seis meses después con un físico increíble.

Pero si hacemos eso acabamos de destruir la tesis completa del vídeo.

Porque la Narrativa de Toni no existe para decirle a una persona que solamente necesita encontrar suficiente motivación. Queremos demostrar exactamente lo contrario. Así que esta primera transformación tiene que fallar.

Primero hacemos que su motivación parezca prácticamente invencible. Cada mañana, cuando sale para entrenar, ve el coche de su pareja aparcado delante de la casa del vecino: "El mismo coche. El mismo sitio. Y eso era mi gasolina." Es difícil imaginar una fuente de motivación emocional mucho más fuerte. Perfecto. Porque si incluso aquella gasolina se termina, acabamos de demostrar algo bastante más poderoso que decir "la motivación no dura".

Toni no aprende aquella idea porque alguien se la explique en un Reel. La experimenta. Tiene probablemente uno de los motivos más fuertes que una persona podría tener para cambiar, consigue mantenerse durante un tiempo y, aun así, descubre que la rabia empieza a desaparecer y la negociación con uno mismo vuelve.

Ahí comienza la transformación que realmente nos interesa. Toni no pasa simplemente de gordo a fit. Pasa de creer que necesita sentirse suficientemente motivado para actuar a comprender que tiene que empezar a actuar desde una identidad diferente aunque la emoción no esté allí para empujarlo.

Si tuviera que comprimir toda su historia, sería así: al principio se esconde de su cuerpo y cree que necesita suficiente motivación para cambiar; en mitad de la historia consigue probablemente la motivación más brutal que tendrá nunca y descubre que también se termina; al final empieza a comprender que no necesitaba sentirse motivado como otra persona, necesitaba empezar a actuar como otra persona.

Eso es una historia.

Todo lo demás existe para conseguir que ese cambio importe.

Cuando escribas las tuyas, por tanto, no empieces necesariamente preguntándote qué ocurrió primero. Busca antes la transformación. Encuentra el punto en el que la versión inicial del personaje deja de poder seguir viendo el mundo exactamente de la misma manera, construye un principio suficientemente alejado de ese final como para que exista distancia y elimina después todo aquello que no haga más importante el camino entre ambos puntos.

Tocar dolores y deseos

Una de las maneras más sencillas de hacer que un vídeo deje de sentirse únicamente informativo y empiece a sentirse personal es tocar los dolores y deseos del Avatar. Pero aquí existe una diferencia importante: no queremos nombrar emociones; queremos hacerlas visibles.

Decir que alguien "tiene inseguridad con su cuerpo" transmite información, pero apenas produce emoción. En cambio, decir que evita ponerse delante en las fotos, compra ropa negra porque cree que le hace parecer más delgado o pasa toda una tarde en la piscina con la camiseta puesta convierte esa inseguridad en escenas. El espectador puede recordar situaciones concretas de su propia vida y pensar: "Joder, yo hago esto". Ahí es donde el contenido empieza a sentirse escrito específicamente para él.

Con los deseos ocurre exactamente lo mismo. No me digas simplemente que una persona quiere "tener más confianza". Enséñame cómo se ve esa confianza. En el universo de Toni puede significar ponerse la ropa que realmente le gusta en lugar de la que utiliza para taparse, quitarse la camiseta en la playa sin pasarse media hora pensándolo, querer salir delante en una foto o mirarse en el espejo y no apartar la vista.

Cuanto más concreto sea el dolor y cuanto más visual sea el deseo, más fácil será sentir la distancia entre ambos. Por eso, cuando escribo un guion, intento encontrar pequeñas escenas capaces de representar la situación actual del Avatar y otras que representen aquello que desea alcanzar. No necesitamos convertir cada vídeo en un drama, pero sí queremos que de vez en cuando la persona deje de entender intelectualmente su problema y empiece a sentir qué cuesta seguir igual y qué podría ganar si cambia.

Existe además una regla especialmente útil: intenta que los deseos sean el inverso exacto de los dolores. Si al principio se escondía detrás en las fotografías, al final quiere ponerse delante. Si antes utilizaba ropa para taparse, después se pone la que realmente le gusta. Si evitaba quitarse la camiseta, deja de pensarlo. Si apartaba la mirada del espejo, termina sosteniéndola.

De esta forma no tenemos que explicar que ha ocurrido una transformación.

El contraste la demuestra.

Transmitir valor: crear epifanías

Hasta ahora hemos hablado bastante de mantener atención y de hacer que determinadas ideas se sientan, pero todavía falta responder una pregunta bastante importante: ¿qué hacemos con esa atención una vez la tenemos?

Porque podemos escribir una historia espectacular, abrir loops, crear tensión y conseguir que una persona llegue hasta el final del vídeo. Pero si después de veinte minutos piensa exactamente igual que antes y no se lleva nada especialmente útil, probablemente hemos entretenido más de lo que hemos enseñado.

Cuando hablamos de entregar valor mucha gente piensa inmediatamente en cantidad de información: más consejos, más pasos, más tácticas, más frameworks, más datos. Pero una de las formas de valor que más me interesa dentro de nuestro contenido es crear epifanías.

Una epifanía ocurre cuando una persona empieza a interpretar algo de una manera diferente. No significa necesariamente enseñarle un dato que desconocía. Muchas veces ya conocía todas las piezas. Lo que cambia es la relación que existía entre ellas. De repente algo hace clic y una serie de cosas que hasta entonces parecían separadas empiezan a tener sentido juntas.

En el vídeo de Hollywood construimos primero una contradicción. Toni ya sabe aproximadamente lo que tiene que hacer. Conoce la dieta, ha entrenado antes y lleva años empezando y abandonando. Al mismo tiempo observa que un actor puede recibir cuatro meses para transformar completamente su cuerpo y lo consigue. Ahí aparece una pregunta incómoda: si la información básica está disponible para ambos, ¿por qué uno ejecuta durante cuatro meses y el otro lleva cuatro años negociando consigo mismo?

Después apretamos todavía más esa contradicción mediante la historia. Toni recibe una cantidad absurda de motivación cuando descubre la infidelidad de su pareja. Está cabreado, quiere cambiar y todos los días ve aquel coche delante de la casa del vecino. Si el problema fuese simplemente falta de motivación, aquello tendría que resolverlo. Pero no lo hace. La rabia desaparece y Toni vuelve a encontrarse con la misma negociación.

Antes de entregar nuestra explicación hemos eliminado, por tanto, dos respuestas anteriores del espectador. El problema no era simplemente falta de información y tampoco era solamente falta de motivación.

Ahora estamos preparados para construir la epifanía.

Partimos de algo completamente obvio: a los actores les pagan por interpretar un personaje. No hay ninguna genialidad ahí; cualquiera puede aceptar esa premisa. Después añadimos una segunda pieza también bastante evidente: si ese personaje tiene un físico determinado, el actor no puede limitarse a interpretarlo cuando empieza a grabar. Durante meses tiene que comer, entrenar, descansar y comportarse como una persona capaz de tener aquel cuerpo.

Y entonces conectamos ambas cosas: un actor no se despierta cada mañana negociando quién tiene que ser. El personaje ya está decidido.

Ahí ocurre el clic.

El espectador llevaba todo el vídeo mirando aquello que hacen los actores: qué comen, cómo entrenan, qué rutina siguen, cuántas calorías consumen. De repente empieza a contemplar una dimensión anterior: desde qué identidad toman esas decisiones. Una persona se despierta cada mañana preguntándose si hoy le apetece entrenar. La otra tiene un papel que interpretar.

Entonces trasladamos la misma lógica hacia él. Si un actor puede definir un personaje y vivir durante meses de acuerdo con ese personaje hasta terminar físicamente pareciéndose a él, quizá tú también puedes definir quién es tu versión fit y empezar a tomar decisiones como esa persona antes de parecerte todavía a ella.

La dieta sigue existiendo. El entrenamiento sigue existiendo. Dormir sigue siendo importante. No hemos negado ninguna de las bases. Lo que hemos cambiado es la manera en la que todas esas piezas están organizadas dentro de la cabeza del espectador.

Eso es una epifanía.

Pero una buena epifanía no debería quedarse únicamente en una frase que suena bien mientras vemos el vídeo. Queremos que empiece a modificar decisiones. Por eso más adelante utilizamos a Felipe para bajar toda la idea hasta una situación ridículamente concreta. Felipe está delante de unas patatas dentro de un supermercado y la teoría completa se comprime en una pregunta: "¿Qué haría Felipe Fit?"

Ahora el espectador no tiene únicamente una explicación.

Tiene una herramienta.

Primero hemos construido una contradicción. Después hemos eliminado las respuestas anteriores. A continuación hemos conectado piezas que parecían separadas y, finalmente, hemos traducido la nueva interpretación en una pregunta que alguien podría recordar al día siguiente.

Ese patrón es tremendamente útil para transmitir valor: buildup → epifanía → contexto → aplicación. Construimos suficiente contexto para que exista una pregunta, entregamos la idea que reorganiza las piezas y después la aterrizamos para que pueda utilizarse.

La pregunta difícil es cómo sabemos qué ideas merecen convertirse en una epifanía. No existe una calculadora, pero sí existen algunas señales. Cuando intento detectar si una idea es realmente epiphany-worthy, pienso más o menos así: ¿el Avatar cree ahora A y yo he descubierto B? ¿B conecta cosas que antes parecían separadas? ¿Cuando lo entienda parecerá evidente retrospectivamente? ¿Puede esa idea cambiar alguna decisión?

Si la respuesta a varias de esas preguntas es sí, probablemente hemos encontrado algo alrededor de lo que merece la pena construir.

El pequeño inconveniente es que esto nos obliga a tener cosas interesantes que decir.

No existe ninguna técnica de scripting capaz de fabricar indefinidamente epifanías si tú mismo has dejado de tenerlas. Para continuar estando un paso por delante de tu audiencia tienes que seguir aprendiendo, probando, trabajando con clientes, equivocándote, hablando con personas, observando patrones y buscando mejores explicaciones para aquello que ya haces.

Muchas veces el proceso ocurre exactamente al revés de como nos imaginamos. No me siento delante de una página y pienso: "Necesito inventarme una epifanía para el vídeo del jueves". Primero vivo el problema. Algo no funciona. Encuentro una contradicción. Pruebo una explicación. Hablo con clientes. Veo el mismo patrón repetirse. Encuentro una forma de nombrarlo. Y un día algo hace clic dentro de mi propia cabeza.

Después lo convierto en contenido.

De hecho, esto es exactamente lo que estoy intentando hacer con este libro. Mi objetivo no es simplemente entregarte información sobre marcas personales. Quiero compactar el máximo número de epifanías posible dentro del mínimo número de páginas necesario para que, cuando termines, veas una cantidad enorme de problemas de una manera diferente a como los veías cuando empezaste.

Y aquí Daddy puede resultar especialmente útil. No porque tenga que inventar automáticamente nuestras epifanías, sino porque es extraordinariamente bueno ayudándonos a interrogarlas. Podemos pedirle que nos bombardee con preguntas, que busque contradicciones, que nos obligue a explicar por qué creemos algo, que intente encontrar excepciones o que utilice una especie de método socrático hasta conseguir que nosotros mismos entendamos mejor aquello que estamos intentando decir.

Otra vez: sparring, no sustitución.

Del valor al Call to Action

Una vez hemos explicado nuestro mecanismo tampoco necesitamos saltar inmediatamente a vender. Existe todavía una pregunta dentro de la cabeza del espectador: ¿esto funciona únicamente para ti o realmente funciona como sistema?

Ahí entra la prueba.

En el caso de Toni podemos enseñar cómo Felipe aplicó esta manera de pensar y consiguió cambiar su cuerpo, y después ampliar la evidencia mostrando que decenas de hombres y mujeres han conseguido también transformaciones siguiendo el sistema. Dependiendo de la pieza podemos hacerlo de manera muy directa mediante testimonios, resultados y casos o de una manera más integrada contando pequeñas historias de clientes mientras seguimos enseñando.

La función es la misma: conseguir que la persona deje de pensar "suena interesante" y empiece a pensar "quizá esto también puede funcionar fuera de la historia que acabo de escuchar".

Solamente entonces hacemos el CTA.

Y fíjate en una cosa importante: no necesitamos cambiar de personalidad en el segundo en el que empezamos a vender. No terminamos una explicación y decimos: "Perfecto, ahora déjame hablarte de mi programa". Primero regresamos a la epifanía que acabamos de construir. Toni puede recordar al espectador que no necesita otra rutina extrema, otro suplemento mágico ni otra dieta que vaya a abandonar dentro de tres semanas. Acabamos de pasar una cantidad enorme de tiempo demostrando que el problema estaba en otro lugar, así que la oferta tiene que aparecer como una extensión de esa nueva interpretación.

El CTA funciona mucho mejor cuando la solución que presentamos parece la consecuencia lógica de aquello que la persona acaba de aprender. Si durante veinte minutos he explicado que el problema de alguien no es la falta de información sino el sistema desde el que ejecuta, sería bastante extraño que al final le vendiese simplemente "una nueva dieta revolucionaria". El producto, el contenido y la Narrativa tienen que estar de acuerdo entre sí.

Esta idea conecta directamente con el Troyano. Recuerda que no estamos utilizando contenido como una excusa para secuestrar a una persona dentro de un pitch. La experiencia principal sigue teniendo que entregar muchísimo valor aunque el espectador decida no comprar absolutamente nada. Pero, después de haber ayudado a alguien a comprender mejor su problema, tiene todo el sentido del mundo enseñarle qué siguiente paso existe si quiere profundizar.

Y aquí aparece otro principio que me gusta mucho: no todos los espectadores necesitan la misma cantidad de persuasión.

Puede existir una persona que vea el caso de un cliente en el minuto cinco, se reconozca completamente dentro de él y piense: "Esto es exactamente lo que necesito". No tengo ninguna razón para obligarla a esperar otros quince minutos antes de descubrir que existe una forma de trabajar con nosotros. Podemos colocar una pequeña puerta: si estás en una situación parecida y quieres ayuda para conseguir este resultado, aquí puedes dar el siguiente paso.

Y continuamos con el vídeo.

La persona que ya estaba preparada tiene una salida. La que todavía no lo estaba no ha sido castigada con cuatro minutos de pitch. Sigue recibiendo valor.

La Narrativa como ADN

Este punto es además una buena oportunidad para volver a nuestra Narrativa, porque existe un error bastante fácil de cometer después de construir el GPS. Tenemos un documento lleno de creencias, mecanismos, villanos, historias y maneras de interpretar el problema y pensamos que cada vídeo tiene que contenerlo absolutamente todo.

No.

La Narrativa debería comportarse más como ADN.

Puede aparecer en pequeñas dosis dentro de muchísimas piezas distintas sin que ninguna de ellas tenga que convertirse en una presentación de cuarenta minutos sobre nuestra filosofía. El espectador debería ir reconociendo determinados patrones, palabras, explicaciones y maneras de mirar el problema a medida que consume más contenido.

Un buen ejemplo está en otra pieza de Toni: Qué porcentaje de grasa es más atractivo para las mujeres. La premisa parece bastante diferente del Troyano. Aquí el espectador entra porque quiere descubrir qué porcentaje de grasa resulta más atractivo y recorremos distintos niveles: treinta, veinticinco, veinte, quince, doce, ocho por ciento. Hablamos de cómo cambia el cuerpo, qué cuesta aproximadamente acercarse a cada punto, cómo se siente una persona y qué dificultad puede tener mantener determinados niveles.

El vídeo funciona perfectamente como vídeo aunque el espectador jamás compre nada.

Pero debajo existe otra capa.

Cuando hablamos de porcentajes altos de grasa podemos volver a utilizar imágenes que ya pertenecen al universo de Toni: ropa para esconderse, fotografías, espejo, playa, inseguridad. Cuando el físico empieza a mejorar podemos tocar la negociación interna, la posibilidad de volver al personaje anterior y la idea de que la transformación necesita sostenerse desde una forma diferente de actuar.

No estamos repitiendo el VSL entero.

Estamos dejando ADN.

Eso es importantísimo porque, cuando posteriormente llegue el CTA hacia el Troyano, la siguiente pieza no va a sentirse como un cambio completamente radical de universo. El espectador ya ha tocado parte de esas ideas. Ya ha escuchado determinado lenguaje. Ya ha empezado a ver su problema a través de algunas de nuestras lentes.

Varias piezas pueden colaborar en la persuasión.

No necesitamos hacer absolutamente todo dentro de cada vídeo.

El CTA como siguiente pregunta

Dentro de ese vídeo sobre porcentaje de grasa hacemos además un pequeño CTA comercial en mitad de la pieza. Después de enseñar una transformación concreta explicamos que, si alguien se encuentra en una situación parecida y quiere conseguir un resultado similar, puede encontrar la web en la descripción. No frenamos la pieza para realizar un pitch completo. Simplemente colocamos una puerta para la persona que ya está suficientemente convencida como para querer trabajar con Toni y seguimos desarrollando el contenido.

Pero el CTA que más me interesa aparece al final.

Después de recorrer todos los porcentajes terminamos demostrando que el objetivo no debería ser simplemente reducir grasa indefinidamente. Alrededor del doce por ciento aparece un punto de equilibrio interesante entre cómo te ves, los beneficios que puedes obtener, lo que cuesta llegar hasta allí y lo que cuesta mantenerlo. Cuando seguimos bajando, el coste puede aumentar muchísimo mientras los beneficios marginales disminuyen.

Hemos cerrado la promesa que consiguió el clic.

La persona entró preguntándose a qué porcentaje de grasa debería aspirar y ahora tiene una respuesta.

Y solamente entonces abrimos una pregunta nueva.

Toni dice algo parecido a: "Si tú realmente quieres construir un físico que no solo te dé los beneficios sino que haga tu vida mejor, he preparado una guía completa donde te enseño exactamente el método que siguen los grandes actores de Hollywood para pasar de un veinte o treinta por ciento a un diez."

Fíjate en que no estamos diciendo simplemente "mira también este otro vídeo". Existe continuidad conceptual. Acabas de descubrir a dónde quieres llegar. Ahora podemos enseñarte cómo llegar.

Para mí, ese es probablemente el principio más importante cuando utilizamos un CTA para mover a una persona hacia otra pieza: el siguiente contenido debería resolver la pregunta que nace de forma natural cuando termina el anterior.

Si acabo de convencerte de que alrededor de determinado porcentaje existe un físico extremadamente atractivo y sostenible, la siguiente pregunta lógica es bastante obvia: "Vale, ¿y cómo coño llego hasta ahí?"

Perfecto.

Tenemos una pieza construida exactamente para responderla.

Además, no regalamos dentro del CTA la idea central del Troyano. Volvemos a utilizar el mismo loop: "Y créeme, no es una rutina, no es una dieta. Es algo mucho más profundo que hasta que no veas el vídeo no entenderás de verdad."

La pregunta vuelve a aparecer.

Si no es dieta y no es rutina, ¿qué es?

El espectador piensa que acaba de terminar un vídeo.

En realidad acabamos de abrir el siguiente.

Y esa es la forma en la que quiero que empieces a pensar en scripting. No como un documento formado por frases bonitas, sino como una secuencia de información, preguntas, respuestas, emociones, pruebas y cambios de creencia que van pasando al espectador de un punto al siguiente.

El packaging abre una promesa.

La intro confirma que la promesa sigue viva.

Los loops crean preguntas.

El storytelling consigue que determinadas ideas se sientan.

Los dolores y deseos hacen que el problema sea personal.

Las epifanías cambian la forma de interpretarlo.

La prueba aumenta la confianza.

Y el CTA abre la siguiente puerta.

Cuando todo aquello está bien conectado, la persona no siente que estamos aplicando veinte técnicas de retención encima de ella. Simplemente siente que quiere seguir escuchando.

Daddy como sparring

Ahora sí podemos empezar a utilizar Daddy de una forma mucho más útil, porque ya tenemos criterio para juzgar aquello que produce. No quiero que nuestro proceso de scripting consista en escribir un prompt de tres líneas, pedir un vídeo de veinte minutos sobre un tema y publicar la primera respuesta que salga. Podemos hacer eso y probablemente obtendremos un texto razonablemente correcto. El problema es que "razonablemente correcto" es exactamente el tipo de contenido que más fácilmente podría haber creado cualquier otra persona.

Nosotros tratamos Daddy como sparring creativo. La pieza se construye mediante una conversación. Daddy pregunta, cuestiona y propone ángulos; nosotros reaccionamos, corregimos, aportamos experiencias, encontramos contradicciones, explicamos por qué una idea nos representa y otra no y, poco a poco, el guion empieza a adquirir estructura.

Podemos utilizarlo para atacar cada una de las partes que hemos visto durante el capítulo. Si estamos construyendo la intro, puede preguntar qué prometen exactamente el título y la miniatura y si los primeros treinta segundos están realmente confirmando esa promesa. Si necesitamos un loop, puede ayudarnos a detectar qué información le falta todavía al espectador. Si estamos trabajando una historia, puede obligarnos a identificar cuál es realmente el cambio del personaje, qué detalles recordamos, dónde existe tensión y qué partes sobran. Si buscamos una epifanía, puede cuestionar las creencias actuales del Avatar y nuestra propia explicación hasta conseguir que aparezca una diferencia clara entre A y B.

Puede también detectar que hemos abierto una pregunta y nunca la cerramos, que estamos contando una historia durante cuatro minutos para llegar a un punto que podríamos haber explicado en cuarenta segundos o que estamos utilizando una frase aparentemente profunda que, cuando alguien empieza a hacer preguntas, resulta no significar absolutamente nada.

Pero nosotros seguimos aportando las piezas que hacen que el contenido merezca existir: experiencias, resultados, opiniones, observaciones, historias, lenguaje, ejemplos y las pequeñas cosas que hemos aprendido después de pasar suficiente tiempo resolviendo el problema sobre el que estamos hablando.

La IA puede ayudarnos a ordenar mejor ese material.

No queremos que lo sustituya.

Y esa es probablemente la idea con la que quiero cerrar este capítulo. Un buen script no es un documento lleno de frases extraordinarias. Es una experiencia diseñada para conseguir que una persona quiera continuar mientras, poco a poco, comprende algo que antes no comprendía.

Tenemos una idea.

La empaquetamos.

Alguien entra.

Ahora nuestro trabajo consiste en conseguir que haber hecho clic merezca la pena.

Y cada frase que escribamos a partir de aquí debería ayudarnos a hacerlo.